Los molinos de viento

molinos

Los molinos de viento continúan moviendo sus enormes aspas. Parecen gigantes que nos advierten y amenazan, que nos impiden que sigamos adelante. Pero no nos queda más remedio que hacerles frente, de la manera que dios nos dé a entender, con nuestras escasas armas, aun sabiendo que acabaremos maltrechos e inevitablemente derrotados. No hay forma de vencerlos porque ni siquiera son gigantes.

Moles inexpugnables a las que apenas podemos acceder, y que, cuando lo conseguimos, nos elevan -enganchados a una de sus aspas- para luego dejarnos caer desde lo más alto sobre la tierra dura y reseca. Después de desbaratar los múltiples intentos, continúan impasibles moviendo, con una cadencia lenta, segura y poderosa, sus aspas.

Cuando Sancho intentaba explicarle, de buena manera y razonablemente, a don Quijote, tendido cual largo era en el santo suelo y convenientemente malherido después de haberse visto elevado por una de esas aviesas aspas hasta lo más alto del cielo manchego para verse después dejado caer y estampado a los mismos pies de tan imponente ingenio, que contra lo que había arremetido no era un pérfido gigante, sino un simple molino de viento para moler el grano, y que los hercúleos brazos que acabaron por tirarle al suelo no eran más que las cruzadas aspas de un molino, el malhadado hidalgo no pudo más que mirarle con pena. Pero no por él, sino por su bienintencionado escudero, que nunca entendería nada.

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