Malva, azulón, morado, lila, añil

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Tal vez por eso tengan estas plantas esa altura, la altura de los niños. Así, entonces, podíamos acceder sin problemas, tan cómodamente, sin tener siquiera que agacharnos, a sus flores malvas.

Era ahora por primavera cuando las empezábamos a reconocer, como si, de un día para otro, entre el resto de las otras flores y de la hierba crecida, hubieran venido de un largo viaje -el largo viaje del invierno- a visitarnos de nuevo.

Las distinguíamos porque eran para nosotros -casi- comestibles. Una vez separada la flor con cuidado, se podía succionar en su base. Probábamos varias hasta que nos aburríamos de ellas. Eran dulces y gratis.

Ahora ni siquiera me he atrevido a probarlas de nuevo.

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Ni siquiera al principio

No soy muy de conmemorar nada, y mucho menos un número. Nunca he entendido esa excitación ante los cumpleaños, que he procurado durante toda mi vida, aunque con poco éxito, evitar.

Pero cuando se está escribiendo en un medio como éste, es imposible ignorar tal avalancha de información pormenorizada. No solo está todo absolutamente controlado, sino que te lo recuerdan a cada instante. El número de entradas que llevas, distribuidas en días, meses, semanas, años, incluso por horas; el número de comentarios, los comentaristas que más comentan, la cantidad de los me gusta, los que decidieron -un poco a la ligera- hacerse seguidores… Las visitas diarias y los países de donde proceden… Y luego lo muestran todo en unas absurdas estadísticas reflejadas en unos gráficos muy aparentes.

Cada vez que entras en un medio como éste a publicar algo -el porqué es otra historia- te asaltan todos estos números, no sé si para que te sientas orgulloso de ellos o para deprimirte aún más. Números, cantidades, valoraciones, gráficos, metas conseguidas… Supongo que habrá gente que disfrute con todo esto.

Nadie te dice el número de inspiraciones -y espiraciones- que debes hacer cada minuto para seguir vivo.

Hoy ha salido una especie de copa -como si me dieran un premio- conmemorando que, tal día como hoy, solo que hace cinco años, publiqué mi primera entrada en este bloj. No sé. Cinco años son muchos, he pensado. Incluso suficientes.

Hago el esfuerzo por recordar lo que me pasaba entonces por la cabeza cuando me decidí a empezar a escribir. Ni siquiera al principio parecía una buena idea.

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Geórgica

encina

una navaja limpia la corteza de una rama partida mientras el ganado rumia
hierba fresca o restos más secos bajo la mirada distraída de los siglos
las nubes pasan
el pastor mueve la mano sin delicadeza
y la madera le va mostrando sus vetas
observa el ganado de soslayo sentado sobre una piedra
como si estuviera escuchando el ruido que hacen las nubes al pasar

el tiempo ha de medirse obligatoriamente en siglos
bajo la alta respiración de las encinas

Suerte

herradura

No es tan malo el que te deseen suerte -buena, se sobreentiende-, como tenerla de verdad.

A menudo, y a las pruebas -extraordinariamente abundantes- me remito, esa buena suerte tan deseada acaba convertida en un absoluto desastre tan distinto de lo que imaginábamos, cuando no, en una interminable y angustiosa condena.

Porque si la mala suerte es incontrovertible -su nitidez y empecinamiento no dejan lugar a dudas-, la buena suerte muchas veces solo tiene de buena el adjetivo. Parece que ha de llevar implícita una notable carga de lágrimas derramadas en secreto y una inacabable serie de sonrisas forzadas, mostradas en público sempiterna y brillantemente. No he conocido tipos menos interesantes, más banales y, a un tiempo, más secretamente desesperados que los tipos con suerte.

Buena, se sobreentiende.

Así que siempre he mirado con cierta aprensión a las personas que me desean suerte. Aunque sé que no es más que un deseo cortés -y supongo que bienintencionado- y que, al final, y esto es lo más importante, no van a acertar.

Creo que afortunadamente.

