Flérida contrita

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Flérida, contrita, sale, en compañía de las damas, a pasear a la huerta, bajo los naranjos. Hace mucho calor. Apenada y sin descanso posible, su corazón late distorsionado por un amor extraño e imposible. ¿Quién es, entonces, este labrador?, se pregunta día y noche. Ahora, con un hilo de voz, al resguardo de la verde umbría, les dice a sus acompañantes:

Tañed vuessos instrumentos,
que pensativa me siento,
y de un solo pensamiento
nacen muchos pensamientos,
sin ningún contentamiento.

(Gil Vicente sirvió a dos reyes de Portugal como dramaturgo oficial de la corte, una especie de organizador de las diversiones teatrales de palacio, tanto para las festividades religiosas como para las de puro recreo cortesano. Unas veces se representaban, otras se declamaban. Como la corte era bilingüe, escribió muchas de estas obras en castellano.

Allá por el 1522 escribe la Tragicomedia de don Duardos -de donde está sacada la escenita de arriba- en la que, aunando las trasnochadas ideas del amor cortés con las peripecias de los libros de caballerías, desarrolla, bastante toscamente y muy poco teatralmente, el tópico literario del príncipe disfrazado de labrador.

Apenas es una bagatela, un antiguo dije sin más importancia artística que ya no brilla.

Pero en aquellos años del mil quinientos y pico, lucía encantador a la rácana luz de finales de noviembre filtrada por los altos ventanales de palacio. Empezaba a hacer frío. Era entonces cuando, a las decaídas órdenes de Flérida, las damas tocaban sus instrumentos).

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