Una aguja en un pajar. Otro cuento real

aguja

Cuando por fin llegó le dijeron que estaba detrás de la casa, en una amplia explanada, compartiendo el lugar con los establos. Nunca pensó que fuera tan grande. Era más alto que la casa.

Las enormes puertas de madera del pajar apenas se sostenían en los goznes, y al abrirlas había que empujarlas con fuerza mientras se procuraba levantarlas un poco para que no arrastraran sobre la tierra. Una vez abiertas contempló, entre una penumbra polvorienta, las verdaderas dimensiones del pajar. El techo se antojaba inalcanzable y, aunque no era excesivamente ancho, la vista no llegaba a alcanzar su fondo.

Los ojos se acostumbraron al fin a la avalancha de luz que provocó al abrir los portones. Además, unos altísimos ventanucos dejaban entrar cuchillos de claridad sobre el interior. Brillaban sobre la paja acumulada. Y comprobó, por fin, la cantidad -toneladas y toneladas- de paja que albergaba el pajar.

Encontrar allí la aguja se antojaba una tarea tan ardua como imposible. Pero había llegado hasta aquí y había que intentarlo. Pensó, para tranquilizarse, que era, a pesar de lo descabellado del intento, una simple cuestión de método. Mañana mismo empezaría.

Durmió a ratos y en uno de estos, soñó que dormía en el pajar, sobre la áspera y mullida paja, un sueño más placentero y profundo hasta que sintió un alfilerazo en el costado que le hizo despertar. Se dio cuenta enseguida de que, de una manera tan casual e involuntaria, había encontrado la aguja, y se incorporó para cogerla. Rebuscó en la zona en donde sintió el pinchazo pero no había rastro de ella. Amplió su espacio de búsqueda, cada vez más desesperado, sin obtener resultado. Solo había paja y más paja. Siguió buscando hasta que sonó el despertador.

Después de desayunar se dirigió al pajar. Mientras abría las puertas pensaba en el sueño. No sabía si era una premonición, y si era una premonición, no sabía si era de algo bueno o algo malo. ¿La encontraría así, sin más, de una manera casual e involuntaria? ¿O no la encontraría nunca?

No debía pensar en esas cosas. Debía empezar a trabajar, a acotar zonas y buscar sin prisas pero con minuciosidad. Era tan fácil, aunque estuviera, no ver una aguja en mitad de tanta y tanta paja… Estuvo buscando con buen ánimo hasta que la luz que expelían los altos ventanucos empezó a debilitarse. Era hora de retirarse a descansar. Mañana volvería con fuerzas renovadas.

Pensó que, debido al cansancio, dormiría un sueño profundo y reparador, pero, por el contrario, pasó una noche en duermevela, inquieta y agotadora. El sueño que tuvo entonces se le hizo demasiado real. Volvió al pajar y al entrar vio que estaba lleno, no de paja, sino de agujas, toneladas y toneladas de agujas amontonadas que llegan hasta el techo y ocupaban el espacio en toda su profundidad. Había que encontrar una brizna de paja, un tallito seco entre ese océano metálico de millones de agujas. Y se puso manos a la obra hasta que, con un espasmo, se incorporó en la cama y despertó.

El día siguiente transcurrió como el anterior. No se quería desesperar, pero había que reconocer que no avanzaba. Sus primeros cálculos estaban bastante lejos de la realidad. Buscar la aguja en ese pajar podía llevarle meses. De vez en cuando, para descansar, se echaba un sueñecito en el mismo pajar y comía lo que traía en un hatillo sin salir de él. Solo cuando los cuchillos de luz perdían su fuerza y se decoloraban hasta casi desaparecer, salía del pajar hacia la casa.

La ilusión por encontrar la aguja en el pajar se había amortiguado, pero no su ánimo ni su esfuerzo. Pasaban las semanas y ya hacía tres meses que, cada día, la buscaba durante largas horas, en algún rincón, oculta o simplemente desapercibida. No parecía el mismo que llegó, ahora lucía una poblada barba y una ropa siempre polvorienta.

Una noche en la que refrescó bastante, tuvo otro sueño. Llevaba horas y horas trabajando en el pajar, obsesionado en su búsqueda, aislado del mundo pero sin admitir su derrota, cuando después de meses de silencio, escuchó, como si se filtrara a través de una de las altas ventanas, una risa sarcástica que le despertó. Despierto, lo vio todo claro. No había aguja.

Pero por la mañana volvió al pajar, convencido de la inutilidad de su tarea, de la imbecilidad de su propósito, a continuar su trabajo como si fuera una costumbre que no podía desterrar ya de su vida. Quedaba todavía trabajo para varios meses más. Seguiría buscando.

Un buen día -era ya invierno y entraba un aire helador dentro del pajar por todos los resquicios posibles- mientras se frotaba las manos para que entraran en calor y poder proseguir la búsqueda, aunque tenía la mirada perdida, le pareció ver brillar algo. Pensó que era un efecto provocado por la luz cenicienta de diciembre. Se acercó sin ninguna fe, alargó la mano y cogió la aguja. Sus dedos ateridos apenas la sentían. La levantó para observarla. La mirada seguía perdida pero se le escapó, aproximadamente, una sonrisa. La había encontrado.

Así encontró, por fin, la aguja tanto tiempo buscada en el laberinto perfecto del pajar. Aunque cuando la tuvo, descubrió -pero esta es otra historia- que no era capaz de enhebrarla.

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