Macro

macro

Al principio las fotografías estaban llenas de personas, de caras que sonreían y de grupos que se afanaban por no quedar fuera del encuadre. No se concebían de otra manera que la de dar fe de nuestra existencia y de los lugares a los que viajábamos. En las fotos de la cada vez más lejana juventud solo hay fotos de personas, fotos de nosotros, fotos de gente delante de monumentos o paisajes.

Esa gente, al cabo, empezó a desaparecer de los encuadres, que iban quedando desiertos. Entonces no eran ya las personas quienes nos atraían de manera recurrente. Ahora eran los paisajes, los lugares -y cierta pretensión artística- quienes ocupaban nuestras fotografías. Amplios horizontes abiertos, árboles, efectos de luz o inevitables pueblos pintorescos. Si de vez en cuando aparecía alguien, era tan solo una figura levemente melancólica que ya no reía abiertamente, sino que, tan solo, y en armonía con el entorno, sonreía un poco.

Pero más tarde, también empezaron a desaparecer los maravillosos paisajes y los monumentos contrapicados. Ahora debo estar en ese periodo posterior en el que, a pesar de estar inmerso en impresionantes entornos naturales o urbanos, si alguna vez me acompaña la cámara, aplico su foco sobre lo más pequeño, lo inadvertido, lo minúsculo. Es ahora un universo nuevo y prodigioso, tan lejos de la gente y de los grandes paisajes, el que tengo tan cerca y por el que tengo que andar con mucho cuidado si no quiero pisarlo.

Duelo

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Se quitó el guante y, sujetándolo por un extremo, le cruzó con él la mejilla. El hecho de que lo hiciera en público no fue decisivo para que la afrenta fuera insoportable. La flojedad del guante vacío fue peor que el más certero golpe. Como no podía ser de otra manera, con sus respectivos padrinos, se citaron al día siguiente al amanecer en la colina de los chopos.

Y fue ese día, de un húmedo frío y una débil niebla, en el que el Amor habría de batirse en duelo con la Soledad. Llevaban tanto tiempo enfrentados que aquella primera luz de la mañana fue para los dos una liberación. Sujetaban sus armas con un temblor casi de felicidad. Los árboles movían apenas las ramas. Caminaron, mientras pisaban las hojas y las ramitas secas, hasta situarse cada uno en el lugar -y a la distancia- correspondiente.

Cuando llegó el momento fatídico, sonaron dos disparos. Unas urracas volaron despavoridas mientras las dos figuras separadas por unos metros caían al unísono, de manera muy parecida, sobre esas hojas y esas ramitas secas.

Los padrinos comprobaron después cómo el Amor descerrajó un certero disparo a la Soledad en la cabeza, mientras que ésta, con un solo tiro, le destrozó el corazón al Amor. Eran ambos unos expertos tiradores.

Ese día, a pesar de este incidente, terminó por amanecer como si fuera cualquier otro día. Y las urracas volvieron a los chopos.

Diagnóstico

Fonendoscopio

Llevaba unos días raro. Apenas hablaba y, aunque nunca había sido la alegría de la huerta, ahora se mostraba menos comunicativo aún. Sonreía con desgana para que le dejaran en paz. Así que decidí llevarle al médico. No es muy amigo de ellos y no sé muy bien cómo logré convencerle. Creo que le daba igual.

Al preguntarnos el médico por los síntomas, me di cuenta de que, en realidad, no le pasaba nada. O mejor dicho, nada en concreto. Le comenté, por decirle algo, que llevaba unos días, él, que aunque siempre había sido de poco espíritu y escaso de energía, especialmente débil, fatigado, incluso más delgado y con peor color, como si se le estuviera escapando el poco vigor que tenía.

El médico se limitó a decirnos que se tenía que hacer un análisis.

Si fuera una persona, sería sencillo hacérselo y, luego, esperar los resultados. Según fueran éstos, ya se podría ver qué hacer y qué tomar. Pero como se trataba de un blog -y además, de los de peor especie, de un blog personal- todo resultaba más complicado. No creo que haya tratamiento específico. Tal vez dejar pasar el tiempo.

Cuando él había salido de la consulta, el médico me comentó en voz baja que no le pasaba nada, que simplemente estaba languideciendo.