El cartero

correos

El cartero vivía solo. A pesar de que llevaba ya algunos años viviendo en el pueblo, no tenía amigos, ni siquiera conocidos. Saludaba muy atentamente a los vecinos y hacía su trabajo con pulcritud y puntualidad. Todo el mundo le conocía, de la misma manera que todo el mundo le ignoraba. No había logrado -o no había querido- integrarse en la vida cotidiana de aquel pueblo situado al otro lado de las montañas azules. O tal vez, por alguna extraña -o nimia- razón, sus habitantes habían decidido darle la espalda. La vida transcurría de la misma manera que lo hacen las nubes en el cielo un día de primavera.

Al cabo del tiempo, un buen día, vieron aparecer al cartero en la única taberna del pueblo. Los parrroquianos le obsequiaron con un saludo ritual. Se sentó en uno de los extremos de la barra y estuvo bebiendo unas dos horas. Aquello se volvió a repetir cada vez con más asiduidad hasta que terminó por ser algo diario. Ya oculto el sol hacía un buen rato detrás de las montañas azules, el cartero se dirigía, andando con paso vacilante, a su casa, convenientemente borracho. Luego empezaron a verle beber también en la puerta de su casa y cómo tiraba a la basura, a última hora de noche, una buena cantidad de botellas vacías, sobresaltando con su estrépito al adormecido vecindario.

A pesar de que nunca faltó ni un día al trabajo y que lo realizaba con eficacia y diligencia, empezaron a crecer los rumores acerca de su comportamiento. Daba la impresión de que lo que no soportaban, no era verle borracho, sino verle siempre solo. La gente comentaba que no le llegaban las cartas como antes, que había paquetes que no habían llegado a su destino o que no habían sido recibidos habiendo sido enviados desde la capital de la provincia, al otro lado de las montañas azules. La situación, sin que nada hubiera pasado que lo pudiera provocar, se había enrarecido definitivamente. Y aquel clima de sospecha y de incomodidad, aunque no hubiera nada concreto que lo acrecentara, se iba haciendo más y más insoportable. El cartero se tambaleaba al salir de la taberna y llegaba a casa con dificultad. Las nieblas de las noches de invierno aún le protegían de las miradas escondidas.

Hasta que una especie de comisión formada espontáneamente por los más destacados habitantes del pueblo le pidieron al alcalde que hiciera algo. Las quejas de los vecinos -su inquietud, ya fuera infundada o no- no hacían más que poner en evidencia la falta de respuesta -y de autoridad- de la alcaldía. Así que sin mayor dilación, el ayuntamiento elevó una denuncia a las autoridades del organismo de correos de la capital de provincia. Aquello -fuera lo que fuese, hubiera o no dejación, o algo peor, en las funciones encomendadas al cartero de la localidad- no podía continuar así.

Dos meses después el pueblo permaneció sin servicio de correos durante una semana hasta que llegó un nuevo cartero. No vieron marcharse al anterior ni se despidió de nadie. Sus quejas habían sido atendidas.

El alcalde y esa especie de comisión de personas honorables formada de manera desinteresada fueron, antes de dar la bienvenida al nuevo cartero, a ver en qué estado estaba -había dejado- la casa, que pertenecía a la municipalidad. Estaban inquietos porque esperaban encontrar algo así como el cuerpo del delito. Allí, era muy probable, encontrarían montones de cartas sin entregar, albaranes rotos y hasta los paquetes que no habían llegado a su destino.

Al abrir la puerta se encontraron con unas dependencias limpias y diáfanas. Todo, incluso la luz que entraba por las ventanas, como rebotada desde los farallones de las montañas azules, estaba ordenado. Grandes pizarras aparecían ocupadas por precisos cuadrantes en los que se especificaba el trabajo -las entregas y los envíos- de cada día de los últimos catorce años. Unos grandes libros contenían anotaciones aún más precisas. Todo estaba anotado, hasta el más nimio detalle. Su trabajo había sido de una escrupulosidad asombrosa, definitivamente innecesaria.

El alcalde y sus acompañantes estaban perplejos, no sabían muy bien qué decir. Estaban, incluso, empezando a sentirse culpables. Hasta que uno de ellos comentó: “Da igual que tuviéramos razón o no en nuestras sospechas. De todas maneras creo que hemos actuado correctamente. Alguien que trabaja así, que lo anota todo -TODO- de tal manera, no debe de estar muy bien de la cabeza”. El resto asintió con alivio, dispuestos a dar la bienvenida al nuevo cartero.

Los rumores continuaron unas semanas más. Aunque no sabían a ciencia cierta qué había sido del cartero, unos decían que le habían reincorporado a los servicios centrales en la capital de provincia, otros, que lo habían ingresado en un centro psiquiátrico. Lo que sí supieron con certeza es que nunca volvieron a tener un cartero tan diligente y eficaz.

Anuncios

7 comentarios sobre “El cartero

    1. Ah, muchas gracias.
      (Me sigue sorprendiendo que pueda gustar. Pero es muy agradable saber que gusta)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s