Al batyr del ala del primer gallo

siervo libre de amor 1

No conviene idealizar nada. Y mucho menos, esas excursiones literarias a siglos lejanos en las que, de vez en cuando, me pierdo intentando evadirme de una realidad demasiado prosaica y conocida. En este caso he metido la pata hasta el corvejón. El único consuelo ha sido el de su brevedad.

Los eruditos consideran el “Siervo Libre de Amor”, publicada en 1439 -esto es, lo suficientemente lejos para marcharse de excursión con ciertas ilusiones y expectativas, tan pronto, en cambio, defraudadas-, como un artefacto literario que podría ser tenido como la primera novela sentimental en castellano.

Las novelas de caballerías empezaban a aburrir -solo las debían leer ya tipos como Alonso Quijano- y surgían, como una nueva moda, las aventuras sentimentales. Estos libros tienen siempre un argumento similar e idealizado y un final convenientemente trágico. El desenlace ha de ser funesto, ocasionado, de manera inevitable, por el choque irreductible de la pasión amorosa con las convenciones sociales. Los amantes quedan siempre espachurrados. El código del honor los condena a una muerte novelesca, teatral, icónica, pero real.

El autor de ésta obrita, Juan Rodríguez del Padrón, lugar donde nació, -o de la Cámara-, paje en la corte de Juan II que termina sus días como fraile, después de marchar a Jerusalén, como novelista deja bastante que desear.

Dirán lo que digan los eruditos, pero su prosa, que intenta reproducir la sintaxis del latín, tiene un asfixiante trasfondo teológico y filosófico medieval, está llena de enigmas y alegorías, de juegos conceptistas sin ninguna gracia, y recurre a un constante uso de la elipsis, que la hacen del todo insoportable. Leerla con una mínima continuidad resulta un castigo.

siervo libre de amor 2

La obrita será la primera y fundacional de todo un género, pero no vale un pimiento de los que tan generosamente se crían en su tierra.

En una epístola que escribe a un amigo explicándole su mal de amores -bajo la forma, tan culta y tan poco directa, de alegoría- incluye la Estoria de dos amadores.

Ardanlier y Liesa se enamoran perdidamente y, para evitar los constantes e insuperables obstáculos que, a todas horas, se encuentran, deciden huir, marchar lejos. Él se gana la vida como el más valiente caballero, admiración de damas y de reyes y envidia de otros, menos diestros, caballeros.

Hasta que regresan ante el rey Creos, padre de Ardanlier. Éste desaparece cuando está de cacería y todo parece indicar que ha muerto. Lleno de ira, el rey Creos culpa a Liesa -embarazada- de la muerte de su hijo muy querido. Con su propia mano, le da muerte. Cuando Ardanlier aparece y se entera de todo lo ocurrido, muere de pena y desesperación.

A su sepulcro -en el que ambos están enterrados juntos- acuden desde entonces todos los leales amadores a dar fe del suyo, en una ceremonia tan ridícula como levemente sacrílega.

Pero prefiero recordar aquí el pasaje inicial de la primera -y más hermosa- fuga de estos dos incautos:

E las fuerças del temor acrecentava en los coraçones de aquellos las grandes furias del amor, de tal son, quel gentil infante, ardiendo en fuego venéreo, que más no podía durar el desseo, por secreto y fiel tratado que al batyr del ala del primer gallo, pregonero del día, fuesen ambos en punto adereçados al partir. Traspuesta la Ursa menor, mensajera del alva, cabalga su dama de rrienda…

Post Scriptum. Preguntarse a qué viene todo esto, todo este tostón, creo, sinceramente, que está de más; porque si nos avenimos a cuestionar esta entrada tan pesada y tan poco interesante, no nos iba a quedar más remedio que preguntarnos, también, por todas las entradas anteriores, acaso menos pesadas y algo más interesantes, pero igual de cuestionables. Así que, mejor, dejémoslo estar. Y sigamos.

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2 comentarios sobre “Al batyr del ala del primer gallo

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