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Archive for 31 julio 2016

Techos

techo

Prestamos poca atención a los techos. Son fuente inagotable de calma y una cercana y eficaz vía de escape. Siempre que tengo posibilidad, procuro echar la cabeza hacia atrás y elevar la mirada, aunque es mucho mejor y más recomendable -aunque entiendo que no siempre sea posible- tenderse cuan largo es uno y contemplar lo que nos cubre, ya sea el techo de casa o el cielo mismo sin más.

Uno los mira como si buscara algo y, en realidad, no busca nada. Cuando miras el techo -o el cielo- dejas de buscar. Las sombras, las manchas, las nubes, las estrellas, las grietas, nos alejan sin esfuerzo de lo que nos ata al santo suelo. Nos libera. Simplemente estamos mirando el techo de la habitación -o el cielo- con cara de bobos y con atención a la vez.

 

Porque el cielo es nuestro primer techo -llamarlo bóveda celeste me parece una reducción bastante ridícula y cursi- bajo el que vivimos y bajo el que vivieron los primeros pobladores. Seguro que ellos lo miraban bastante más a menudo.

Pero en seguida buscaron cobijo en oquedades, abrigos, grutas y cuevas. Allí el techo era tosco y sólido. Tiempo y tiempo lo estuvieron mirando, esperando a que escampara o amaneciera.

Después, los primeros rudimentos de la arquitectura imitaron aquellas bóvedas naturales, o bien con ramas, o bien con pieles de animales. Más tarde evolucionaron hasta conseguir reproducir, con especial gracia y vuelo, el cielo de afuera: diversos arcos se cruzaban a lo largo de un eje que al comprimirse mantenían -en el aire, por así decirlo- la magnífica bóveda.

Luego todo se simplificó y los techos adquirieron la forma y el aspecto que tienen, habitualmente, hoy en día: rectos y lisos, una superficie sin más, paralela -y gemela- al suelo. Finalmente se introdujo otra más avanzada y extendida modalidad. Ya en estos últimos tiempos, aunque no reparemos en ello, o no nos importe mucho, vivimos bajo falsos techos.

 

Nos pasamos horas -los ociosos, los enfermos y los insomnes- mirando al techo. Nos acusan, por eso, de no hacer nada, de que perdemos el tiempo. Pero que sepan que no es cierto.

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Con cierto retraso

griegos

Bien mirado, no ha pasado tanto tiempo. Apenas unos dos mil cuatrocientos años. Las cosas, aunque con menos aparatos eléctricos y cachivaches tecnológicos, eran más o menos las mismas, tan similares en lo básico. Por eso, hablar ahora aquí de un texto de aquella época, no me parece tan fuera de lugar.

Además, Sócrates solo iba al teatro cuando la obra que se representaba era de Eurípides. Y cuenta Tucídides que hubo soldados atenienses capturados en Sicilia que se libraron de la muerte porque eran capaces de recitar fragmentos y coros de las tragedias de Eurípides. Algo que, hoy día, se me antoja imposible. Que un soldado recite, que sea salvado por hacerlo.

Ión -una de las diecinueve obras que se conservan de las noventa y dos que escribió- se cree escrita en torno a los años 413-412 a. C. Todos los argumentos giran siempre alrededor de lo mismo: el amor, la venganza, la guerra, el poder, la muerte… Y todo lo que se hizo después, toda la historia de la literatura posterior, no es más que una derivación -variaciones- de aquello que escribieron estos antiguos griegos.

Apolo seduce y deja embarazada a Creúsa, hija de Erecteo. Creúsa abandonó al hijo que engendró, Ión, a los pies de la Acrópolis, el mismo lugar de la violación y el parto. Hermes traslada el niño a Delfos, donde fue criado por la sacerdotisa. Ión crece como sirviente y guardián del templo dedicado a su padre.

Juto, como premio por guerrear al lado de los atenienses, obtiene como esposa a Creúsa, pero no tienen hijos, por lo que acuden a Delfos a pedir que el dios se los conceda. (Les pasa un poco como a nosotros cuando pedimos algo: que no sabemos que ya nos ha sido concedido).

