De tan noble corazón

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La muerte de Thomas Hardy -eximio poeta y novelista inglés- originó un curioso conflicto.

En su testamento dejó bien a las claras su deseo de ser enterrado junto a su primera mujer, pero al ser una insigne figura de las letras del imperio británico, los jerarcas de la Cultura y de las Letras reclamaron su cuerpo para que fuera depositado en el Poets’ Corner de la Abadía de Westminster, lugar en el que yacen algunos de los principales literatos ingleses.

Como la segunda esposa del escritor insistía -curiosamente- en respetar el deseo final de su esposo, los prohombres de la Cultura y de las Letras -como siempre, ávidos de pompa y parafernalia- optaron por una solución salomónica.

Transigieron en que fuera extraído el corazón de Hardy para que fuera enterrado, como era su deseo, junto a su primera mujer. Ellos se quedarían con el cuerpo -especialmente frío, ya sin corazón siquiera- para que fuera incinerado y depositado, con todos los honores, en el Rincón de los Poetas de tan magnífica y magnificente Abadía.

En el mientras tanto, el corazón fue depositado encima de la mesa de la cocina de su casa, antes de trasladarlo al otro cementerio. Pero cuando fueron a por él, descubrieron el plato sobre la mesa vacío.

En un rincón de la cocina, el gato de la casa, con las pezuñas de las patas delanteras y el hocico llenos de sangre, se lamía los bigotes. Cuando vio que venían a por él con no muy buenas intenciones salió disparado a encaramarse a los tejados de las casas vecinas.

Como solución de emergencia, a uno de los criados de las casa se le ocurrió que había que ocultar cuanto antes la irreparable desaparición, y que para ello, no había más que sustituirlo por otro corazón. Todos se miraron con cierta aprensión. El criado dijo que ahora volvía.

Al rato regresó con algo envuelto en un papel de estraza que empezaba a empaparse con un líquido sanguinolento. Cuando lo destapó, vieron -aterrados- que apenas había diferencia. Todos en la cocina volvieron a mirarse con cierta aprensión.

Hasta que les explicó que lo había conseguido en la carnicería de la esquina. Todo el mundo sabe que apenas hay diferencias entre el corazón de una persona y el de un cerdo.

Así que obviaron la desaparición de la primitiva pieza de casquería y continuaron con la más modesta ceremonia de enterrar la segunda pieza de casquería junto a su primera -y aún, después de la muerte, amada- mujer.

El gato contempló toda la escena desde el tejado. De esta manera fueron cumplidos los deseos del escritor.

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