Fábula

ramas y grano

Mientras que a uno le gustaba ir, el otro prefería andar. Siempre había sido así, nunca coincidieron en nada. Cada uno tenía su propia -y muy distinta- forma de hacer las cosas y de encarar la vida. Y como era natural, no se soportaban.

Algrano no podía ver ni en pintura a Porlasramas, solo verle le exasperaba sobremanera, le ponía tan nervioso que, a menudo, estaba a punto de cometer una imprudencia definitiva.

Por el contrario, Porlasramas, aunque no compartía los expeditivos métodos de Algrano, su aversión por él no era tan radical, podía incluso llegar a entenderle. Se podría decir que le admiraba secretamente, si bien es cierto que nunca, jamás de los jamases, se le ocurriría actuar como Algrano acostumbraba, siempre tan a la tremenda.

Porlasramas tenía, siempre y para toda circunstancia, montones de excusas disponibles y todo un arsenal de mapas en los que venían detallados innumerables rodeos que evitaban siempre el tan desagradable momento de coger el toro por los cuernos, no te fuera a voltear de mala manera. Con estos detallados mapas de rodeos era capaz de circular y manejarse durante todo el tiempo que fuera posible, durante toda la vida entera incluso. Sin llegar, claro, nunca a ninguna parte.

Algrano juzgaba esta manera de actuar de Porlasramas como una cobardía insoportable, además de una pérdida de tiempo. De nada valía, pensaba él, evitar lo que, más pronto o más temprano, tendrías que afrontar. Le ponían de los nervios tantas excusas, tantos rodeos, tantas justificaciones, tantas pérdidas de tiempo. Sabía, de antemano, que no servían de nada. No entendía que Porlasramas actuara siempre como lo hacía, así, de esta forma tan poco racional, tan poco eficaz.

Pero, en el fondo, Porlasramas, con tantas historias inútiles y tantos aplazamientos, estaba empezando a estar cansado de su propia forma de ser. Por las noches soñaba con frases cortas y claras, llenas de sentido, y con actos breves y definitivos. Hacía propósito de, cuando se levantara al día siguiente, cambiar de actitud y de atreverse, aunque fuera por una vez, de ir, sin tantas pamemas, al grano.

Algrano, por su parte, y aunque nunca estaría dispuesto a reconocerlo, estaba un poco cansado de ser tan directo, de ser tan claro, de llevarse, uno tras otro, tantos disgustos y de haber causado tantos contratiempos. No había malosentendidos en su vida, pero el precio era, a menudo, muy alto. Ir siempre de cara le había provocado que la llevara desfigurada.

Por las noches soñaba con un árbol enorme, con una copa desmesurada en la que se entrelazaban numerosas ramas en las que poderse sujetar y en las que uno podía perderse y ocultarse. Al despertar hizo propósito de, cuando se enfrentara dentro de un rato a la vida real, no ser tan clarividente y tan valiente, aunque solo fuera para probar qué sentía uno, de dejarse llevar por la indolencia y la cobardía, por el delicioso aplazamiento, por evitar la más mínima confrontación.

Era muy difícil que coincidieran. Pero un día lo hicieron. Porlasramas miró con admiración y envidia a Algrano, y éste, al ver, por fin, de cerca, a Porlasramas, supo que, a fin de cuentas, ir al grano no era más que otra forma de andarse por las ramas.

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2 comentarios sobre “Fábula

  1. Me llega tu fábula en el momento más apropiado: parece que hayas descrito una situación y a unos personajes muy, muy concretos. En fin, como siempre, mil gracias.

    1. Son tan concretos que se confunden.
      Todos tenemos parte de ambos. Bueno, más parte de uno que de otro. Bastante más parte.

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