Remedios contra el amor

ovidio

Solía salir, a pesar del tiempo a menudo inclemente, a pasear cerca de la costa de ese mar frío y absurdo al que se vio confinado de manera súbita y cruel. Los pequeños acantilados se alternaban con extensas playas y alguna que otra minúscula aldea de pescadores. El aire le hubiera revuelto los cabellos si fuera más joven. Arrebujado en una de esas gruesas pellizas que usaban en esas tierras caminaba durante horas.

Era el poeta más famoso del imperio y ahora vivía en un aldea oscura rodeado por gentes extrañas que hablaban una lengua ininteligible, en un clima hostil, acompañado tan solo por los recuerdos de aquel pasado dorado, tan cercano solo en el tiempo.

De manera implacable, cuando estaba a punto de cumplir los cincuenta y dos años y sin tener muy claro del todo el motivo, el emperador Octavio Augusto ordenó su destierro, al que no podría acompañarle ni su mujer ni sus amigos, a la lejana aldea de Tomi, en la costa occidental del Ponto Euxino, el actual mar Negro. Era aquella, para un noble romano como Publio Ovidio Nasón, que gozaba de la mayor fama como el mayor poeta latino, una tierra salvaje. Aquello era peor que la muerte.

Todos los intentos llevados a cabo para conseguir el perdón del emperador fueron vanos. Ovidio moría ocho años después en aquella tierra de Escitia, lejos, muy lejos de Roma.

Sus versos, con toda la precisión de la lengua latina, merecen -y así parecen- estar cincelados, laboriosamente, en piedra, en mármol mejor. Así lo he vuelto a constatar al leer un librito –Remedia Amoris– considerado menor dentro de su obra. Siempre se edita unido, a manera de complemento, a otra obra suya mucho más conocida, el Ars Amandi.

Son los dos libros, en definitiva, de consejos prácticos, un poco como los que ahora se venden de autoayuda. Nunca inventamos nada nuevo.

Si en este último, en el Ars Amandi, Ovidio escribe un completo manual de uso para aquellos que quieran ser más diestros en el arte de amar y de conseguir lo que quieren, en éste que he leído ahora, el Remedia Amoris, reúne aquellos consejos útiles para quienes desean desasirse de las redes de tan pertinaz diosecillo. Te asegura que, si los sigues, te verás libre de sus insistentes asechanzas. Sus versos son precisos y magníficos.

remedia amoris

Para olvidar a tu amada y no volver a enamorarte, lo más importante que debes hacer es huir del ocio y de la inactividad. Ocupa tus días con trabajos, ocupa tu mente en algo.

Rura quoque oblectant animos studiumque colendi:
Quaelibet huic curae cedere cura potest.

También los campos y la afición a la agricultura entretienen el ánimo:
Cualquier preocupación se disipa ante aquella otra.

Así que nada de indolencia y, especialmente, mantente alejado del alcohol.

Languor et inmodici sub nullo vindici somni
Aleaque et multo tempora quassa mero
Eripiunt omnes animo sine vulnere nervos:
Adfluit inacautis insidiosus Amor.

La pereza y el sueño excesivo, los dados
y la cabeza embotada por el exceso de vino
arrancan del espíritu, sin que se dé cuenta, todas sus energías.
Así el insidioso Amor se desliza en los incautos.

Si esto no acaba de funcionar del todo, lo que debes hacer es poner tierra de por medio, viajar, irte lejos, largarte.

