El contrabandista de sombras

puerta

El contrabandista de sombras vivía en lo más oscuro, se movía por las umbrías y evitaba -como si le fuera la vida en ello- el sol y cualquier tipo de luz. Solo en las noches sin luna estaba tranquilo. Llevaba demasiado tiempo en el negocio como para descuidarse y dejarse tentar por la más leve claridad. Se encontraba a gusto en la sombra y entre las sombras, con las traficaba y se ganaba la vida.

Cada vez era mayor el número de personas que iban por la vida sin su sombra. Algunos la perdieron en el camino sin darse cuenta, aunque la mayoría la malvendió o la cambió por algo que creyó, en un momento de ofuscación, importante, más importante que su propia sombra, a la que entonces no le daban el menor valor.

Hasta que la perdieron, claro.

Tal vez fuera una nimiedad andar por la vida sin sombra -eso creyeron-, pero desde el momento en que les faltó, vivían, sí, mucho más ligeros, más libres, aunque sentían que una rara pesadumbre, una constante inquietud, anidaba, como si los estuvieran royendo, en sus corazones. Se encontraban a disgusto al sol, más solos, imaginando que alguien, a quien no podían ver, les perseguía.

De manera imperceptible, pero imparable, fue creciendo en la oscuridad una especie de mercado negro de las sombras. Al estar prohibido y fuertemente penado por la autoridad, el tráfico ilegal de sombras creció aún más. Además eran fácilmente transportables y escondibles. Bastaba con apagar la luz.

Algunos llegaban a pagar cifras astronómicas. Otros empeñaban hasta lo que no tenían. Estaban dispuestos a arriesgarse y ser detenidos y hasta encarcelados. Era, con todo, un negocio lucrativo, oscuro y feroz.

El contrabandista de sombras hablaba poco. Cuando empezó en esto del contrabando solo compraba, pero al poco tiempo, se dio cuenta de que ganaba mucho más vendiéndolas. La demanda aumentaba y los precios también, en una mayor proporción además. Se podía decir que, aunque llevaba pocos años en el negocio, era rico.

Viajaba de ciudad en ciudad de noche, en un gran coche negro. Al amanecer, de la misma manera que aparecía, desaparecía. Había que esperar -podían ser días y días- a que volviera. Amanecía y la luz de las farolas se desvanecía como una neblina sobre las amplias y solitarias avenidas.

De vez en cuando, esperando al fondo de un rincón a que se acercaran más clientes en busca de una sombra, recordaba cómo empezó en el negocio, cómo, mientras buscaba la suya, se dio cuenta de que no la encontraría jamás y de que, a cambio, podría ganarse la vida comprando sombras a personas que estaban dispuestas a cometer el mismo error que cometió él y deshacerse de las suyas.

Tal vez, pensó, con algo de suerte encontraría alguna vez su sombra, o en el peor de los casos, alguna similar, alguna que le cuadrara. Y siguió comprando y vendiendo y comprando, traficando con sombras, al principio con la vaga esperanza de recuperar la suya, pero olvidando muy pronto este motivo y convirtiéndose, sin más, en un contrabandista de sombras, sin sombra y sin alma.

Ya ni observaba -como le gustaba hacer al principio- marchar a sus clientes escabulléndose en lo oscuro, franqueando, finalmente y con algo de miedo, la línea de luz, felices por haber recuperado su sombra, aunque no fuera exactamente la suya, y poder caminar al sol sin tener nada en el corazón que lo royera interminablemente.

Permanecía en su rincón con los ojos entornados antes de subirse otra vez al coche negro y grande que le llevaría a otra ciudad. Una vez dentro, el contrabandista de sombras se quitaba las gafas y reclinaba la cabeza. No se quedaba dormido del todo, pero soñaba con la luz de las farolas al amanecer desvaneciéndose como una neblina sobre las amplias y solitarias avenidas.

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