Midas. Otro cuento real

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Midas vivía obsesionado con la riqueza, con el oro, con el dinero. A pesar de ser el hombre más rico -y más poderoso- de toda Frigia, todo esto le parecía poco. Vivía exasperado e inquieto, sin tiempo de disfrutar de tantas riquezas y constantemente preocupado por la posibilidad de perderlas. Por eso le obsesionaba tanto acumular aún más oro.

Uno de los dioses del Olimpo se apiadó de él. Aunque ya sabemos la extraña manera que tienen los dioses de apiadarse. Y un buen día -convenientemente disfrazado- se le cruzó en su camino, charlaron un rato a la sombra de un huerto de laureles y el dadivoso dios le ofreció la posibilidad de aceptar un don, el que quisiera, lo que más deseara. Él se lo concedería.

Y de la misma manera que a los peces les encantan los anzuelos, al pálido Midas le pareció algo maravilloso poder convertir en oro todo lo que tocara. El extraño hombre con el que estuvo hablando se marchó, perdiéndose en la espesura que enmarañaba la falda de la montaña cercana.

Descreído, Midas se sonreía al recordar la conversación que habían tenido; pero como si siguiera la broma, alzó el brazo y tocó una rama del laurel que tenía más cercano. Al instante brilló con un maravilloso tono áureo. Sus ojos se abrieron de par en par, a un tiempo incrédulos y felices.

Aligeró el paso hasta llegar sin resuello hasta su palacio. Pidió algo de comer y, mientras usó los cubiertos -que como ya eran de oro no pudieron convertirse de nuevo en oro- no tuvo ningún problema. Pero al llegar a los postres, como aún conservaba la plebeya costumbre de comer las piezas de fruta con la mano, pudo comprobar cómo la manzana refulgía espléndida en su mano, como si la hubiera tallado en oro el mejor orfebre del reino.

Se levantó de la mesa feliz.

Más tarde, cuando su hija fue a verle, tuvo la inconsciente idea, como hacía a menudo un tanto atolondradamente, de darle un abrazo. Midas -aunque justo es decir que no lo hizo con premeditación- la estrechó, como hacía otras veces, entre sus brazos y la besó. Sintió en ese momento un frío metálico.

Fingió estar apenado durante unos días y finalmente decidieron en palacio convenir que la hija de Midas desapareció -o acaso la raptaron.

A cambio, de manera inesperada apareció en sus aposentos -justo donde se despidió aquel día de su padre dándole un abrazo- una hermosísima estatua, labrada toda ella entera en oro macizo, que la reproducía asombrosamente a tamaño real. Su valor era incalculable. Y Midas se pasaba horas admirando su formidable -y carísima- belleza, olvidado ya, casi por completo, de su amada hija.

Nunca se vio en toda Frigia un hombre tan feliz, aunque esta palabra tal vez se quedara corta. Estaba pletórico. Tenía el mundo, no solo al alcance de su mano, sino que su mano podía convertir cualquier cosa, el mundo, en oro.

Ahora, el único problema de Midas era que tenía que acordarse de ponerse guantes cuando iba a mear. O acudir a alguien para que se la sacara.

Nunca le faltaron ayudantes.

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