Postales de contraverano

Por circunstancias, he regresado de nuevo a la gran ciudad, justo cuando salían la mayoría de sus habitantes hacia otros lugares más amables, lejos de todo esto. Cuando empiecen a regresar, será la señal de que debo irme de nuevo.

Recién llegado, este último fin de semana callejeé, como si fuera nuevo y no las conociera, por las calles del barrio. Hacía mucho calor y estaba todo muy sucio. Todo aquí es feo y hace años que cualquier atisbo de belleza, de calma y de armonía ha desaparecido por completo. Se ha instalado una especie de desolación asumida con la que convivimos cabizbajos. Todo está ajado. Ni mil lluvias podrían sacarle brillo a estas calles.

 

En un esquinazo, sobre una pared de ladrillo, encontré los restos de un cartel electoral. Pensé que era el calor el que me hacía comprobar perplejo que eran Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius -debemos estar a finales de los años setenta- los que me sonreían confiados.

marcelino camacho y nicolás sartorius

¿Cómo ha podido conservarse este cartel durante más de treinta y cinco años? ¿Tal vez estuvo tapado por otros, como si fuera un palimpsesto, que han terminado por desprenderse, menos aquel que fue pegado primero? No parece probable ni lógico. Ha pasado demasiado tiempo.

Luego me entero de que ese esquinazo estuvo ocupado por un escaparate que colocó sobre esa pared la tienda de al lado. Una de esas tiendas de toda la vida.

Al cerrar, los nuevos dueños retiraron ese escaparate, que no era más que un armatoste sin utilidad, dejando, al cabo de los años, la pared diáfana. Apareció entonces, como un resto arqueológico, este cartel electoral, que por alguna razón -tal vez una razón muy parecida a la que me lleva a escribir de esto ahora-, han decidido dejar.

Pero pronto vendrán a poner otros carteles o la simple lluvia a llevarse, definitivamente por delante, este vestigio de otro tiempo.

Seguí en mi deambular por el barrio, por estas calles grises y recalentadas, pensando en el gesto confiado y sonriente de Marcelino Camacho, y en lo poco que iba a durar, ya sin la protección de ese escaparate inservible y anacrónico.

 

Un poco más adelante, ya en otra calle, vi que alguien había dejado recostado sobre una pared un viejo marco. Aunque nada tiene que ver con esta historia, hice esta foto -a la manera de una antipostal de verano-, que de llevar algún título, podría ser el de Autorretrato.

autorretrato

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4 comentarios sobre “Postales de contraverano

  1. A mí todas esas sorpresas me parecen una forma de belleza. Y esa pared gris está pidiendo a gritos servirla de sostén. Si hasta ha puesto el marco. Un día alguien la escuchará.

    1. Sí. Tal vez sean una extraña, cansada y triste forma de belleza. Aunque, más bien, todas estas pequeñas y cotidianas sorpresas que te pueda dar el barrio, nacen de otra manera de ver la vida, a pesar de lo horrible que pueda ser todo.
      Se trata de ensayar otra manera de mirar que intente preservar algo de inocencia.
      Gracias por comentar (y por saber mirar a través de ese marco vacío).

    1. ¿Piensan en el marco los pintores cuando están pintando un cuadro? ¿Deberían?
      Lo que sí está claro es que los que fabrican los marcos no piensan en el cuadro.

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