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Sentirse fuera de tiempo es una forma, como otra cualquiera, de estar en él.

Así, mientras avanza este decepcionante siglo XXI, me siento retroceder en dirección opuesta. Soy, aunque quisiera evitarlo, más del siglo pasado. He de reconocer que me encuentro más a gusto en él.

Pero al tiempo que cuento esto, ajeno a mis consideraciones y veloz como un rayo que no tuviera un destino claro, ahí va el siglo XXI.

El siglo XX también fue moderno, y encontró en el adjetivo decimonónico la palabra ideal para referirse a todo lo relativo al siglo anterior -esto es, el XIX-, y por extensión, y de manera despectiva, a todo lo que parecía anticuado, falto de vigencia, pasado, en fin, de moda.

Yo era moderno entonces -en el siglo XX, quiero decir. Pero ya no. Ahora me siento, mientras me arrastra -quiera o no quiera- la corriente tan fuerte y tan cambiante de este siglo XXI, realmente anticuado, falto de vigencia, pasado, por fin, de moda.

Aunque no tanto, es cierto, como para llamarme decimonónico. Habría que buscar otra palabra. No sé, tal vez -y aquí la segunda parte de la palabra no significaría perteneciente al siglo XXIX, como etimológicamente debiera, sino que la he tomado por su sentido despectivo de anticuado, etcétera-, tal vez, digo, y sin temor a equivocarnos, se me podría calificar de vigesimonónico.

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