El oráculo asegura a Juto que Ión, el guardián del templo, es su hijo. Lo reconoce como tal y cree que tal vez sea el fruto de algún escarceo, años ha, con alguna esclava. (El público sabe que es hijo “suyo”, porque realmente es hijo de su mujer, pero no “suyo”. Y se empieza a remover sobre las duras piedras de las gradas del teatro).

Marchan los dos, Juto e Ión, a celebrarlo, dejando abandonada e ignorante de tal encuentro y descubrimiento a Creúsa. Cuando, por otros medios, ésta se entera de que ese “nuevo” hijo de otra va a ocupar su casa y despojarla de sus posesiones, urde un plan para asesinar a Ión. (El público, de nuevo, se inquieta, porque sabe que Creúsa va a matar a su propio hijo).

Pero el plan, en el último momento, fracasa. Ión lo descubre todo y entra en cólera. Acude raudo al templo de Delfos, donde se halla Creúsa protegida, con la intención de vengarse y dar muerte a quien quiso asesinarlo (El público vuelve a morderse las uñas porque sabe que Ión a quien va a matar es a su madre).

ion_euripides

Eurípides decide ya de dejar de tomar el pelo a los espectadores (el teatro, la literatura, consiste un poco en eso) y hace que el dios, a través de la sacerdotisa, recupere y muestre la canastilla en la que fue abandonado Ión recién nacido. Creúsa la reconoce como suya y se produce, por fin, la anagnórisis final. Se abrazan gozosos y reconciliados. (Y el público respira aliviado y también feliz).

Como dije, todos los argumentos imaginables de toda la historia de la literatura posterior copian -o se derivan- de lo que ya urdieron estos viejos trágicos -y cómicos- griegos. Hoy estarían trabajando para la televisión.

Pero como siempre, no quería tanto contar todo esto como reproducir algunos trocitos de la obra en cuestión, rescatarlos para que vuelvan a sonar en nuestros oídos, como ya hicieron esos soldados atenienses en situación de mayor apuro.

Tan mal lo estaba pasando Ión, que no entendía nada, que llega a quejarse a los mismos dioses:

Ión
“¡Ay! Cosa terrible es para los mortales que el dios no haya establecido bien las leyes ni con sabio criterio”.

Creúsa, quien peor lo pasa en toda la obra, ve al final todo feliz e inesperadamente solucionado. Su alegría es inmensa:

Creúsa
“¡Ay, ay!, pliegues abiertos del éter brillante, ¿qué voz llena de júbilo proferiré, que grito lanzaré? ¿De dónde me llega este inesperado placer? ¿De dónde proviene esta alegría que acabamos de recibir?”.

Atenea cierra la obra, perdonando las ofensas de Creúsa, quien estuvo dolida -no le faltaban motivos- con los dioses:

Atenea
“Mi alabanza tienes y bien hablas ahora del dios. Pues has de saber que siempre, con un cierto retraso, llegan las cosas de los dioses, pero, al final, no dejan de imponerse”.

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fugit

bird

levanto la cabeza y
pasa un pájaro
por el cielo azul
volando ya en pasado

miro la nube ahora
que oculta al pájaro que
sigue volando en este
presente ya pasado

he visto al pájaro
bajo el sol del presente
ahora ya perdido
entre las nubes del pasado

pienso en lo que queda
por venir sin darme cuenta
de que el futuro es esto
que estamos viviendo

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ganzuas

A la manera de una subnota a la nota a pie de página que escribí aquí en forma de entrada el pasado día 22, aprovecho para recuperar una idea -de las muchas- que entresaqué de la lectura de los “Altos estudios eclesiásticos” de Sánchez Ferlosio, ese volumen que reúne sus escritos dedicados al lenguaje y su funcionamiento. Lectura arduísima, por cierto.

Las ideas iluminadoras y los enfoques clarificadores son numerosos es estos textos, pero carezco de la paciencia necesaria para abordarlos como debiera. Ni siquiera me atreví a subrayar lo más destacado o interesante. Estaba demasiado ocupado escalando cada frase.

Así que me limito ahora a transcribir unas líneas nada más, que contienen una idea que me atrapó:

…cualquier constelación de conceptos realmente fecunda para el conocimiento no habrá de ser como una colección de llaves para otras tantas puertas predeterminadas, por numerosas que sean, sino como un tal vez pequeño juego de ganzúas capaz de abrir siempre nuevas e ignotas cerraduras.

