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Archive for 28 febrero 2016

Nunca y Jamás

two

Nunca y Jamás se conocieron cuando ya no tenían ninguna esperanza de encontrar a nadie de la que pudieran, no ya enamorarse, sino simplemente soportar y tal vez hasta querer.

Su manera, prácticamente idéntica, de ver la vida y de afrontar las cosas, era tan tajante y radical que se sorprendieron al comprobar, tanto Nunca como Jamás, que pudiera haber alguien tan tajante y tan radical como ellos. Así que Nunca quedó tan fascinada por Jamás, como Jamás tan hipnotizado por Nunca. Más que amor a primera vista, fue un amor en el último vistazo.

Y, como no podía ser de otra manera, se juraron amor eterno. Los nunca y los jamases fueron las palabras más repetidas en su primera noche de amor. Nunca nunca pensó que podía ser tan feliz y Jamás jamás llegó a concebir tal grado de dicha. Nunca jamás olvidaría a Jamás y Jamás nunca olvidaría a Nunca. Nunca nunca dejaría de amar a Jamás y Jamás jamás dejaría de amar a Nunca.

Pasó el tiempo y su amor siguió siendo tan absoluto como al principio y tan seguro como pretendían que fuera cuando se llamaban por sus nombres. Pero pasó el tiempo.

Nunca, un buen día, sin saber muy bien por qué, empezó a evitar llamar por su nombre a Jamás. Le llamaba cariño y cosas así, pero nunca Jamás. Tal vez tuviera que ver, además del paso del tiempo, del peso de la rutina y del ansía insatisfecha de inestabilidad, que había conocido a otra persona, imprevisible, inconstante y definitivamente bastante poco fiable. Pensaba a menudo en él y pronunciaba su nombre a escondidas como si fuera un pecado. Se llamaba Acaso.

Lo que nunca podía sospechar ella, Nunca, es que él, Jamás, llevaba bastante tiempo -¿desde cuándo, Dios mío?- poniéndole los cuernos con una hermosa joven, algo casquivana, que se llamaba Tal Vez.

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Atajos

path

Encontraba los caminos largos y aburridos, demasiado previsibles en su trazado. No había otra opción que la de que transitarlos cansinamente, comprobando la abultada elipsis de sus curvas, su respeto reverencial por los obstáculos naturales que esquivaban siempre, sin otra opción que la de rodearlos, su segura falta de riesgo.

Había que ir, inevitable y obligatoriamente, paso a paso. Y eso era algo que le desesperaba. No podías ir más aprisa, caminabas al compás del sol, tan lentamente, sin poder ganarle nunca la partida. Otros caminantes iban y venían siempre con el mismo gesto de aceptación, como de costumbre asumida. Este era el camino para ir, este era el camino para regresar.

No soportaba que fuera así. Quería llegar antes, buscar otras alternativas mejores. Y decidió, en cuanto pudo, salirse de los caminos ya trazados, intentar otras vías no exploradas.

Y buscando los mejores atajos terminó por dar un interminable rodeo.

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Las letras (2)

teclado

Ahí las tenemos. Las letras. Están todas. Simplemente hay que ordenarlas, agruparlas de la manera y en el orden preciso, para después, una vez formadas las palabras requeridas o buscadas, construir las frases que nos posibiliten decir, o pedir, o contar algo, enlazadas unas con otras -las letras, las palabras, las frases- hasta constituir un texto. O algo parecido.

Aquí las tengo todas delante de mí: no son muchas. Ahora se trata de juntarlas, de ordenarlas en el orden preciso para que, una vez convertidas en palabras, y luego en frases, y después en textos, puedan decir, o pedir, o contar algo. Debe ser sencillo.

Tienen un aspecto, las letras, un tanto indefenso y muestran siempre una actitud tan aséptica como escéptica. Pero una vez que empiezas a utilizarlas, a jugar, en definitiva, con ellas, las ves inermes al principio, para sentirlas, de pronto, convertidas en fascinantes, anodinas o terribles herramientas, las palabras, cargadas por fin de sentido.

