En las redes

red

Cuando un pescador suelta las redes en el mar para luego arrastrarlas o cuando un furtivo las coloca inadvertidamente entre dos árboles para capturar pájaros, conocen de sobra las características, función y modo de empleo de las mismas. Las redes están fabricadas precisamente -y de manera precisa- para atrapar. Su minucioso tejido de mallas debe ser lo suficientemente ligero y lo suficientemente resistente. Las redes, entonces, pescan, cazan, sujetan, cercan, atrapan, enredan. No destrozan ni matan, simplemente privan de libertad a quien cae en ellas, que queda a merced de quien las tendió.

Cuando queremos captar la atención de alguien -no digo que sea siempre, necesariamente, para engañarle- tejemos una red. Como si quisiéramos tenerlo en nuestra mano. Pero demasiado bien sabemos que nuestras redes, o son demasiado frágiles y apenas con un ligero movimiento, la deseada presa la rompe, pudiendo desasirse sin mayor problema y escapar sin mayor esfuerzo, o están tan llenas de agujeros -esto es, de agujeros tan grandes- que ni siquiera puede ser considerada como tal. Y sin embargo las seguimos, con más pena que gloria, tejiendo. Por si cae alguien y decide no moverse mucho.

Aunque nosotros mismos estemos ya atrapados, no ya en una, sino en múltiples redes. Está todo lleno de ellas. Es imposible dar un paso, hacer nada, sin quedar literalmente enredados. Cada vez hay más y, según parece o nos hacen ver, nos ayudan a vivir o a estar menos solos. Así que solemos caer en ellas con premeditación y deleite, con una natural ineludibilidad. Estar conectado -estar en una red o en muchas redes– es tan necesario e inevitable -es más, no se concibe ahora la vida de otra manera- que resulta imposible permanecer ajeno a ellas.

Pienso en los peces que no tuvieron la suerte de enredarse, de ser atrapados, como la mayoría de sus congéneres, en las extensas y resistentes redes que lanzó el pescador. Nadan solitarios, plateados, perdidos ahora en la inmensidad del océano, sin saber muy bien por dónde.

Pienso en los pájaros que esquivaron la oculta red del furtivo. La red, que ondeaba sugerente, capturó a buena parte de la bandada, prácticamente a todos. Cuanto más movían sus alas, más se enredaban. Pero hubo algunos a los que el brillo de la red al sol, en el último momento, les alertó y giraron, raudos, en dirección contraria, tan ingratos, tan irreductibles. Huían sin saber porqué, definitivamente perdidos, creyendo que nunca volarán tan alto como para escapar la próxima vez.

Entonces, aquello de la libertad debía ser una ficción.

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