Poda (3)

monton_de_ceniza

Después de la cosecha queda el olivo golpeado y exhausto. Sabe que después, por si fuera poco, llegan las hachas y las sierras. La poda reduce su copa y las ramas se amontonan para ser quemadas.

Con el tiempo, el árbol volverá a recuperar su fronda, listo ya, entonces, para la nueva cosecha. Pero ahora vivimos el tiempo de la ceniza.

Hay varios montones grises, con aspecto de mínimos volcanes, que nos recuerdan algo triste, algo relacionado con la desaparición de la vida, con su fin, con su futilidad después de todo. Una fina lluvia la ha apelmazado. El viento, después, la terminará por esparcir. Todo es nada y debe ser así.

Cuando tengamos algo más de tiempo cargaremos la ceniza en una carretilla y la distribuiremos con cuidado en torno a los árboles más jóvenes, incluso sobre la incipiente huerta. Esa capa de cenizas los protegerá de las posibles plagas de gusanos y otros bichos, de la odiosa proliferación de hongos. También, dicen, aporta nutrientes al suelo y contribuye, finalmente, a la bondad de la cosecha.

Así que eso de que todo es nada debería habérmelo ahorrado. Aunque termine el viento por llevarse todas esas minúsculas partículas grises que un día ardieron.

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