Parábola doméstica

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Siempre se negó en redondo.

Pero, finalmente, la familia le medio engañó para que una chica, una vez por semana, fuera a su casa a que le limpiara. Su natural desidia y el creciente desinterés que sentía hacia todo lo práctico y rutinario estaba empezando a convertir su casa en una leonera algo más sucia de lo que fuera deseable.

Bien es cierto que no ensuciaba mucho -o, al menos, no era apreciable a simple vista, dada la escasa luz que envolvía sus semipenumbrosas estancias- pero el polvo, el tamo y la inevitable suciedad, se iban acumulando con los días, como si manaran.

Según este estado de las cosas, la solución de pagar a una chica para que, por lo menos una vez a la semana, viniera a limpiar, la cocina y el cuarto de baño especialmente, no era del todo mala idea. Aunque le aterraba que alguien ajeno -bueno, y aunque no lo fuera- entrara en su casa y le alterara el orden -suyo, natural y aleatorio- de las cosas que había en ella.

El caso es que estaba todo tan dejado y sucio -en especial la cocina y el cuarto de baño- que le daba vergüenza que alguien -aunque fuera alguien ajeno- lo viera. Así que, desterrando de improviso sus antecedentes de dejadez y desidia, decidió limpiar la casa el día antes de que viniera la chica a limpiar.

Que cuando llegara, no lo viera todo tan insoportablemente sucio. Aunque viniera a eso.

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