Macro

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Al principio las fotografías estaban llenas de personas, de caras que sonreían y de grupos que se afanaban por no quedar fuera del encuadre. No se concebían de otra manera que la de dar fe de nuestra existencia y de los lugares a los que viajábamos. En las fotos de la cada vez más lejana juventud solo hay fotos de personas, fotos de nosotros, fotos de gente delante de monumentos o paisajes.

Esa gente, al cabo, empezó a desaparecer de los encuadres, que iban quedando desiertos. Entonces no eran ya las personas quienes nos atraían de manera recurrente. Ahora eran los paisajes, los lugares -y cierta pretensión artística- quienes ocupaban nuestras fotografías. Amplios horizontes abiertos, árboles, efectos de luz o inevitables pueblos pintorescos. Si de vez en cuando aparecía alguien, era tan solo una figura levemente melancólica que ya no reía abiertamente, sino que, tan solo, y en armonía con el entorno, sonreía un poco.

Pero más tarde, también empezaron a desaparecer los maravillosos paisajes y los monumentos contrapicados. Ahora debo estar en ese periodo posterior en el que, a pesar de estar inmerso en impresionantes entornos naturales o urbanos, si alguna vez me acompaña la cámara, aplico su foco sobre lo más pequeño, lo inadvertido, lo minúsculo. Es ahora un universo nuevo y prodigioso, tan lejos de la gente y de los grandes paisajes, el que tengo tan cerca y por el que tengo que andar con mucho cuidado si no quiero pisarlo.

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