Con ellas se pueden escribir cartas de amor o sentencias de muerte, declaraciones de guerra o poemas de clara raigambre surrealista, anuncios en los periódicos o plegarias a las distintas vírgenes, breves mensajes en el móvil o leyes orgánicas.

Aunque a menudo, las letras se nos quedan mirando, como si estuvieran esperando, sin mucho entusiasmo, a que empecemos a cogerlas, intercambiarlas y agruparlas, un poco aburridas por haber pasado tanto tiempo inutilizadas. Creo que en el fondo les da igual lo que hagamos con ellas.

Ahora, por ejemplo, he escrito esto de aquí, un tanto tautológica e innecesariamente, pero al menos, sé que, por un ratito, las letras de mi teclado han bailado unas con otras y me han sonreído, bien es cierto que un poco así de medio lado.

Así que las dejo ya, tranquilas, yo diría que bastante indiferentes ante lo que pueda volver a hacer con ellas.

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François_René_de_Chateaubriand

Empecinado defensor de las doctrinas más conservadoras y católico a machamartillo, François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848) es uno de los más decisivos escritores del romanticismo, de lúcida inteligencia y dueño de una prosa llena de arpegios celestiales.

Es muy probable que ese conservadurismo y catolicismo ultramontano, heredado de su condición nobiliaria y fruto de sus propias tendencias personales, se vieran inevitablemente exacerbados por el hecho de que, durante los años del terror revolucionario, su hermano y su cuñada fueran guillotinados, y su madre y una de sus hermanas murieran a causa de los malos tratos recibidos.

Viajero infatigable, impenitente amante de numerosas mujeres a lo largo de su vida, fue diplomático y uno de los políticos más activos de su época, llegando a ocupar los más importantes cargos del estado y a verse también proscrito, obligado a vivir largos años en el exilio.

Su excesiva obra oscila entre su apología El Genio del Cristianismo (1802), que contiene los dos famosos episodios de Atala y René, que le dieron una inopinada fama, y las monumentales Memorias de ultratumba (1845-1850), publicadas tras su muerte.

A pesar de la omnipresente carga conservadora y católica, es el romanticismo quien impregna su obra y lo envuelve todo sobre un trasfondo artificioso de escenarios, con argumentos y personajes arquetípicos.

atala rene

Atala es una novelita exótica -transcurre en Louisiana, a orillas del Mississippi- que tuvo el mérito de dar forma al ideal amoroso de toda una generación: ardiente, excesivo, total, puro, primitivo e inevitablemente imposible. Esto es, ridículo en grado sumo. Tuvo un éxito enorme e instantáneo en toda Europa. Su lectura me ha estado a punto de producir urticaria.

Los atribuladísimos personajes, moderadamente exóticos, pueden hablar de esta manera:

No soy más que un viejo ciervo, encanecido por los inviernos, y mis años rivalizan con los de la corneja. Pues bien, a pesar de los años acumulados sobre mi cabeza, a pesar de mi larga experiencia de la vida, no he encontrado todavía un hombre que no haya sido engañado en sus sueños de felicidad, ni un corazón que no guarde una llaga escondida. El corazón en apariencia más tranquilo, es semejante al pozo natural del valle de Alachún: su superficie aparece sosegada, pero si se mira al fondo de sus aguas, se descubre la sombra de un enorme cocodrilo (…)

En René nos trasladamos a las costas bretonas, y aquí, como no podía ser de otra forma -ya saben, acantilados, tormentas, monasterios, navíos que se alejan…-, el romanticismo se acentúa. Es más breve aún, y por eso la urticaria producida por su lectura, más leve, pero este centenar escaso de páginas son, sin duda, las más decisivas para el desarrollo del romanticismo, que casi como una enfermedad se propagó imparable entre los jóvenes de aquellos años. Esta joven generación lo convirtió en su libro de cabecera.

