Techos

techo

Prestamos poca atención a los techos. Son fuente inagotable de calma y una cercana y eficaz vía de escape. Siempre que tengo posibilidad, procuro echar la cabeza hacia atrás y elevar la mirada, aunque es mucho mejor y más recomendable -aunque entiendo que no siempre sea posible- tenderse cuan largo es uno y contemplar lo que nos cubre, ya sea el techo de casa o el cielo mismo sin más.

Uno los mira como si buscara algo y, en realidad, no busca nada. Cuando miras el techo -o el cielo- dejas de buscar. Las sombras, las manchas, las nubes, las estrellas, las grietas, nos alejan sin esfuerzo de lo que nos ata al santo suelo. Nos libera. Simplemente estamos mirando el techo de la habitación -o el cielo- con cara de bobos y con atención a la vez.

 

Porque el cielo es nuestro primer techo -llamarlo bóveda celeste me parece una reducción bastante ridícula y cursi- bajo el que vivimos y bajo el que vivieron los primeros pobladores. Seguro que ellos lo miraban bastante más a menudo.

Pero en seguida buscaron cobijo en oquedades, abrigos, grutas y cuevas. Allí el techo era tosco y sólido. Tiempo y tiempo lo estuvieron mirando, esperando a que escampara o amaneciera.

Después, los primeros rudimentos de la arquitectura imitaron aquellas bóvedas naturales, o bien con ramas, o bien con pieles de animales. Más tarde evolucionaron hasta conseguir reproducir, con especial gracia y vuelo, el cielo de afuera: diversos arcos se cruzaban a lo largo de un eje que al comprimirse mantenían -en el aire, por así decirlo- la magnífica bóveda.

Luego todo se simplificó y los techos adquirieron la forma y el aspecto que tienen, habitualmente, hoy en día: rectos y lisos, una superficie sin más, paralela -y gemela- al suelo. Finalmente se introdujo otra más avanzada y extendida modalidad. Ya en estos últimos tiempos, aunque no reparemos en ello, o no nos importe mucho, vivimos bajo falsos techos.

 

Nos pasamos horas -los ociosos, los enfermos y los insomnes- mirando al techo. Nos acusan, por eso, de no hacer nada, de que perdemos el tiempo. Pero que sepan que no es cierto.

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