Adán y Eva

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Adán nunca estuvo enamorado de Eva. Fue el suyo un matrimonio de conveniencia, aunque tampoco había entonces mucho donde elegir. Si bien es cierto que con el tiempo se fueron cogiendo cariño. Los problemas que les empezaron a dar los hijos, en lugar de distanciarles, les unieron definitivamente. De un golpe como el que sufrieron con la muerte de Abel a manos de su propio hermano, es imposible recuperarse. Algo tan terrible acaba con la vida -aunque sigan viviendo- de los padres. Adán empezó a abandonarse y Eva encontró cierto sentido a su vida en cuidarle. Solo cuando se iba a poner el sol, Eva se alejaba y se sentaba en un cerro que había cerca de su casa a llorar hasta que se hacía de noche. Entonces regresaba y cenaban algo juntos. De Caín no volvieron a saber nada y su vida se limitaba a envejecer despacio intentando olvidar. De vez en cuando recordaban los años lejanos en que eran jóvenes, antes de que tuvieran a los niños. Para Adán, cuando vio por primera vez a Eva, fue como si viera por primera vez a una mujer, de la misma manera que para Eva, cuando vio por primera vez a Adán, fue como si viera por primera vez a un hombre. Luego vinieron las tentaciones no resistidas y la expulsión definitiva de esos años dorados de su juventud, vinieron los reproches y los hijos. Pasó el tiempo y pasaron cosas buenas y cosas terribles. Ahora, mientras cenaban, aunque hablaban poco, se acordaban de todo aquello, y en una cosa sí que estaban de acuerdo, que en el paraíso hubieran estado mejor.

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