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Archive for 30 octubre 2015

heart

Un amor incondicional
ya pone una condición
-tal vez la peor de todas-:
la de no poner ninguna.

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Ciempiés

ciempiés

Allá va el ciempiés, avanzando con lentitud, pasito a pasito, cimbreando el cuerpo articulado en anillos, mientras todo lo palpa con sus dos antenas. Como si no se fiara de lo que ve, o viera poco. Irá en busca de alimento, cobijo o un lugar más soleado, o más húmedo. No sé. Desconozco sus costumbres.

Mueve, al hacerlo, sus numerosos pares de patas, a la manera de un imperceptible oleaje, con una absoluta precisión y coordinación, un tanto busbyberkeleyanamente.

A pesar de su brillo, no podemos decir que sea muy agraciado, pero al menos ha tenido la delicadeza de dejarse crecer unas diminutas patitas, para no arrastrase por el suelo.

Algún científico las habrá contado, pero estoy convencido de que los ciempiés tienen menos de cien patas, o más. De lo que estoy seguro es de que nunca tienen cien.

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Comparativa (20)

DSCN3088

como un trébol de cuatro hojas que ha perdido una
como utilizar prismáticos para mirarse al espejo
como una sirena maldiciendo su parte humana
como un fantasma que no creyese en fantasmas
como una gallina picoteando un huevo frito
como la luna reflejada en el espejo de una cómoda
como un pecador arrepentido de no haber pecado más
como una barca en tierra y boca abajo un día de lluvia torrencial
como una perdiz con la pata rota mirando con ternura a una joven liebre asustada en un día de caza
como alacranes haciendo el amor

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Parece que por estas tierras tenemos la costumbre de hacerlo todo al revés. Seguimos un impulso para después quedarnos parados, pensando en lo que hemos hecho cuando ya es demasiado tarde y tenemos -como sea- que encontrarle un sentido. Luego -y esta es otra de nuestras frases favoritas- ya se verá.

Hay actuaciones que entran de lleno en lo absurdo. Aunque esta palabra, a fin de cuentas, tampoco significa nada. Quienes se empeñan en separar lo que es absurdo de lo que no lo es, acaban agotados. Y confundidos.

Pero no me negarán que esto -además de ridículo e indignante- lo es. Absurdo, quiero decir.

museo

El Museo del Ferrocarril ya está terminado
Lo abrirán al público cuando encuentren contenidos relacionados con el mundo ferroviario

Como tener un museo da prestigio, pues habrá que tener uno. Lo de dentro es lo de menos. Así que no solo se empeñaron en ello, sino que ya está terminado. Es bonito. Está completamente vacío.

(¿Será esto una metáfora de algo que se nos escapa? ¿No será éste -finalmente- el mejor museo del mundo? Completamente vacío, sin nada… ¿Qué diría Foucault -o Derrida, o Deleuze, o alguno de éstos- de este museo? ¿No sería mejor dejarlo como está?)

Pero el periodista que nos cuenta la noticia trata de explicarlo. Y nos dice que, una vez terminado, y…

…para ganar atractivo, este lugar sería utilizado para instalar algún tipo de maquinaria, como un vagón, y acondicionarlo para que los usuarios puedan visitarlo.

Ya que hay espacio de sobra, pues meterán, cuando la encuentren, alguna maquinaría relacionada con el ferrocarril -un vagón o algo por estilo- lo que sea, con tal de llenar las salas vacías del flamante museo.

Pero además de estas máquinas -que no tienen- han pensado meter más cosas -que tampoco tienen. Un museo está lleno de cosas. Así que el Consistorio se ha puesto manos a la obra. Ahora tienen un museo y resulta que los museos contienen cuadros, paneles, documentos, cosas relacionadas, antiguas y de valor… Algo con lo que castigar a los niños en su día de excursión. Habrá, entonces, que buscarlas.

Como digo -sigue informando el periodista-…

…el Consistorio (…) está buscando contenidos tales como fotografías, maquetas, o instrumentos ligeros que puedan ser vistos desde los andenes a través de las cristaleras del edificio.

Supongo que algún día llenarán -con lo que encuentren- el museo. Pero lo importante es que ya está terminado. Por aquí acostumbramos a hacer las cosas así, al revés. Y cuando no tienes la necesidad de algo, pues te la inventas.

Ya sé que hay otra manera de hacer las cosas -y otras cosas en la que gastar el dinero-, pero ésta es la nuestra.

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jude el oscuro

A pesar de lo que publiqué aquí el otro día, Thomas Hardy no es muy conocido en nuestro país. Acaso alguna adaptación al cine de alguna de sus novelas lo haya sacado -momentáneamente- de tan injusto ostracismo.

