El río, la vida

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Una de las cosas más crueles que se me pueden ocurrir es la de obligar a alguien a leer algo. Y si ese alguien es un niño -como ocurre, y ha ocurrido, en las escuelas- esa crueldad se multiplica, y las consecuencias son, siempre y claramente, las opuestas a lo que en un principio, no sé ya si bienintencionadamente, pretendían.

Tampoco he llegado a entender nunca por qué algunos libros fueron catalogados como infantiles -o destinados a un público infantil- cuando ni por el estilo en el que están escritos ni por el contenido demasiado intrincado, deberían cargar con ese sambenito por los siglos de los siglos. El insuficiente hecho de que los protagonistas sean niños parece que les ha arrojado definitivamente a esos estantes de las librerías llenos de dibujos y colorines.

Qué habrán hecho libros como Alicia en el país de las Maravillas o Las aventuras de Huckleberry Finn, para merecer tal suerte. Y qué habrán hecho los niños para que sean obligados a leer tales libros. Luego, como si se pretendiera arreglar el desaguisado, se promueven de manera tan banal como con una intencionalidad solo repugnantemente comercial, ediciones abreviadas, amputadas más bien, o los convierten en cómics, en películas o en dibujos animados.

Por eso, cuando ya a cierta provecta edad, cae en tus manos alguno de estos libros estigmatizados como infantiles, no te queda más remedio que abrir, al leerlos con más calma y más distancia, los ojos asombrados y felices al descubrir algunas de las novelas más maravillosas de todos los tiempos. Te das cuenta de que, de la misma manera que no puedes leer El Quijote con catorce años -qué crueldad-, todo, con estos libros, era cuestión de tiempo.

Así cayeron estos días en mis manos Las aventuras de Huckleberry Finn. Asombrado y feliz, lo he podido leer, inopinadamente y por fin, sin prevenciones de ningún tipo.

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Lo publicó Mark Twain en 1884 y  parece que toda la literatura moderna norteamericana comienza -empieza a fluir- en este libro. Todos los textos estadounidenses proceden de este libro. Nada hubo antes. Nada tan bueno ha habido después. No lo digo yo. Lo dice Hemingway. Puede parecer algo exagerado, pero después de haberlo leído, puedo decir que algo hay de ello. Por si fuera poco, es el mismo Faulkner quien calificó a Mark Twain como el padre de la literatura norteamericana. (Aunque de todo esto me he enterado después de haberlo leído, rastreado de mala manera en internet para escribir estas líneas).

Gran tipo este Twain, que tuvo diversos oficios -entre ellos, piloto de barcos en el río Mississippi– hasta que alcanzó gran notoriedad con sus libros y conferencias. Aunque ganó mucho dinero, lo invirtió en empresas un tanto disparatadas y desastrosas que le llevaron a la bancarrota. Twain nació durante uno de los pasos por la Tierra del cometa Halley y predijo que, de la misma manera que había venido, también me iré con él. Efectivamente, murió al siguiente paso por la Tierra del cometa, 74 años después.

Huckleberry Finn es una secuela de Tom Sawyer y tiene un tono más serio, más sereno, que su predecesora. Huck huye de su cruel y alcoholizado padre y en la huida se encuentra con un esclavo al que conoce, el negro Jim, y al que ayuda a huir también. Logran escapar en una balsa por el río Mississipi abajo.

Los pasajes que narran los tiempos muertos, tan plácidos, en los que holgazanean, entre aventura y aventura, sobre las tranquilas aguas del gran río, bajo el cielo azul o bajo las brillantes estrellas, llenan también el corazón de sosiego del que está leyendo.

Narrada en primera persona, al escuchar a Huck contar su historia, he vuelto a oír a Lázaro de Tormes y a Holden Caulfield. Como si hubiera un hilo secreto conductor que une por debajo a las grandes historias.

El río que les lleva es como el río de la vida, y mientras navegan en esa balsa, le ocurren diversas peripecias que le obligan a tomar decisiones, a madurar a toda prisa. Debe ser esto la vida. Siempre intenta -aunque todos creen que está equivocado y que actúa erróneamente- hacer lo correcto.

Las aventuras de Huckleberry Finn

Pero basta ya de farfolla y pseudoerudiciones wikipedianas. Me extiendo -ya lo sé- en exceso sin necesidad. Nada de esto necesita esta novela que, de manera terminante, se inicia con este aviso que Mark Twain colocó en su frontispicio, antes de entrar en materia. Nunca me he sentido tan identificado con nada. Aunque me temo que nadie le hizo -ni le hace- el menor caso.

AVISO
Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narración,
serán perseguidas.
Aquellas que intenten hallar una moraleja,
serán desterradas,
y las que traten de encontrar un argumento,
serán fusiladas.

Huck nos cuenta su historia sin más, mientras el río discurre y su corriente nos lleva, en compañía del negro Jim, tan ignorante y supersticioso, como sabio y leal compañero hasta las lágrimas.

Anteriormente, ya había oído algunas de esas cosas; pero no todas. Jim conocía toda clase de señales. Me dijo que sabía casi todas las cosas. Yo dije que, al parecer, todas las señales eran de mala suerte, de modo que le pregunté si no había señales de buena suerte también.
El dijo:
-Muy pocas… y ésas para poco le sirven a uno. ¿Para qué quieres saber cuándo vas a tener buena suerte? ¿Quieres alejarla?

Así que ya saben. Seguimos entonces río abajo, hacia el sur.

Me sentí intranquilo hasta que la balsa estuvo dos millas más abajo, y en medio del Mississippi. Entonces colgamos nuestras linternas del palo y calculamos que volvíamos a estar libres y seguros otra vez.

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