De éxito

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Era un verdadero artista y, sin embargo, alcanzó pronto el éxito.

Tras unos inicios llenos de dudas y temores empezó a comprobar cómo todo lo que hacía era celebrado como lo más original, lo más profundo y lo más disfrutable que había conocido el público en muchas décadas. Era un artista al que la gente adoraba de una manera espontánea y ciega.

Le esperaban ahora los más lujosos hoteles y las más grandes audiencias. Los medios de comunicación amplificaban sin cesar su obra, que llegaba a todos los rincones del mundo.

Daba, incluso, igual lo que hiciera. Tenía el genio del signo de los tiempos en su poder. Y el público se volvía loco con todo lo que hacía. Y no solo con su obra, sino también con su manera de vestir, con sus peinados, con sus declaraciones intempestivas, con su adorable imagen.

Empezó, entonces, a tener dificultades para llevar una vida normal. Continuaba creando, lleno de dudas y temores, aunque presentía, de manera angustiosa y demoledora, que hiciera lo que hiciera, aquello sería recibido por el gran público con un júbilo estruendoso. Estaba tocado por una varita mágica infalible. Y eso le debería aterrar.

Ya no podía salir a la calle sin ser reconocido y asaltado furiosamente por grupos de admiradores. Probó a usar pelucas y gafas oscuras. A menudo temió morir aplastado o trágicamente accidentado en una de sus frenéticas huidas.

Pero el pánico se apoderó definitivamente de él cuando descubrió que en los jardines de su nueva mansión -adquirida gracias a los crecientes y abultadísimos emolumentos que percibía, en proporción creciente y geométrica, por su fenomenal obra artística- empezaron a acampar grupos de admiradores que querían vivir con él, ser como él, formar parte de él, de su vida, de su obra. Horrorizado, llamó a la policía.

Tenía claro que su alma, casi sin querer, la había vendido al diablo del éxito. Cada nueva obra suya era, no solo devorada por el público, sino incorporada, de alguna manera, a la vida cotidiana de la gente, aunque fuera malinterpretada o banalizada, como ocurría tan a menudo. Él no podía evitarlo. Se había convertido en una especie de portavoz de todo aquello que la gente sentía y no sabía expresar.

Todo esto era excesivo y estaba profundamente equivocado. Se sentía tan aclamado como solo. Lo que de verdad sentía era que ya no le quedaba alma.

Así que ahora, empezó a temer por su cuerpo. Debía protegerse para que las hordas de admiradores y fanáticos de su obra -que ponían a sus perros y a sus hijos su nombre- no se abalanzaran sobre él. Ya ocurrió esto alguna vez y llegó a temer por su vida. Sentía la necesidad de escapar de ese éxito inexplicable que, como ya lo había hecho con su alma, le estaba devorando -literalmente- su vida, su cuerpo, su salud.

Pero como era un creador, tenía que seguir creando. Dejar de respirar le hubiera resultado más sencillo. La rueda, pues, seguía girando.

Después de pasar unos meses oculto, decidió salir, con el cuello del abrigo bien subido, a dar una vuelta y sentir el aire de la calle. Pero al rato, ay, fue reconocido por un grupo de fanáticos de su obra que, enardecidos, le rodearon abalanzándose sobre él llenos de felicidad por estar tan cerca de su ídolo, al que preguntaban o le pedían una firma o le obligaban a que se hiciera una foto con ellos.

Algunos empezaron a arrancarle trozos de ropa, incluso mechones de pelo. Cada vez eran más y, paroxísticamente envalentonados, terminaron por derribarlo al suelo.

Definir aquel acto como de antropofagia, tal vez fuera un tanto exagerado, pero cuando la policía pudo dispersar al numerosísimo grupo de admiradores, el cadáver del artista no estaba completo del todo.

El grupo de asaltantes, mientras esperaba en las dependencias policiales a ser conducido a prisión, seguía teniendo el aspecto de un público fiel y entusiasta, pero por fin -y por primera vez- saciado.

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