Texto cuya lectura me ha llevado a extenderme un poquito más con esta especie de subnota a la subnota y con la que ya termino:

*Preferimos siempre la claridad, los sentidos unívocos y la precisión, y los sentimos como valores superiores a los que aspirar y en los que confiar. Pero esta manera de encarar las cuestiones que nos van saliendo al paso de la vida nos exige el pago de un precio demasiado alto que se traduce, sin que, en un principio, nos demos cuenta, en falta de libertad, en miedo a lo diverso y a lo inesperado, y, finalmente, en una rutina casi carcelaria a la hora de vivir la vida.

Aspiramos a tener las llaves -las claves– del éxito, de la seguridad, del amor, de la convención social, de la tranquilidad. Y, a veces, las conseguimos después de mucho esfuerzo y trabajo. Luego comprobamos que esas llaves -cada una de ellas- abren tan solo una puerta. La misma puerta.

Por eso, siempre serán preferibles las ganzúas, que las abren todas, especialmente aquellas de “nuevas e ignotas cerraduras”.

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nota a pie de página

Para leer a David Foster Wallace -escritor de una intensa inteligencia- hay que tener los dedos ágiles. De repente, una de las innumerables notas que encuentras a pie de página -las personas se dividen en dos tipos: aquellas que abominan e ignoran las notas a pie de página y aquellas otras que las leen todas, hasta las más nimias o técnicas, con especial atención, como si en ellas se encontrara la clave para desentrañar el sentido del texto; si perteneces, lector, a las personas del primer grupo, está de más que sigas leyendo; incluso, creo, si eres de las del segundo grupo-, una de esas notas, digo, que te encuentras, inopinadamente, en cualquiera de los relatos o novelas de DFW, te lleva, ya que su extensión es claramente desproporcionada, no solo a la página siguiente, sino a la otra, y otra, y otra más. Los dedos pasan las hojas hacia adelante con miedo de perder no solo el hilo de la historia -que en DFW siempre se ramifica-, sino, físicamente ya, la página original en la que nació la nota. Cuando termina -si tienes la suerte de que esa nota a pie de página no contenga, a su vez -imagino horrorizados a los diseñadores que componen tipográficamente el texto- otras notas a pie no ya de página, sino a pie de la misma nota- esos mismos dedos han de volver a atrás. Así, al leer a DFW no solo ejercitas la mente.

Sin que tenga nada que ver, he descubierto -por casualidad y sin que esto tenga ningún sentido- un  paralelismo curioso entre escritores muy dispares, a los que tal vez solo una la intensidad de su inteligencia.

Anda reuniendo sus artículos y ensayos Rafael Sánchez Ferlosio y este año -o el pasado- ha salido a la luz el primer y -casi- inabordable volumen de los cuatro que hay previstos, y que acoge los textos relativos al lenguaje y la gramática. A modo de anexo se incluye la traducción que hizo el propio RFS de la “Memoria e informe sobre Víctor de Aveyron”, de Jean Itard, un texto clásico de comienzos del siglo XIX que cuenta la experiencia de este médico francés como responsable de la educación de un “niño salvaje” encontrado en 1799 en aquella región francesa.

Esta traducción tuvo una fortuna editorial bastante azarosa, ya que el propio traductor –RFS– añadió algunos comentarios, en forma de notas a pie de página, que no gustaron a los editores: la extensión de estas notas superaba a la del texto que las originó. Las primeras ediciones en castellano del libro de Itard obviaron estas notas o comentarios. Solo más tarde fueron publicadas.

Lo más curioso del caso es que el propio RFS ha dejado escrito que: “Aún estimo aquellas notas como mi mejor producto”.

 

Tal vez debería -ahora sí- cambiar el nombre -o mejor, completarlo- de este cuaderno. No es un cuaderno de notas, es un cuaderno de notas a pie de página. No me queda más que averiguar a qué página pertenecen. De qué libro.

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Espejos

espejo

No me veo igual en todos los espejos.

Hay espejos en los que, al mirarme, me encuentro, más o menos, aceptablemente bien, aunque no son muchos los de este tipo. Los más abundantes reflejan mi imagen de manera más fiel y real, esto es, más insoportablemente fiel y real, como si se regodearan en mostrarme tal y como soy, como si me agredieran al hacerlo. Luego hay otros, más amables, en los que ni me veo.

