Intervalos

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Los intervalos son vitales. Nadie -ni nada- puede vivir sin interrupción, sin pequeñas interrupciones. Necesitamos los intervalos. Así respiramos. Y de esa manera también late nuestro corazón. La vida es lo que ocurre entre una sístole y una diástole, entre una inspiración y una espiración. Sin intervalos todo se colapsaría.

Pero lo más importante es que esos intervalos sean lo más armónicos posibles. Y aquí empiezan los problemas. Todo es cuestión de ritmo y espacio. El ritmo tiende a acelerarse y los espacios tienden a reducirse, produciendo ambas cosas cierto agobio y bastante angustia.

Cuando logramos, no sin años de esfuerzo y dedicación, que esto no suceda -o suceda menos-, nos encontramos con un nuevo impedimento: no conseguimos acompasar nuestros intervalos -ahora más pausados- con los de quienes nos rodean. Es como si se interfirieran sin remedio, viéndose, así, definitivamente alterados. Resulta complicado conseguir preservar nuestros intervalos, casi tanto como evitar alterar nosotros los de los demás.

Pero los necesitamos.

También suele ocurrir que, una vez conseguidos y preservados, lleguemos a caer en el riesgo grande de -una vez desacelerados los ritmos y ampliados los espacios- dejar que crezcan, que se dilaten, que el espacio entre uno y otro sea tan grande, que un buen día seamos absorbidos por uno de ellos, como si fuéramos engullidos por un agujero negro, y nos quedemos para siempre a vivir en el agradable y desesperante interior de un intervalo.

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