Con cierto retraso

griegos

Bien mirado, no ha pasado tanto tiempo. Apenas unos dos mil cuatrocientos años. Las cosas, aunque con menos aparatos eléctricos y cachivaches tecnológicos, eran más o menos las mismas, tan similares en lo básico. Por eso, hablar ahora aquí de un texto de aquella época, no me parece tan fuera de lugar.

Además, Sócrates solo iba al teatro cuando la obra que se representaba era de Eurípides. Y cuenta Tucídides que hubo soldados atenienses capturados en Sicilia que se libraron de la muerte porque eran capaces de recitar fragmentos y coros de las tragedias de Eurípides. Algo que, hoy día, se me antoja imposible. Que un soldado recite, que sea salvado por hacerlo.

Ión -una de las diecinueve obras que se conservan de las noventa y dos que escribió- se cree escrita en torno a los años 413-412 a. C. Todos los argumentos giran siempre alrededor de lo mismo: el amor, la venganza, la guerra, el poder, la muerte… Y todo lo que se hizo después, toda la historia de la literatura posterior, no es más que una derivación -variaciones- de aquello que escribieron estos antiguos griegos.

Apolo seduce y deja embarazada a Creúsa, hija de Erecteo. Creúsa abandonó al hijo que engendró, Ión, a los pies de la Acrópolis, el mismo lugar de la violación y el parto. Hermes traslada el niño a Delfos, donde fue criado por la sacerdotisa. Ión crece como sirviente y guardián del templo dedicado a su padre.

Juto, como premio por guerrear al lado de los atenienses, obtiene como esposa a Creúsa, pero no tienen hijos, por lo que acuden a Delfos a pedir que el dios se los conceda. (Les pasa un poco como a nosotros cuando pedimos algo: que no sabemos que ya nos ha sido concedido).

El oráculo asegura a Juto que Ión, el guardián del templo, es su hijo. Lo reconoce como tal y cree que tal vez sea el fruto de algún escarceo, años ha, con alguna esclava. (El público sabe que es hijo “suyo”, porque realmente es hijo de su mujer, pero no “suyo”. Y se empieza a remover sobre las duras piedras de las gradas del teatro).

Marchan los dos, Juto e Ión, a celebrarlo, dejando abandonada e ignorante de tal encuentro y descubrimiento a Creúsa. Cuando, por otros medios, ésta se entera de que ese “nuevo” hijo de otra va a ocupar su casa y despojarla de sus posesiones, urde un plan para asesinar a Ión. (El público, de nuevo, se inquieta, porque sabe que Creúsa va a matar a su propio hijo).

Pero el plan, en el último momento, fracasa. Ión lo descubre todo y entra en cólera. Acude raudo al templo de Delfos, donde se halla Creúsa protegida, con la intención de vengarse y dar muerte a quien quiso asesinarlo (El público vuelve a morderse las uñas porque sabe que Ión a quien va a matar es a su madre).

ion_euripides

Eurípides decide ya de dejar de tomar el pelo a los espectadores (el teatro, la literatura, consiste un poco en eso) y hace que el dios, a través de la sacerdotisa, recupere y muestre la canastilla en la que fue abandonado Ión recién nacido. Creúsa la reconoce como suya y se produce, por fin, la anagnórisis final. Se abrazan gozosos y reconciliados. (Y el público respira aliviado y también feliz).

Como dije, todos los argumentos imaginables de toda la historia de la literatura posterior copian -o se derivan- de lo que ya urdieron estos viejos trágicos -y cómicos- griegos. Hoy estarían trabajando para la televisión.

Pero como siempre, no quería tanto contar todo esto como reproducir algunos trocitos de la obra en cuestión, rescatarlos para que vuelvan a sonar en nuestros oídos, como ya hicieron esos soldados atenienses en situación de mayor apuro.

Tan mal lo estaba pasando Ión, que no entendía nada, que llega a quejarse a los mismos dioses:

Ión
“¡Ay! Cosa terrible es para los mortales que el dios no haya establecido bien las leyes ni con sabio criterio”.

Creúsa, quien peor lo pasa en toda la obra, ve al final todo feliz e inesperadamente solucionado. Su alegría es inmensa:

Creúsa
“¡Ay, ay!, pliegues abiertos del éter brillante, ¿qué voz llena de júbilo proferiré, que grito lanzaré? ¿De dónde me llega este inesperado placer? ¿De dónde proviene esta alegría que acabamos de recibir?”.

Atenea cierra la obra, perdonando las ofensas de Creúsa, quien estuvo dolida -no le faltaban motivos- con los dioses:

Atenea
“Mi alabanza tienes y bien hablas ahora del dios. Pues has de saber que siempre, con un cierto retraso, llegan las cosas de los dioses, pero, al final, no dejan de imponerse”.

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4 comentarios sobre “Con cierto retraso

  1. Supongo que lo que se mantiene así pasen los años es la naturaleza humana, que si bien no la tenemos ni mucho menos bien delimitada y sea un ente algo informe, sí que es perceptible como constante. Los temas en literatura no han variado mucho a lo largo de la historia: amor, desamor, celos, venganza, trascendencia, muerte…. Pero tampoco la forma de abordarlos, con enfoques trágicos, dramáticos o cómicos. Al final, cambios de forma, de estilo, de contextos históricos y culturales…. pequeña cosa. Pero eso que hace que cuestiones de fondo nos resulten tan familiares en seres humanos que vivieron hace miles de años, eso que yo al menos asocio a esa naturaleza que se intuye pero se llega a conocer del todo, nos pone en nuestro sitio cuando nos creemos tan avanzados, y nos damos cuenta de que no somos tan distintos.

    1. Conozco poco la literatura antigua, pero cada vez que me aventuro a leer algo de aquellas épocas, me sorprendo por sentirme más cercano a los tiempos de entonces. No hay nada más actual que lo arcaico. Los autores contemporáneos aún tienen que afinar mucho para acercarse siquiera a aquellos autores.
      (Tampoco estaría de más establecer una arqueología de los sentimientos a través de estos restos).

      1. No lo sé, mi percepción no es tanto que no hay nada más actual que lo arcaico sino que lo arcaico también es actual. No he realizado el ejercicio de analizar los sentimientos a través de la literatura antigua, o a lo largo de los diferentes periodos históricos, al menos no de una forma explícita. Pero si tuviera que apostar, creo que serían los mismos, todo el tiempo…

      2. …efectivamente, los mismos todo el tiempo. Protagonistas de la vieja misma historia de siempre.

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