Calendario

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Calificar su salud de quebradiza era una manera amable de describirla. Tenía más de ochenta y cinco años y se podía considerar, sin apenas margen de error, que estaba en las últimas. Aunque aún podía salir a la calle y dar cortos paseos, en estos meses de invierno todo iba peor.

Pero procuraba mantener las pequeñas rutinas de su anodina vida diaria, siempre que estuvieran a la medida de sus cada vez más escasas fuerzas. El año iba acabando y decidió esa mañana acercarse al banco como hacía cada final de año. Además de realizar unas nimias actualizaciones en su cuenta, fue para que le dieran el calendario del año que viene.

Con él enrollado dentro de una bolsa arrugada, volvió a casa.

Cada vez eran más pequeños los números de los días y las fotografías más insustanciales. Cuando lo colgó en la pared de detrás de la puerta de la cocina, se quedó un largo rato mirándolo, luego pasó despacio las hojas de los meses mirando las semanas y los días. Sabía, tenía la absoluta certeza, de que uno de esos días de ese año que estaba a punto de comenzar, sería, para él, el último.

Pero no sabía cuál.

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