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Archive for 29 septiembre 2015

Vida de Alma

alma mahler 1904

En Viena, en el corazón mismo del decadente imperio austrohúngaro, condenado inevitablemente a una rápida desintegración, latían, sin embargo, las semillas del nuevo siglo XX. Las nuevas ideas en literatura, en música, en pintura, en ciencia, en arquitectura, en pensamiento, bullían imparables. Viena era el centro del mundo.

Y en el centro del mundo se hallaba una mujer.

Alma Schindler, de singular belleza, extraordinaria inteligencia y exquisita sensibilidad, tenía talento para la música, su gran pasión que la salvó de tantas cosas. Pero no pudo desarrolarla como quisiera, porque se vio envuelta por todas las corrientes de la cultura y el pensamiento del siglo XX, no solo de una manera teórica, sino envuelta en primera persona. Los más distinguidos talentos de la época se enamoraron de ella.

(Aunque la lista no es exhaustiva…) El pintor Gustav Klimt le dio su primer beso. El director teatral Max Burckhart se enamoro de ella. Así como el compositor Alexander von Zemlinsky. Tuvo un apasionado romance con el pintor Oskar Kokoschka, que no superaría perderla y volvió, durante todo su vida, a intentarlo una y otra vez.

En 1902 se casó con Gustav Mahler. El biólogo y músico vienes Paul Kammerer también se enamoró de Alma. A la muerte de Mahler, se casa con el joven arquitecto Walter Gropius, que más tarde fundaría la Bauhaus. Pero el matrimonio no funciona. Hasta que, tras separase de él, encuentra su verdadero amor, el novelista Franz Werfel, amigo de juventud de Kafka…

Pero no es mi intención hablar de Alma Mahler. Su vida es demasiado intensa y mis conocimientos -y ganas- demasiado escasos. No habría espacio, además.

Simplemente leí hace días con asombro el relato de su Vida, escrito por ella misma. Es una recopilación de sus diarios, que escribió metódicamente durante tantos años. Están llenos de impresiones, sentimientos y ráfagas de inteligencia. Pero esta vez no me he molestado en rescatarlas.

Solo el azar ha salvado estas frases. Como cuando escribe -y sabe de lo que habla- que:

Los más inteligentes rara vez son improvisadores. Les falta en cierto modo la imaginación.

O cuando, en plena y final mudanza -las tropas hitlerianas avanzan-, escribe con desánimo y lucidez:

Tengo que empaquetar ahora diez mil libros. Cuadros, partituras, preciosidades de todas clases. En el fondo no son más que chatarra ante la eternidad y un lastre en la vida diaria.

Son muchas las ideas que se suceden, al hilo de una vida tan intensa y trepidante, feliz en ocasiones e insoportablemente dolorosa en otras. Por eso termina la frase de su Vida, a modo de resumen, diciendo:

Cualquier persona puede hacerlo todo, pero tiene que estar, también, dispuesta a todo.

Aunque la que más me ha gustado -tal vez porque me ha resultado familiar- es ésta -ya sé que no es tan trascendente como las otras- con la que describe lo que solía hacer su padre -al que adoraba- cuando tenía problemas:

Si las cosas se le complicaban demasiado, se echaba a dormir o se ponía a escribir.

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licorne

Aunque sus palabras de amor eran verdaderas,
su amor parecía falso.
Solo cuando sus palabras de amor eran falsas,
su amor parecía verdadero.

Aunque su amor era verdadero,
sus palabras de amor sonaban falsas.
Solo cuando su amor era falso,
sus palabras de amor sonaban verdaderas.

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La lechera lo tenía muy claro.

Con ese cántaro de leche conseguiría algo de dinero y con ese dinero, bien invertido, en unos pollos, por ejemplo, podría tener, con el tiempo y mucho trabajo, una granja. Poco a poco, todo aquello iría creciendo, comprando más animales, haciéndose más grande, hasta llegar a ganar mucho dinero y adquirir así una mejor situación social.

De ahí a conseguir un buen matrimonio -un matrimonio con el que incrementar su patrimonio y su estatus- no había más que un paso. Sería alguien respetable y rica.

Todo dependía de llevar ese cántaro de leche al mercado y venderlo. El camino era algo largo y abrupto. Simplemente había que ir con cuidado y no distraerse. Iba entonces la lechera haciendo estos planes, pensando en todo esto, imaginando su vida futura, alejada, por fin, de la miseria en la que vivía.

Desgraciadamente para ella, no tuvo ningún traspiés en el camino, llegó al mercado, vendió la leche a un buen precio y volvió a casa con el dinero. Luego -ay- salió todo como había planeado.

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Blues mínimo

Sligo River Blues. John Fahey. 1959

(Un joven John Fahey descubre en el sótano de su casa unos extraños y polvorientos discos a 78 r.p.m. de viejos músicos negros de blues y folk grabados allá en los últimos años 20 y primeros de los 30. Pero el sonido de las guitarras aún fulge magnífico entre las crepitaciones de la aguja rasgando la pizarra. Una lenta y poderosa fascinación le anega allá abajo, en el oscuro sótano.

