Sin cables

cables

En mi barrio estamos bastante atrasados. No han llegado aún -o lo han hecho muy escasamente- ni las nuevas tecnologías ni la obsesión por que todo sea inalámbrico. Todo está lleno de cables.

Cables que vemos por el aire -las golondrinas o los vencejos se posan en ellos a primera hora de la mañana o última de la tarde; en algunos penden, anudadas por los cordones, un par de zapatillas viejas-, colgados de un lado a otro de la calle, o sobre las fachadas de los edificios y las casas, a menudo confusa e inverosímilmente conectados, afeándolo todo sin remedio, o cables que no vemos y que yacen sepultados bajo tierra hasta que alguna excavadora los saca de nuevo a la luz, con tan poco tiento como para dejarnos a oscuras un buen rato.

Hay veces que unos operarios se sitúan en las esquinas, abren la tapa metálica de lo que parecía una alcantarilla y no era sino un cuadro de luz de los semáforos, o tal vez algo relacionado con la telefonía, y se sientan durante horas en una mesita, bajo una sombrilla si es verano o está lloviendo, conectando de nuevo, o desconectando, un complejo galimatías de cables. Parece que estuvieran haciendo encaje de bolillos.

Hay tantos cables, y tan precariamente dispuestos, que lo raro es que funcione todo. Las averías son la excepción, cuando, visto lo visto, debería ser al revés.

Así que mi barrio es muy poco inalámbrico. Nos encantan los cables. Desde aquel lejano primer cable umbilical.

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2 comentarios sobre “Sin cables

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