(Curiosamente, las dos novelitas tienen como tema central, o subyace en ellos dando sentido al argumento, el incesto. Los protagonistas se enamoran perdidamente de almas gemelas. Y es que como si no pudiera ser de otra manera y esas almas gemelas tuvieran que ser, necesariamente, las de dos hermanos. Mucho se ha especulado acerca de la relación del propio Chautebriand con su hermana)

rene

René resume el sentimiento melancólico de la época y es el retrato perfecto del inadaptado social, profundamente desesperado que solo busca -como si eso fuera, no ya algo apetecible, sino ni siquiera algo- un ansia insatisfecha de infinito. Lo que está claro, y tiene que dejarlo claro a cada instante, es que es denodadamente infeliz, y de esa manera, en mitad de una naturaleza desencadenada, posa continuamente para un imaginario cuadro perfecto, terrible y tenebroso en el que la soledad y la melancolía son los temas centrales.

Una inclinación melancólica le arrastraba a lo más intrincado de los bosques, donde pasaba solo días enteros, pareciendo salvaje a los salvajes mismos.

Su duda constante, y su nula voluntad para cambiar, le llevan a la inacción.

Detenido a la entrada de los engañosos caminos de la vida, los examinaba uno tras otro, sin atreverme a pasar adelante.

Pero era una enfermedad de la sociedad de su tiempo. Él mismo lo reconoce.

Los europeos, incesantemente agitados, se ven precisados a construirse soledades. Cuanto más tumultuoso y ardiente es nuestro corazón, tanto más nos atraen la calma y el silencio.

Y René exclama:

¡Ah! ¡Estaba solo, solo en la tierra! Una secreta languidez se apoderaba de mi cuerpo, y el tedio a la vida que me había perseguido desde la niñez, se reproducía con nueva fuerza. Pronto mi corazón dejó de suministrar más alimento a mi cerebro, y no tenía otra conciencia de mi ser que un profundo sentimiento de hastío.

A veces pienso que, aunque han pasado tantos años, seguimos chapoteando y dando coletazos en las poco refrescantes aguas del romanticismo, sin conseguir del todo salir de ellas. Sobre todo cuando lees cosas como las que escribió Chautebriand, allá por 1802, en el Prefacio de René:

Estamos desengañados sin haber gozado; todavía nos quedan deseos, pero no tenemos ya ilusiones. La imaginación es rica, abundante y maravillosa, la existencia pobre, enjuta y desencantada. Vivimos, con un corazón rebosante, en un mundo vacío; y, sin haber probado nada, estamos de vuelta de todo.

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recorte

Si hubiera dejado el texto tal cual, sin más añadidos, sin más explicaciones, sin más preguntas, hubiera quedado todo mucho mejor, pero no he podido evitar -otra vez, un vez más, de nuevo- estropearlo todo. Y he seguido escribiendo.

…si el sol da en el jardín y no entra en casa, ¿por qué no trasladas tu casa al jardín?

La frase, la idea que contiene, es tan sencilla, tan fácilmente entendible, que nos hace ver al instante, como si de una revelación se tratase, lo equivocado que ha sido -y que sigue siendo- nuestra forma de vivir y de afrontar las dificultades diarias que nos presenta nuestra simple existencia cotidiana, y lo sencillo, lo fácil que resultaría cambiar nuestra mísera -y oscura- vida. ¿Por qué no trasladas tu casa, si en ella no luce el sol, al jardín en el que sí lo hace, espléndido?

Un poco así -creo- funcionan los libros de autoayuda, con preguntas simples que se disfrazan de revelación, esto es, de solución mágica. Y ya sabemos que la magia no existe, o al menos, no existe perdurablemente. Suelen ser fugaces fogonazos que suelen pasar, además, inadvertidos.

Y eso si no empezamos a hacernos nosotros mismos nuevas preguntas -también sencillas y fáciles de entender, aunque menos mágicas-, preguntas como ¿qué pasa si mi casa no tiene jardín y el sol solo da en mitad de esa tan horrible como transitada calle que tengo enfrente?, ¿me voy a vivir allí para que me atropelle un coche detrás de otro?, y ¿qué hago si ni siquiera en el jardín da el sol?, ¿y si lo que no soporto es el sol? No sé, podría seguir…

Aunque acaso lo que más comúnmente lleguemos a pensar después de leer la pregunta del recorte -después de unos primeros segundos de revelación, inundados de positividad y de magia, tan fugaz- sea tan solo una respuesta igual de sencilla:

-¿Por qué no trasladas tu casa al jardín?
-Porque no puedo.

