Esta mañana

grajos

Esta mañana me ha despertado el graznido de un grajo. Debía estar posado en uno de los grandes árboles que hay enfrente de mi ventana. A pesar del cielo nuboso, amanecía, y una claridad sucia se abría paso. El grajo graznó durante unos minutos, insistente y sin prisa. Fue, a pesar de su pobre canto, monótono y ronco, agradable despertarse así, oyendo a ese pájaro posado en una rama, como si dijera: “¡Eh, eh! Aquí tienes un nuevo día”. Decidí quedarme despierto en la cama oyéndole. Cuando dejó de graznar, me levanté.

¿Hubiera preferido el canto más adecuado -y marcial- del gallo o el zureo -un tanto zalamero y cargante- de la paloma? ¿Hubiera sido más agradable que fueran los trinos y trémolos de unos simples gorriones o, incluso, de unos más expertos jilgueros quienes me sacaran del sueño?

No sé. Estuvo bien. Me gustó que fuera un grajo.

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