Precisados a construirnos soledades

François_René_de_Chateaubriand

Empecinado defensor de las doctrinas más conservadoras y católico a machamartillo, François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848) es uno de los más decisivos escritores del romanticismo, de lúcida inteligencia y dueño de una prosa llena de arpegios celestiales.

Es muy probable que ese conservadurismo y catolicismo ultramontano, heredado de su condición nobiliaria y fruto de sus propias tendencias personales, se vieran inevitablemente exacerbados por el hecho de que, durante los años del terror revolucionario, su hermano y su cuñada fueran guillotinados, y su madre y una de sus hermanas murieran a causa de los malos tratos recibidos.

Viajero infatigable, impenitente amante de numerosas mujeres a lo largo de su vida, fue diplomático y uno de los políticos más activos de su época, llegando a ocupar los más importantes cargos del estado y a verse también proscrito, obligado a vivir largos años en el exilio.

Su excesiva obra oscila entre su apología El Genio del Cristianismo (1802), que contiene los dos famosos episodios de Atala y René, que le dieron una inopinada fama, y las monumentales Memorias de ultratumba (1845-1850), publicadas tras su muerte.

A pesar de la omnipresente carga conservadora y católica, es el romanticismo quien impregna su obra y lo envuelve todo sobre un trasfondo artificioso de escenarios, con argumentos y personajes arquetípicos.

atala rene

Atala es una novelita exótica -transcurre en Louisiana, a orillas del Mississippi- que tuvo el mérito de dar forma al ideal amoroso de toda una generación: ardiente, excesivo, total, puro, primitivo e inevitablemente imposible. Esto es, ridículo en grado sumo. Tuvo un éxito enorme e instantáneo en toda Europa. Su lectura me ha estado a punto de producir urticaria.

Los atribuladísimos personajes, moderadamente exóticos, pueden hablar de esta manera:

No soy más que un viejo ciervo, encanecido por los inviernos, y mis años rivalizan con los de la corneja. Pues bien, a pesar de los años acumulados sobre mi cabeza, a pesar de mi larga experiencia de la vida, no he encontrado todavía un hombre que no haya sido engañado en sus sueños de felicidad, ni un corazón que no guarde una llaga escondida. El corazón en apariencia más tranquilo, es semejante al pozo natural del valle de Alachún: su superficie aparece sosegada, pero si se mira al fondo de sus aguas, se descubre la sombra de un enorme cocodrilo (…)

En René nos trasladamos a las costas bretonas, y aquí, como no podía ser de otra forma -ya saben, acantilados, tormentas, monasterios, navíos que se alejan…-, el romanticismo se acentúa. Es más breve aún, y por eso la urticaria producida por su lectura, más leve, pero este centenar escaso de páginas son, sin duda, las más decisivas para el desarrollo del romanticismo, que casi como una enfermedad se propagó imparable entre los jóvenes de aquellos años. Esta joven generación lo convirtió en su libro de cabecera.

(Curiosamente, las dos novelitas tienen como tema central, o subyace en ellos dando sentido al argumento, el incesto. Los protagonistas se enamoran perdidamente de almas gemelas. Y es que como si no pudiera ser de otra manera y esas almas gemelas tuvieran que ser, necesariamente, las de dos hermanos. Mucho se ha especulado acerca de la relación del propio Chautebriand con su hermana)

rene

René resume el sentimiento melancólico de la época y es el retrato perfecto del inadaptado social, profundamente desesperado que solo busca -como si eso fuera, no ya algo apetecible, sino ni siquiera algo- un ansia insatisfecha de infinito. Lo que está claro, y tiene que dejarlo claro a cada instante, es que es denodadamente infeliz, y de esa manera, en mitad de una naturaleza desencadenada, posa continuamente para un imaginario cuadro perfecto, terrible y tenebroso en el que la soledad y la melancolía son los temas centrales.

Una inclinación melancólica le arrastraba a lo más intrincado de los bosques, donde pasaba solo días enteros, pareciendo salvaje a los salvajes mismos.

Su duda constante, y su nula voluntad para cambiar, le llevan a la inacción.

Detenido a la entrada de los engañosos caminos de la vida, los examinaba uno tras otro, sin atreverme a pasar adelante.

Pero era una enfermedad de la sociedad de su tiempo. Él mismo lo reconoce.

Los europeos, incesantemente agitados, se ven precisados a construirse soledades. Cuanto más tumultuoso y ardiente es nuestro corazón, tanto más nos atraen la calma y el silencio.

Y René exclama:

¡Ah! ¡Estaba solo, solo en la tierra! Una secreta languidez se apoderaba de mi cuerpo, y el tedio a la vida que me había perseguido desde la niñez, se reproducía con nueva fuerza. Pronto mi corazón dejó de suministrar más alimento a mi cerebro, y no tenía otra conciencia de mi ser que un profundo sentimiento de hastío.

A veces pienso que, aunque han pasado tantos años, seguimos chapoteando y dando coletazos en las poco refrescantes aguas del romanticismo, sin conseguir del todo salir de ellas. Sobre todo cuando lees cosas como las que escribió Chautebriand, allá por 1802, en el Prefacio de René:

Estamos desengañados sin haber gozado; todavía nos quedan deseos, pero no tenemos ya ilusiones. La imaginación es rica, abundante y maravillosa, la existencia pobre, enjuta y desencantada. Vivimos, con un corazón rebosante, en un mundo vacío; y, sin haber probado nada, estamos de vuelta de todo.

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