Comparativa (22)

lavandera

como condenar a Matusalén a cadena perpetua
como una doble vida vivida por la mitad
como una nave espacial encerrada en un garaje
como una manzana en tiempos anteriores a Newton
como un erudito rellenando una quiniela
como oír llover a altas horas de la madrugada
como un vaso de agua vacío debajo de un grifo cerrado
como una costurera descorriendo los visillos para dejar entrar la última luz de la tarde
como una mariposa en un huracán

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Al batyr del ala del primer gallo

siervo libre de amor 1

No conviene idealizar nada. Y mucho menos, esas excursiones literarias a siglos lejanos en las que, de vez en cuando, me pierdo intentando evadirme de una realidad demasiado prosaica y conocida. En este caso he metido la pata hasta el corvejón. El único consuelo ha sido el de su brevedad.

Los eruditos consideran el “Siervo Libre de Amor”, publicada en 1439 -esto es, lo suficientemente lejos para marcharse de excursión con ciertas ilusiones y expectativas, tan pronto, en cambio, defraudadas-, como un artefacto literario que podría ser tenido como la primera novela sentimental en castellano.

Las novelas de caballerías empezaban a aburrir -solo las debían leer ya tipos como Alonso Quijano- y surgían, como una nueva moda, las aventuras sentimentales. Estos libros tienen siempre un argumento similar e idealizado y un final convenientemente trágico. El desenlace ha de ser funesto, ocasionado, de manera inevitable, por el choque irreductible de la pasión amorosa con las convenciones sociales. Los amantes quedan siempre espachurrados. El código del honor los condena a una muerte novelesca, teatral, icónica, pero real.

El autor de ésta obrita, Juan Rodríguez del Padrón, lugar donde nació, -o de la Cámara-, paje en la corte de Juan II que termina sus días como fraile, después de marchar a Jerusalén, como novelista deja bastante que desear.

Dirán lo que digan los eruditos, pero su prosa, que intenta reproducir la sintaxis del latín, tiene un asfixiante trasfondo teológico y filosófico medieval, está llena de enigmas y alegorías, de juegos conceptistas sin ninguna gracia, y recurre a un constante uso de la elipsis, que la hacen del todo insoportable. Leerla con una mínima continuidad resulta un castigo.

siervo libre de amor 2

La obrita será la primera y fundacional de todo un género, pero no vale un pimiento de los que tan generosamente se crían en su tierra.

En una epístola que escribe a un amigo explicándole su mal de amores -bajo la forma, tan culta y tan poco directa, de alegoría- incluye la Estoria de dos amadores.

Ardanlier y Liesa se enamoran perdidamente y, para evitar los constantes e insuperables obstáculos que, a todas horas, se encuentran, deciden huir, marchar lejos. Él se gana la vida como el más valiente caballero, admiración de damas y de reyes y envidia de otros, menos diestros, caballeros.

Hasta que regresan ante el rey Creos, padre de Ardanlier. Éste desaparece cuando está de cacería y todo parece indicar que ha muerto. Lleno de ira, el rey Creos culpa a Liesa -embarazada- de la muerte de su hijo muy querido. Con su propia mano, le da muerte. Cuando Ardanlier aparece y se entera de todo lo ocurrido, muere de pena y desesperación.

A su sepulcro -en el que ambos están enterrados juntos- acuden desde entonces todos los leales amadores a dar fe del suyo, en una ceremonia tan ridícula como levemente sacrílega.

Pero prefiero recordar aquí el pasaje inicial de la primera -y más hermosa- fuga de estos dos incautos:

E las fuerças del temor acrecentava en los coraçones de aquellos las grandes furias del amor, de tal son, quel gentil infante, ardiendo en fuego venéreo, que más no podía durar el desseo, por secreto y fiel tratado que al batyr del ala del primer gallo, pregonero del día, fuesen ambos en punto adereçados al partir. Traspuesta la Ursa menor, mensajera del alva, cabalga su dama de rrienda…

Post Scriptum. Preguntarse a qué viene todo esto, todo este tostón, creo, sinceramente, que está de más; porque si nos avenimos a cuestionar esta entrada tan pesada y tan poco interesante, no nos iba a quedar más remedio que preguntarnos, también, por todas las entradas anteriores, acaso menos pesadas y algo más interesantes, pero igual de cuestionables. Así que, mejor, dejémoslo estar. Y sigamos.

Se alquila habitación

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SE ALQUILA HABITACIÓN
PARA PERSONA SOLA

Cuando alguien quiere vender o dar a conocer algo -que dispone, por ejemplo, de una habitación libre y que la quiere alquilar- debe publicitarlo, o bien haciendo correr la noticia entre los allegados y conocidos, o bien, mediante carteles o anuncios, haciéndolo público, al menos, en el barrio. Así está todo de cartelitos, la mayoría hechos a mano, o con la impresora.

Éste con el que me topé ayer, pegado con celo en una farola, cumple además otra condición muy recomendable según las reglas de la mercadotecnia: la de dirigirse al mayor número de personas posible, para así, de esta manera, tener, porcentualmente, más probabilidades de encontrar comprador o cliente.

Y cuando quien pegó el cartel especifica, como condición única para tener posibilidad de alquilar la habitación, que sólo se admite a personas solas, se está dirigiendo al mayor número de personas posibles.