Novelista y poeta británico, nació en 1840 y murió en 1928. Solo cuando fracasó en su intento de publicar sus poemas, decidió probar fortuna con la novela, género con el que alcanzó éxito y prestigio.

Son espléndidas novelas decimonónicas, pero con una clara intención de despegarse definitivamente de la carga burguesa y convencional. Supera también el frío naturalismo con una inteligencia sutil y heroica en sus planteamientos y personajes. Aunque el aire -y destino- pesimista, se acentúa en sus últimas obras, tristes, casi deprimentes, heridas por el fracaso frente a una sociedad trituradora, boba y sin piedad.

Yo he sentido estos días de atrás, leyendo Jude el Oscuro, como si me zambullera a nadar en pleno mar, con los vaivenes peligrosos de sus olas y las imprevistas corrientes. Era reconfortante volver a la superficie después de dar unas buenas brazadas. (Por el contrario, leer algunas de las novelas que se escriben hoy día me provoca la desagradable sensación -sí, de zambullirme, pero- de nadar en una piscina demasiado pequeña y con un agua no muy recomendable. En este caso, más que reconfortante, es un alivio salir a la superficie, corriendo en busca de una ducha fría).

Los personajes de las novelas de Thomas Hardy luchan siempre, cargados de inocencia y obstinación, contra un destino que se les declarará hostil hasta el final. Las convenciones sociales y morales les extraviarán irremediablemente de sus objetivos hasta aniquilarlos incluso como seres humanos.

Por eso, en Jude el Oscuro -publicada en 1895-, Hardy coloca en el inicio del libro este lema:

jude el oscuro 2

El protagonista, Jude Fawley, de tan noble corazón como desdichada vida, ejemplifica, demasiado cruelmente, cómo las convenciones sociales pesan hasta la asfixia a la hora de intentar mejorar cuando no eres nadie y cómo las convenciones morales y religiosas pueden llegar a convertir un amor puro en algo, no solo escandaloso, sino también devastador.

La novela fue mal recibida, entre acusaciones y rasgueo de vestiduras -incluso un obispo llegó a quemar un ejemplar públicamente. Thomas Hardy, abatido, decidió no volver a escribir nunca más una novela. Volvió a la poesía.

Esa pureza de sentimientos y esa nobleza que se empeña en dar a cada acto que emprende, se dislocan definitivamente en el tramo final de la novela. Jude Fawley, desesperado por la fiebre y el fracaso, llega a exclamar:

-Se necesitaría tener la sangre fría de un pez y el egoísmo de un cerdo para tener realmente la suerte de llegar a ser una de las personalidades del país.

Pero a pesar de todo, ante un auditorio de gente humilde que se ríe y mofa de su fracaso, y que le hace aparecer como una figura ridícula, en una alocución desesperada -y algo histriónica- les dice:

-El problema con el que me he tenido que enfrentar, amigos, es difícil para cualquier joven… y son miles los que, en el momento presente en que todo anda tan revuelto, vacilan entre seguir ciegamente el camino en que se encuentran, sin pararse a pensar en sus aptitudes, o considerar primero cuáles son sus aptitudes e inclinaciones y emprender entonces el camino que esté más de acuerdo con ellas. Yo intenté hacer lo segundo y he fracasado. Pero no estoy dispuesto a admitir que mi fracaso signifique que yo estaba equivocado, de la misma manera que mi éxito tampoco habría probado que tenía razón, aunque así es como hoy en día valoran los esfuerzos, es decir, no por su bondad esencial, sino por sus resultados accidentales.

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Seguro, Gloria, que la tierra te será leve.

Y te escaparás de puntillas de la mano de Carmen por la sierra del Guadarrama, en busca de tigres y de ballenas azules. Luego descansaréis un rato al sol y seguiréis -a pesar de todo- viviendo con alegría.

Nunca faltará un caracol.

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luna y farola

Alumbra más la farola que la luna. La luna no siempre está ni siempre alumbra entera. A menudo la ocultan negras nubes. La farola se enciende cada noche y su luz permanece inalterable. Si se funde, es fácilmente reemplazable. Con ella, todo son ventajas.

La luz de la luna, en cambio, clarea el campo de noche, o coloca su débil foco sobre la ciudad dormida, con una luz de segunda mano, como reflejada desde un espejo sobre otro espejo.

Mientras que la farola sabe cuál es su único oficio, me da la impresión de que, aunque lo haga a veces, la luna no pretende iluminar.

Sus tareas son otras.

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