Todo en orden está

Juan Meléndez Valdés

Iba a comenzar a escribir sobre este poeta de la ilustración española cuando he oído de inmediato cómo chirriaban los goznes de la puerta del posible interés y cómo salían corriendo despavoridos -poesía, de la ilustración y además de la ilustración española- los improbables y escasos lectores.

Hablar de poemas de finales del XVIII y principios del XIX de estructura neoclásica y aliento reformista, y de carácter filosófico y moral, no parece, ni por asomo, una buena idea. Dan ganas de apagar e irse. Pero en fin, este quaderno tiene estas cosas. Así que, aunque no haga otra cosa, no me quejo. Y sigo.

Juan Meléndez Valdés murió de una apoplejía el 24 de mayo de 1817 en el exilio. Fue catedrático de la Universidad de Salamanca y Fiscal, además de poeta, dramaturgo y ensayista. También llegó a ocupar cargos en el gobierno desde los que intentó llevar a la práctica sus ideas ilustradas y reformistas que ayudaran a sacar a España de su secular y empecinado atraso. Fue esto lo que le costó el exilio final en Francia, del que no regresó.

De la misma forma que su vida se vio zarandeada a causa del absolutismo monárquico y las fuerzas reacias a cualquier cambio, su obra participa de varias tendencias que van desde un inicial y efímero estilo anacreóntico y rococó, a las más firmes ideas ilustradas y un acendrado neoclasicismo en el estilo, para dejar atisbar, finalmente, los primeros rasgos de un incipiente romanticismo.

(Sigue chirriando con un estruendo ya insoportable esa puerta del posible interés que no acaba de abrirse del todo. Pero prosigamos).

Juan Meléndez Valdés 1

Además, de su obra poética, decidí leer solo sus poemas filosóficos y morales: odas, elegías y discursos. Aquí, a pesar de su evidente falta de aliento verdaderamente poético -pero ¿qué es realmente eso?-, se deja ver, al menos, una nueva visión del mundo que deja atrás las decadentes y vacías barroquidades de un pasado demasiado largo y demasiado reciente.

Solo la lectura de los títulos -tiernos, ingenuos, casi ridículos- nos da una idea bastante aproximada de las inquietudes del -vamos a llamarlo- poeta. Son Odas como “El invierno es el tiempo de la meditación”, “Al ser incomprensible de Dios”, “La noche y la soledad”, “Prosperidad aparente de los malos”, “Afectos y deseos de un español al volver a su patria”, “La meditación”,… O Elegías y Discursos como “El deleite y la virtud”, “Mis combates”, “El hombre fue criado para la virtud y solo halla su felicidad en practicarla”, “Orden del universo y cadena admirable de sus seres”,…

Bien mirado, no están tan mal.

Juan Meléndez Valdés 2

Así que he copiado, para terminar -y me temo que sin abrir ya la maldita puerta del interés-, algunos versos como éstos, en los que habla de las estrellas:

¿Cuál es vuestro ser? ¿En dónde
arde la inexhausta mina
que os inflama? ¿Qué es un fuego
que los siglos no amortiguan?
¿Sois los soles de otras tierras,
do en más plácida armonía
que aquí, sus débiles hijos
viven sin odios ni envidias?

A pesar de ser Meléndez Valdés un poeta de la razón y de las reformas, también nos habla de su vida y sus sentimientos:

Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo,
todo enciende mi mal, todo alimenta
mi furor en su ciego devaneo. 

En uno de sus últimos poemas escribe:

Todo en orden está; sólo tu pecho
trastornarlo sacrílego porfía,
cuando una fragua de pasiones hecho,
anhela, teme, espera, desconfía.
(…)
Del deseo al dolor, de otro deseo
a otro nuevo dolor sin cesar veo
correr al hombre triste,
sin que de tanto error, de tanto daño
le corrija jamás un desengaño.

Estos  otros que pertenecen a su elegía “Mis combates”:

La razón huye tímida y medrosa;
síguela el sentimiento denodado,
y cual hambriento lobo, así la acosa.

Y acabo ya:

¿Do están los años de la edad florida?
¿dónde el reír? ¿el embeleso insano
de los placeres? ¡Ilusión mentida!
Todo pasó: la asoladora mano
del tiempo en el abismo de la nada
lo despeñó con ímpetu inhumano.

(Bueno, cierro ya la puerta para deje de chirriar)

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2 comentarios sobre “Todo en orden está

    1. Me he acordado ahora -al ver tu comentario (gracias)- de la vieja canción de Atahualpa Yupanqui:
      Porque no engraso los ejes
      Me llaman abandonao …
      Si a mí me gusta que suenen,
      ¿Pa qué los quiero engrasaos ?

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