El contrabandista de sombras (y 2)

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Un buen día, mientras caminaba absorto por uno de los pasillos de unas de las naves que albergaban uno de los interminables almacenes en los que se apilaban las sombras, descubrió, como si lo que viera lo estuviera viendo otra persona, una sombra descolocada, fuera de sitio, que parecía no corresponder con nada, que parecía no haber pertenecido a nadie. El corazón, si lo tuviera, le habría dado un vuelco. Le resultaba aquella sombra tan familiar…

Salió entonces como alma que lleva el diablo del tenebroso almacén, tan rápido que estuvo a punto de franquear la línea de luz.

Ya en su rincón habitual -una especie de despacho frío, con pocas cosas, pero minuciosamente desordenado- intentó tranquilizarse. No le quedaba más remedio que reconocer que aquella era su sombra. Tantos años -y tantas sombras- después…

Se acordaba de cómo, al perderla, o más bien, al malvenderla, recorrió los más oscuros almacenes que se dedicaban al contrabando de sombras, visitó a los más peligrosos contrabandistas, en una búsqueda desesperada por recuperarla. Y cómo, al poco tiempo, él mismo entró en el negocio, empezó comprando sombras, y luego vendiéndolas, hasta que, al cabo de unos pocos años, se convirtió en uno de los más expertos -y también más indeseables- contrabandistas de sombras del país. Su fortuna crecía de manera preocupante.

Pero ahora se encontraba solo en su rincón, intentando controlar un ligero temblor que se había apoderado de él desde el momento en que descubrió esa sombra en el almacén un poco fuera de su sitio.

¿Por qué -como hubiera hecho cualquiera en su lugar- no la cogió inmediatamente, lleno de alegría, y corrió con ella fuera, a franquear, por fin, la línea de luz? Esta pregunta le atormentaba. Y lo peor de todo es que se la seguía haciendo, en lugar de volver al almacén a por ella. Era su sueño de tantos años, era lo que le había impulsado -y no el dinero- a entrar en el negocio, era su objetivo en esta vida, tantas noches en vela imaginando que algún día recuperaría su sombra.

Durante todo el día evitó volver al almacén. Estaba demasiado ocupado. Por la noche no pudo pegar ojo.

A la mañana siguiente, de nuevo en el rincón que le servía de despacho y donde hacía la mayor parte de sus oscuras transacciones, quiso aparentar normalidad. Así que empezaron a llegar clientes, a los que atendía con prontitud, eficacia y displicencia. Apenas regateaba ninguno, venían, la mayoría, a comprar una sombra, costara lo que costara, al precio que fuera. Era fácil engañarles, era fácil contentarles.

Con la entrada y salida constante de clientes, con el ingreso del dinero, con el tránsito de sus empleados desde la oficina al almacén, desde el almacén a la oficina, casi consiguió olvidar lo que vio el día anterior mientras daba un paseo por uno de los pasillos de una de las naves. Pero su sombra seguía ahí. Y la pregunta -¿por qué no la cogí inmediatamente?, ¿por qué no la cojo ahora?- seguía martilleándole en la cabeza.

Por la tarde había menos trabajo. A medida que se acercaba la puesta de sol había que ir pensando en cerrar. Una de las ventajas de tener un despacho tan frío y tan desordenado, era que no tenía que recoger ni ordenar nada. Todo quedaba tal y como estaba.

Justo cuando se disponía a levantarse de su butaca para irse, vio aparecer un último cliente. Era alto, como él, y no se le distinguían las facciones debido a la escasa luz del crepúsculo. Había conseguido, por fin, reunir el dinero y quería una sombra, antes de que se hiciera de noche.

Como los empleados ya se habían marchado a casa, fue él mismo, el contrabandista de sombras, uno de los más expertos, temidos y odiados del país, quien acompañó a este último cliente del día hasta los almacenes para entregarle una sombra. Esta que sobresale un poco y parece fuera de sitio le irá perfecta, le dijo.

Volvieron a la oficina, se dieron un apretón de manos y el último cliente del día se despidió, alejándose feliz con su sombra.

El contrabandista de sombras quiso respirar con alivio, pero no pudo, confiaba en que, al menos, a la mañana siguiente se despertaría más tranquilo. Pensaba en todo esto mientras veía alejarse al último cliente del día, cuando el sol casi se había puesto ya del todo, franqueando la débil línea de luz.

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