Manías, rodeos

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Uno, a cierta edad, en lugar de erradicarlos, empieza a aferrarse a pequeños e inadvertidos comportamientos extraños, que intentan alejarse -aunque sabemos de sobra que sin conseguirlo- de la lógica, de la eficacia y de la practicidad que tanto nos aplastan, y que preferimos considerar, indulgentemente, como pequeñas manías.

No pisar las tapas de las alcantarillas de las aceras, dejar la persiana de la habitación donde dormimos subida solo un palmo, algo menos, colgar las camisas solo en una parte de la percha que hay detrás de la puerta, aunque haya varias, guardar las llaves siempre en el bolsillo izquierdo… Cualquier alteración en alguno de estos comportamientos nos causa un desasosiego y una preocupación perfectamente infundada, pero cierta. Es como si, esas pequeñas manías, hubieran generado en nosotros una esclavitud buscada y definitiva, algo paranoica pero finalmente tranquilizadora.

Luego hay otras más raras y personales, de las que no voy hablar aquí.

Es mucho más lógico -y más directo y más rápido- salir de casa, abandonar el portal en la dirección que lo hace todo el mundo, y que nos lleva a la salida natural, a la calle principal y los lugares en los que se halla ya todo lo que nos puede ofrecer la ciudad.

Pero hay otra posibilidad, que es la de dar la vuelta y rodear el bloque entero de los varios edificios que lo conforman, por una especie de jardín o pequeña plaza que está en las traseras, para volver a salir a la calle principal. No tiene mucho sentido hacerlo: retroceder, dar la vuelta y volver adonde podrías haber llegado directamente si al salir del portal te hubieras dirigido -como hace todo el mundo- en la dirección correcta.

Como tampoco es un rodeo tan grande -a lo sumo puedes llegar a perder dos o tres minutos-, suelo utilizar esta salida, dar la vuelta al bloque entero a través de ese jardín de tierra en el que solo te cruzas con alguien que pasea un perro o algunos chavales fumando sentados en los bordillos.

No lo hago, como se pudiera llegar a pensar -dado el carácter de lo que escribo-, por llevar la contraria. Ni porque me fastidie hacer -y comportarme- como lo hace la mayoría. Lo hago simplemente -y podrá parecer ridícula o nimia la razón- porque durante un tramo considerable del recorrido piso la tierra. Hay demasiado cemento, demasiado asfalto, demasiadas aceras…

Durante ese rato piso la tierra, dura ahora y seca, o blanda y embarrada estos días de atrás. Me relaja.

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2 comentarios sobre “Manías, rodeos

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