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lapiz_318-44836

Sujetaba el lápiz entre los dedos, como si fuera a escribir. Vestía de forma casual, diferenciada, elegante y calculadamente descuidada, como si fuera un autor maldito de una obra ignorada pero reverenciada por la crítica. Su casa estaba invadida de libros, colocados, sin embargo, estratégicamente para interrumpir el paso, y las lámparas de pie diluían una luz ambarina y delicada que parecía pedir excusas por interferir en la abnegada tarea  de escribir a la que se veía impelido su solitario habitante. Hablaba con una cadencia enigmática, cargada de falsa humildad, con un ligero y estudiado tartamudeo, como si ocultara saberes e historias que no merecían, en aquel momento, ante aquella gente, ser expuestas y contadas. Pero aun así… Permanecía también en silencio mirando al vacío o a una lejanía solo percibida por los espíritus más elevados, ignorando el intrascendente bullicio que le rodeaba. Le repugnaban los elogios que, sin embargo, mendigaba a cada instante. Esquivaba la posibilidad de ser fotografiado y, sin embargo, siempre aparecía en las fotografías como si estuviera posando para una eternidad literaria de ceño levemente fruncido y mirada intensa. Apoyaba el mentón sobre el puño a medio cerrar unas veces, y otras lo hacía, mentón y mejilla, sobre la mano extendida. Caminaba por bosques o parques solitarios como si estuviera pensando en su obra en marcha o buscara una esquiva inspiración que descendiera, envolviéndole, de la luz que atravesaba la fronda de los árboles. Bebía alcohol sin mezclar como si quisiera huir de una realidad tan prosaica y espantar así, de paso, las figuradas amarguras de una vida interior pretendidamente torturada y excelsa. Declinaba invitaciones como si fuera un solitario al que no hubiera que molestar con esas absurdas y banales citas sociales. Hablaba de sí mismo en tercera persona y de su obra como de la obra. Se dejaba crecer el pelo algo más de la cuenta y lo cuidaba con esmero como si fuera un síntoma más -esta vez indiscutible- de su rebeldía espiritual, de su oposición a cualquier tipo de convencionalismo, de su genio, en definitiva, para las letras. Pasaba noches en vela, a la luz tenue de una lámpara, rodeado de libros y delante del escritorio como si estuviera enfrascado en la colosal tarea de sacar adelante una impublicable tetralogía. Sujetaba el lápiz entre los dedos, como si ya la hubiera escrito.

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No culpable

culpable

A pesar de que no era culpable, prefirió destruir las pruebas.

Fue entonces cuando empezaron a sospechar de él. Nadie se dedica, con una minuciosidad tal, a hacer que desaparezca cualquier rastro de lo que hizo, de los lugares en donde estuvo, de con quién hablo, si no tiene algo que ocultar.

Pero él, que nada tenía que ver con el asunto, tal vez por un miedo infundado a que le confundieran con otra persona o apareciera algo, cualquier cosa, que le pudiera, aunque fuera por error, incriminar, se empeñó denodadamente en borrar todos los rastros y en hacer desaparecer cualquier atisbo de relación con todas las cosas o lugares con los que tuvo contacto en las últimas semanas y que fuera susceptible de ser confundida con una posible prueba incriminatoria.

Nunca, en un principio, sospecharon de él. Pruebas, verdaderamente, no las había, pero una ausencia tan absoluta de ellas llevó a los investigadores a sospechar finalmente.

Fue entonces cuando comprobaron con asombro y desconcierto que, aunque no había una sola prueba en su contra -simplemente porque no las podía haber-, todas sus actuaciones, todo lo que hizo en estas últimas semanas, no eran más que una concatenación minuciosa de hechos destinados a eliminar, a borrar, a hacer que desaparecieran todas esas actuaciones y todos esos hechos, hasta los más nimios, que realmente sucedieron en su vida en esas últimas semanas. Y nadie se empeña en ello de tal manera si no es culpable.

Luego, cuando era tarde, los investigadores del caso comprobaron que llevaba haciéndolo toda la vida.

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