Manías, rodeos

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Uno, a cierta edad, en lugar de erradicarlos, empieza a aferrarse a pequeños e inadvertidos comportamientos extraños, que intentan alejarse -aunque sabemos de sobra que sin conseguirlo- de la lógica, de la eficacia y de la practicidad que tanto nos aplastan, y que preferimos considerar, indulgentemente, como pequeñas manías.

No pisar las tapas de las alcantarillas de las aceras, dejar la persiana de la habitación donde dormimos subida solo un palmo, algo menos, colgar las camisas solo en una parte de la percha que hay detrás de la puerta, aunque haya varias, guardar las llaves siempre en el bolsillo izquierdo… Cualquier alteración en alguno de estos comportamientos nos causa un desasosiego y una preocupación perfectamente infundada, pero cierta. Es como si, esas pequeñas manías, hubieran generado en nosotros una esclavitud buscada y definitiva, algo paranoica pero finalmente tranquilizadora.

Luego hay otras más raras y personales, de las que no voy hablar aquí.

Es mucho más lógico -y más directo y más rápido- salir de casa, abandonar el portal en la dirección que lo hace todo el mundo, y que nos lleva a la salida natural, a la calle principal y los lugares en los que se halla ya todo lo que nos puede ofrecer la ciudad.

Pero hay otra posibilidad, que es la de dar la vuelta y rodear el bloque entero de los varios edificios que lo conforman, por una especie de jardín o pequeña plaza que está en las traseras, para volver a salir a la calle principal. No tiene mucho sentido hacerlo: retroceder, dar la vuelta y volver adonde podrías haber llegado directamente si al salir del portal te hubieras dirigido -como hace todo el mundo- en la dirección correcta.

Como tampoco es un rodeo tan grande -a lo sumo puedes llegar a perder dos o tres minutos-, suelo utilizar esta salida, dar la vuelta al bloque entero a través de ese jardín de tierra en el que solo te cruzas con alguien que pasea un perro o algunos chavales fumando sentados en los bordillos.

No lo hago, como se pudiera llegar a pensar -dado el carácter de lo que escribo-, por llevar la contraria. Ni porque me fastidie hacer -y comportarme- como lo hace la mayoría. Lo hago simplemente -y podrá parecer ridícula o nimia la razón- porque durante un tramo considerable del recorrido piso la tierra. Hay demasiado cemento, demasiado asfalto, demasiadas aceras…

Durante ese rato piso la tierra, dura ahora y seca, o blanda y embarrada estos días de atrás. Me relaja.

Antes de -y durante- el diluvio

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I

El que se dedicara ahora a construir un gran barco, de dimensiones disparatadas y a tanta distancia del mar, le pareció a sus vecinos una extravagancia más del viejo Noé. Nunca hizo mal a nadie con sus inventos y les hacía gracia verle afanarse en proyectos tan absurdos como descabellados. Martilleaba incansable bajo un sol radiante.

Eran ya muchos años de sequía y, de vez en cuando, Noé miraba el cielo azul, convencido, en el fondo de su corazón, de que, más pronto que tarde, una lluvia tan copiosa como duradera, lo terminaría por anegar todo, y no solo los valles , las vaguadas o los terrenos bajos.

El barco parecía una casa enorme, una especie de inmenso almacén varado sobre la planicie. Sujeto por unos complejos andamiajes de vigas de madera, estaba dispuesto a dejarse mecer por las olas. Había que estar preparado por si ocurría.

Cuando estuvo terminado, se veía a Noé ir y venir con todo tipo de animales, no solo los domésticos o productivos. Los vecinos descubrieron bichos que no habían visto en su vida ni imaginado que existieran.

Aquello se convirtió en un inacabable guirigay. Había espeluznantes peleas por ocupar un sitio u otro dentro de la nave y fugas de animales que no querían entrar ni a tiros. Pero Noé tenía mucha paciencia. Poco a poco consiguió reunirlos a todos. Bueno, a casi todos.

Los peces no tuvieron que subir al arca de Noé. No lo consideraron necesario.

 II

Y ocurrió.

Todo, hasta los picos más altos, se inundó. El agua terminó por llevarse por delante los andamiajes que sujetaban el arca y empezó a flotar inestablemente. Fue una lástima que no quedara ningún vecino para contemplar semejante espectáculo.

Los animales, durante días y más días, oyeron golpear con furia la lluvia contra las tablas. Noé rezaba para que su gran barco aguantara las acometidas de los diversos y descomunales caudales que lo zarandeaban.

También le apesadumbraba el hecho de que, sabiendo como sabía que se iba a poner a llover, se hubiera dejado el paraguas en casa.

Creación

eye

No creo que estuviera cansado, más bien le sobró tiempo o, tal vez, decidió parar el séptimo día para mirar todo lo que había creado con perplejidad.

No podía terminar de entender cómo tal cúmulo de maravillas, tal descomunal ejercicio de precisión, tal prodigio inacabable, aparecía ante sus ojos ahora como una maquinaria confusa y perecedera que emitía, al funcionar cada uno de sus infinitos engranajes, un inaudible, pero real, sonido -un ruido de fondo- que se parecía bastante a la tristeza.

Lleva descansando desde el séptimo día.

Recuerdo cosas, palabras

cielo

recuerdo cosas que no hice
y palabras que no dije
tal vez para olvidar
lo que hice y lo que dije

como si ya supiera ahora
cuáles hubieran tenido que ser
las cosas que tuve que hacer
y lo que tuve que haber dicho

ahora recuerdo
las cosas que no hice
las palabras que no dije
y las confundo
con las que realmente hice
con las que realmente dije
tan otras tan pobres tan distintas