Cervantina (y quijotesca)

01_don_quijote

I

Soñaba con ser un gran poeta pero a lo que único que llegó es a ser un poeta algo peor que malo, un poeta, como dicen los eruditos, estimable, esto es, mediocre. También lo intentó, con mayor ahínco, en el teatro, aunque en su tiempo la competencia de talentos era feroz y nadie podía aspirar siquiera a compararse con el genio y la prodigalidad de quien dominaba, de manera abrumadora, la escena, un tal Lope. Así que terminó intentándolo en el más prosaico terreno de la prosa.

Probó diversos géneros con una pulcritud y un oficio admirables, transitando primero las bucólicas y soporíferas tramas de la novela pastoril con La Galatea, y atreviéndose finalmente con las peripecias inverosímiles de la novela bizantina. Aquí puso todo su talento, ésta había de ser su definitiva obra maestra. Con ese ánimo escribió para la posteridad Los Trabajos de Persiles y Segismunda, que, sin embargo, fue muy pronto destinada al olvido, de la que solo la rescatan de tarde en tarde desde algún departamento universitario de literatura. Pero Cervantes pensaba que era su obra más acabada y perfecta.

Mientras tanto escribió unas magníficas y pequeñas novelitas –ejemplares– que pertenecían a un género menor. De entre ellas es muy probable que saliera Don Quijote. Tal vez ideada como una pequeña novela de entretenimiento, enseguida, sin saber muy bien por qué, se le fue de las manos. Aunque esta de írsele de las manos no me parece una expresión acertada. Simplemente creció y creció hasta convertirse en la mejor novela -que al final fueron dos- jamás escrita.

II

Por eso, la primera frase del Persiles -“Voces daba el bárbaro Corsicurvo…”- es tan campanuda y sonora que incluso, si lo mides, no es más que un verso, un endecasílabo perfecto para un noble y elevado soneto. Una novela que comienza así, la puedes disfrutar a ratos, aunque muy pronto se hace insoportable.

Y por eso, también, la primera frase del Quijote -“En un lugar de La Mancha…”- no es más que un humilde octosílabo, como tantos otros que conforman los romances que la gente aún puede escuchar entretenida y sin complicaciones. Pretendía Cervantes contar una historia y, en absoluto, escribir una obra maestra.

III

Alonso Quijano-Quijote. Con ese sufijo despectivo que pretende ridiculizarle. Como el de Pierre-Pierrot. O el de Charles-Charlot. O, como en la obra de Beckett, God-Godot.

IV

Magullado, tirado por el suelo, ridiculizado una vez más, después de haberse enfrentado él sólo, don Quijote de La Mancha, contra los gigantes, ve venir acercarse a Sancho para ayudarle a que se levante y comprobar si está o no malherido, y le escucha cómo le reconviene, aunque se diría incluso que con dulzura: “Pero ¿no ve, mi señor, que son molinos?”.

Y Alonso Quijano, el bueno, los mira y comprueba que es cierto, son ahora molinos, simples molinos. Pero achaca la extraordinaria mudanza a malvados encantadores que los han transformado en el último instante por arte de mala magia, y que han querido así dejarle en evidencia para mofa de todos, y robarle la gloria.

Entonces dice don Quijote -y aquí está resumido todo el libro-: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.

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