No entiendo esta disparidad de espejos cuando su cualidad esencial -la de reflejar, tal cual, lo que se presenta delante de ellos- es la misma en todos. ¿Por qué, entonces, me veo en ellos reflejado de maneras tan diferentes? Debe ser la luz o, tal vez, la mirada que los observa, que cambian -la luz, la mirada- de un día para otro, de una hora para otra, tan inexplicablemente.

Me gustaría gustar a los espejos, pero se ve que no hay manera. Aquellos que devuelven una imagen de mí más agradable son muy escasos, y los encuentro muy de tarde en tarde, y de manera inesperada. Son tan raros que, cuando me topo con ellos, no me reconozco. Me sitúo ante ellos y creo estar viendo a otra persona. Llego a pensar que, efectivamente, debo ser otra persona.

Luego hay otros espejos, los más habituales, que tienen -además de su natural cualidad de reflejar de manera severa, fría y, a menudo, cruel lo que se les planta delante- otra escalofriante habilidad: la de reflejar un anticipo de lo que seremos dentro de un tiempo. No entiendo por qué se empeñan los espejos en ser tan desagradables. Aquello que vemos -arrugas, flacideces, galopantes alopecias, ojeras, falta de brillo en la mirada, etc.- no existe, pero puedes estar tranquilo: existirá en breve.

Casi uno acaba prefiriendo aquellos que no nos reflejan, o lo hacen como de soslayo, apenas una figura en un rincón, envuelta en una agradable y anónima semipenumbra.

Hasta que no hay más remedio que ponerse justo delante y encender la luz. Nos vemos entonces con extraordinaria nitidez. Debemos ser nosotros.

Ese es, al menos, nuestro cuarto de baño.

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Por circunstancias, he regresado de nuevo a la gran ciudad, justo cuando salían la mayoría de sus habitantes hacia otros lugares más amables, lejos de todo esto. Cuando empiecen a regresar, será la señal de que debo irme de nuevo.

Recién llegado, este último fin de semana callejeé, como si fuera nuevo y no las conociera, por las calles del barrio. Hacía mucho calor y estaba todo muy sucio. Todo aquí es feo y hace años que cualquier atisbo de belleza, de calma y de armonía ha desaparecido por completo. Se ha instalado una especie de desolación asumida con la que convivimos cabizbajos. Todo está ajado. Ni mil lluvias podrían sacarle brillo a estas calles.

 

En un esquinazo, sobre una pared de ladrillo, encontré los restos de un cartel electoral. Pensé que era el calor el que me hacía comprobar perplejo que eran Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius -debemos estar a finales de los años setenta- los que me sonreían confiados.

marcelino camacho y nicolás sartorius

¿Cómo ha podido conservarse este cartel durante más de treinta y cinco años? ¿Tal vez estuvo tapado por otros, como si fuera un palimpsesto, que han terminado por desprenderse, menos aquel que fue pegado primero? No parece probable ni lógico. Ha pasado demasiado tiempo.

Luego me entero de que ese esquinazo estuvo ocupado por un escaparate que colocó sobre esa pared la tienda de al lado. Una de esas tiendas de toda la vida.

Al cerrar, los nuevos dueños retiraron ese escaparate, que no era más que un armatoste sin utilidad, dejando, al cabo de los años, la pared diáfana. Apareció entonces, como un resto arqueológico, este cartel electoral, que por alguna razón -tal vez una razón muy parecida a la que me lleva a escribir de esto ahora-, han decidido dejar.

Pero pronto vendrán a poner otros carteles o la simple lluvia a llevarse, definitivamente por delante, este vestigio de otro tiempo.

Seguí en mi deambular por el barrio, por estas calles grises y recalentadas, pensando en el gesto confiado y sonriente de Marcelino Camacho, y en lo poco que iba a durar, ya sin la protección de ese escaparate inservible y anacrónico.

 

Un poco más adelante, ya en otra calle, vi que alguien había dejado recostado sobre una pared un viejo marco. Aunque nada tiene que ver con esta historia, hice esta foto -a la manera de una antipostal de verano-, que de llevar algún título, podría ser el de Autorretrato.

autorretrato

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