Nido (2)

nido

De repente, con la torpeza que me caracteriza, me vi metido de bruces en una intrincada zona llena de matorral y maleza. Me topé, entonces, con este nido, situado, más o menos, a un metro de altura sobre el suelo, convenientemente escondido entre un laberinto de ramas y arbustos. Un pájaro negro -creo que era un mirlo- me miró con su ojo exacto, diminuto y perfecto, brillante, como si me recriminara algo. Me miró el tiempo justo -apenas un segundo- para salir volando con rapidez. Tal vez aterrorizado y pensando en quién era el que se atrevía a perturbar la inestable paz de su redonda y espinosa casa, en la que quedaban, ahora expuestos, verdaderamente inermes, sus huevos.

No me dio tiempo -como me ha ocurrido otras tantas veces- a pedir perdón. Miré dentro del nido y volví sobre mis pasos, procurando dejarlo todo como estaba -como si eso, para el hombre, fuera posible. Quise alejarme sin hacer ruido, sin molestar más, deseando que volviera de nuevo -y cuanto antes- ese pájaro que se tuvo que ir tan precipitadamente y al que no le quedó más remedio que abandonar su redonda y espinosa casa por la inoportuna presencia de una figura demasiado grande y bastante inexplicable.

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