Columpio

columpio

Con el propio impulso o con la ayuda -preferiblemente no excesiva- de alguien, era posible mantener la ilusión de volar, aunque no se avanzara nunca y fuera un simple, monótono y mecánico ir y venir. Pero tan placentero. El aire refrescaba la cara y hacía ondear el pelo. Las cosas, el mundo, parecían que se echaban encima, pero justo entonces, antes de estrellarnos sin remedio, se alejaban.

¿Hace cuánto tiempo que no nos montamos en un columpio? Y si lo hemos hecho recientemente alguna vez, ha sido para quedarnos melancólicamente sentados en él, apenas sin movernos, y sin despegar en ningún momento los pies del suelo. Solo un balanceo imperceptible y las manos sujetando fuerte los tirantes en un gesto demasiado rígido.

Entonces -¿hace cuánto tiempo?- competíamos inconscientemente por comprobar quién llegaba más alto y también por ver quién, soltándose en el momento preciso -cuando traías todo el impulso posible para salir despedido hacia adelante- llegaba más lejos y caía de cualquier manera sobre la tierra.

Bueno, hemos saltado del columpio y aún, de alguna manera, intentamos mantener ese puro impulso.

Todavía no hemos caído.

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2 comentarios sobre “Columpio

    1. Columpiarse… aunque sea un poquito.
      Pero seguro que si hay alguien, te miraría mal. O te llamaría la atención…

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