Tu tantum, quamvis firmis retinebere vindis,
I procul et longus carpere perge vias!
Flebis, et occurret desertae nomen amicae,
Stabit et in media pes tibi suepe via;
Sed quanto minus ire voles, magis ire memento:
Perfer et invitos currere coge pedes!
(…)
Nec quot trasieris, sed quot tibi, quaere, supersint
Milia, nec, maneas ut prope, finge moras;
Tempora nec numera nec crebro respice Romam,
Sed fuge (…)

Tú limítate, por fuerte que sean las cadenas que te retienen,
a marchar lejos y procura emprender largos viajes.
Llorarás y te saldrá al paso el nombre de la amiga que dejas,
e incluso tu pie se detendrá a veces en mitad del camino,
pero cuantos menos deseos tengas de irte, más habrás de procurarlo.
Aguanta y obliga a correr a tus pies obstinados.
(…)
Y no preguntes cuántas millas has hecho, sino cuántas te faltan,
ni busques dilaciones para ir quedándote en las cercanías;
ni cuentes los días ni mires continuamente hacia atrás, a Roma,
sino huye (…)

Otra cosa que siempre funciona es la de recordar los agravios que te hizo. Agrándalos, incluso, hasta que la empieces a odiar.

Saepe refer tecum sceleratae facta puellae
Et pone ante oculos omnia damna tuos.
(…)
Haec tibi per totos inacescant omnia sensus,
Haec refer, hinc odii semina quaere tui!

Rememora con frecuencia las malas pasadas que te hizo tu amiga
e imagina, como si estuvieran ante sus propios ojos, todos sus desmanes.
(…)
Que todo esto te vaya enconando todos tus sentimientos,
dale vueltas a esto y saca de ello las semillas de tu odio.

Y piensa que no es tan hermosa como la recuerdas. Todo aquello no era más apariencia, maquillaje, peinados y vestidos bonitos. Debajo había poca cosa.

Proderit et subito, cum se non finxerit ulli,
Ad dominam celeres mane tulisse gradus;
Auferimur cultu; gemmis auroque teguntur
Omnia; pars minimast ipsa puella sui.
Saepe, ubi sit, quodames, inter tam multa, requiras (…)

También será útil llegar de improviso, con paso rápido, a casa de tu amante,
por la mañana, cuando aún no se halla arreglado.
Nos seduce la apariencia; con oro y joyas todo se tapa;
la misma muchacha es lo que menos se ve de ella.
A menudo te preguntarás, entre tanto aparato, dónde está el objeto de tu amor (…)

Por ejemplo, puedes hacer esto:

Si mala dentatast, narra, quod rideat, illi (…)
Si tiene mala dentadura, cuenta cosas graciosas que la hagan reír (…)

Pero, y esto es importante, tampoco la odies. El odio indica que aún hay amor.

Sed modo dilectam scelus est odisse puellam:
Exitus ingeniis convenit iste feris,
Non curare sat est: odio qui fint amorem,
Aut amat, aut aegre desinet esse miser.

Claro está que es un crimen odiar a la muchacha a quien se amaba;
semejante final es propio de caracteres feroces.
Es suficiente dejar de frecuentarla: quien termina su amor con odio,
o bien todavía ama, o difícilmente dejará de ser desdichado.

En fin, procura no beber, y si lo haces, hazlo en exceso: una suave embriaguez alimenta los dulces recuerdos, pero una buena cogorza, los anula.

Vina parant animum Veneri, nisi plurima sumas,
Et stupeant multo corda sepulta mero;
Nutritor vento, vento restinguitur ignis:
Lenis alit flammas, grandior aura necat,
At nulla ebrietas, aut tanta sit, ut ibi curas
Eripiat: siquast inter utrumque, nocet.

Los vinos predisponen el espíritu para Venus, a no ser que los tomes con exceso,
y llegues a embotar los sentidos anegándolos en vino.
El viento alimenta el fuego y con el viento se apaga.
Cuando es suave hace crecer las llamas, un viento más fuerte, lo mata.
Así que nada de embriaguez, o bien que sea de tal calibre,
que te haga olvidar las pasiones: un estado intermedio resulta perjudicial.

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2 comentarios sobre “Remedios contra el amor

  1. Me parecen buenos consejos excepto el de la cogorza monumental. Más que nada porque luego te despiertas con una resaca del mismo tamaño y el desamor sigue ahí. Qué modernos son los clásicos.

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