Con el primer dinero que gana como empleado en la gasolinera en la que empieza a trabajar, graba su primer disco del que solo puede prensar 95 copias. Un disco instrumental en el que las cuerdas de acero de la guitarra acústica sonaban un poco como en aquellos oscuros discos. Sin embargo era, también, algo absolutamente vanguardista para su tiempo. Estamos en 1959.

Hoy Fahey es considerado un genio precursor y seminal de la guitarra. Desconocido y oculto, sus seguidores siguen venerándole, intentando continuar abriendo caminos con la cuerdas y acordes de sus guitarras tranquilas).

Sligo River Blues tiene una melodía sencilla, no puede ser más básica, como la de un blues mínimo, pero a la vez, su carga emocional es de una profundidad inacabable. Repite dos o tres notas, las repite como si intentara avanzar dentro de la inmovilidad. Y avanza porque, mientras escuchas, sigues esperando a que gire y continúe en otra dirección, que lo haga en algún momento, en cualquier momento. Esperas y no lo hace. Solo continúa repitiendo, mientras la sencilla melodía se carga de emoción, belleza hipnótica, melancolía y magia.

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Cover1

Flérida, contrita, sale, en compañía de las damas, a pasear a la huerta, bajo los naranjos. Hace mucho calor. Apenada y sin descanso posible, su corazón late distorsionado por un amor extraño e imposible. ¿Quién es, entonces, este labrador?, se pregunta día y noche. Ahora, con un hilo de voz, al resguardo de la verde umbría, les dice a sus acompañantes:

Tañed vuessos instrumentos,
que pensativa me siento,
y de un solo pensamiento
nacen muchos pensamientos,
sin ningún contentamiento.

(Gil Vicente sirvió a dos reyes de Portugal como dramaturgo oficial de la corte, una especie de organizador de las diversiones teatrales de palacio, tanto para las festividades religiosas como para las de puro recreo cortesano. Unas veces se representaban, otras se declamaban. Como la corte era bilingüe, escribió muchas de estas obras en castellano.

Allá por el 1522 escribe la Tragicomedia de don Duardos -de donde está sacada la escenita de arriba- en la que, aunando las trasnochadas ideas del amor cortés con las peripecias de los libros de caballerías, desarrolla, bastante toscamente y muy poco teatralmente, el tópico literario del príncipe disfrazado de labrador.

Apenas es una bagatela, un antiguo dije sin más importancia artística que ya no brilla.

Pero en aquellos años del mil quinientos y pico, lucía encantador a la rácana luz de finales de noviembre filtrada por los altos ventanales de palacio. Empezaba a hacer frío. Era entonces cuando, a las decaídas órdenes de Flérida, las damas tocaban sus instrumentos).

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Sonrisa (2)

sonrisa

(El otro día, mientras pasaba por una de las calles más a trasmano del barrio, noté que una joven me miraba y sonreía. No la vi, simplemente lo noté. Me pareció extraño y no sé si agradable. Nunca sabré por qué sonreía).

En mi barrio nunca suceden cosas extrañas. Aunque también se pudiera decir que en mi barrio no paran de suceder cosas extrañas. Cualquiera de las dos afirmaciones podría ser cierta. Según. Es un barrio como otro cualquiera.

El otro día, mientras pasaba por una de las calles más a trasmano del barrio, por encima de los complicados y torpes graffitis y de los carteles pegados de cualquier manera, descubrí, a una altura inusual y cuidadosamente colocada, con la intención de que perdure allí puesta, una reproducción de la Gioconda.

Realmente, a estas alturas, la Gioconda no viene a cuento. ¿Quién se molestó en colocarla allí? ¿Y para qué? Tal vez para que mirara -con su insoportable gesto de suficiencia- a la gente que pasa con prisa, con una mano sobre otra y con su legendaria y enigmática sonrisa que, por cierto, a mí siempre me pareció más bien pánfila.

sonrisa2

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Sin cables

cables

En mi barrio estamos bastante atrasados. No han llegado aún -o lo han hecho muy escasamente- ni las nuevas tecnologías ni la obsesión por que todo sea inalámbrico. Todo está lleno de cables.

Cables que vemos por el aire -las golondrinas o los vencejos se posan en ellos a primera hora de la mañana o última de la tarde; en algunos penden, anudadas por los cordones, un par de zapatillas viejas-, colgados de un lado a otro de la calle, o sobre las fachadas de los edificios y las casas, a menudo confusa e inverosímilmente conectados, afeándolo todo sin remedio, o cables que no vemos y que yacen sepultados bajo tierra hasta que alguna excavadora los saca de nuevo a la luz, con tan poco tiento como para dejarnos a oscuras un buen rato.

Hay veces que unos operarios se sitúan en las esquinas, abren la tapa metálica de lo que parecía una alcantarilla y no era sino un cuadro de luz de los semáforos, o tal vez algo relacionado con la telefonía, y se sientan durante horas en una mesita, bajo una sombrilla si es verano o está lloviendo, conectando de nuevo, o desconectando, un complejo galimatías de cables. Parece que estuvieran haciendo encaje de bolillos.

Hay tantos cables, y tan precariamente dispuestos, que lo raro es que funcione todo. Las averías son la excepción, cuando, visto lo visto, debería ser al revés.

Así que mi barrio es muy poco inalámbrico. Nos encantan los cables. Desde aquel lejano primer cable umbilical.

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