Escritor, escritores

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Sujetaba el lápiz entre los dedos, como si fuera a escribir. Vestía de forma casual, diferenciada, elegante y calculadamente descuidada, como si fuera un autor maldito de una obra ignorada pero reverenciada por la crítica. Su casa estaba invadida de libros, colocados, sin embargo, estratégicamente para interrumpir el paso, y las lámparas de pie diluían una luz ambarina y delicada que parecía pedir excusas por interferir en la abnegada tarea  de escribir a la que se veía impelido su solitario habitante. Hablaba con una cadencia enigmática, cargada de falsa humildad, con un ligero y estudiado tartamudeo, como si ocultara saberes e historias que no merecían, en aquel momento, ante aquella gente, ser expuestas y contadas. Pero aun así… Permanecía también en silencio mirando al vacío o a una lejanía solo percibida por los espíritus más elevados, ignorando el intrascendente bullicio que le rodeaba. Le repugnaban los elogios que, sin embargo, mendigaba a cada instante. Esquivaba la posibilidad de ser fotografiado y, sin embargo, siempre aparecía en las fotografías como si estuviera posando para una eternidad literaria de ceño levemente fruncido y mirada intensa. Apoyaba el mentón sobre el puño a medio cerrar unas veces, y otras lo hacía, mentón y mejilla, sobre la mano extendida. Caminaba por bosques o parques solitarios como si estuviera pensando en su obra en marcha o buscara una esquiva inspiración que descendiera, envolviéndole, de la luz que atravesaba la fronda de los árboles. Bebía alcohol sin mezclar como si quisiera huir de una realidad tan prosaica y espantar así, de paso, las figuradas amarguras de una vida interior pretendidamente torturada y excelsa. Declinaba invitaciones como si fuera un solitario al que no hubiera que molestar con esas absurdas y banales citas sociales. Hablaba de sí mismo en tercera persona y de su obra como de la obra. Se dejaba crecer el pelo algo más de la cuenta y lo cuidaba con esmero como si fuera un síntoma más -esta vez indiscutible- de su rebeldía espiritual, de su oposición a cualquier tipo de convencionalismo, de su genio, en definitiva, para las letras. Pasaba noches en vela, a la luz tenue de una lámpara, rodeado de libros y delante del escritorio como si estuviera enfrascado en la colosal tarea de sacar adelante una impublicable tetralogía. Sujetaba el lápiz entre los dedos, como si ya la hubiera escrito.

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