Trabajar en las obras y al mismo tiempo evitar los dardos

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Me gustaría escribir como los romanos. Especialmente como lo hacía Julio César. Colocaba las palabras dentro de las frases como si fueran piedras sillares que encajaran perfectamente, unas con otras, para durar siglos. Luego, a su vez, las frases construían párrafos precisos, eficaces, necesarios, para terminar conformando todos ellos libros con el sobrio acabado de una obra cualquiera de ingeniería civil. Se trataba de escribir como el que construye una calzada, un puente, una muralla o un sistema de conducción de aguas. Sin hacer ningún alarde ornamental, evitando cualquier adorno, pensando únicamente en la eficacia y la solidez de la obra, del párrafo, de la frase. Todo debe ser preciso, útil y aburrido.

Me gustaría, pero debo acostumbrarme a la banalidad y al pintoresquismo que, como una enfermedad, corroen los cimientos de lo que hago. Me queda la excusa de que no soy Julio César y de que ni siquiera escribo en latín.

Todo esto me ha venido a la cabeza mientras leía, en plena y ardorosa canícula, los Comentarios a la Guerra Civil, que debieron ser escritos entre los años 49 y 48 a. C., o muy poco después, por el propio Julio César. Los hechos que narra van desde el cruce del río Rubicón hasta la entrada en Alejandría, después de la batalla de Farsalia y la muerte de su rival, Pompeyo.

En el género de los comentarios el autor se limita, como en un informe, a narrar los hechos acaecidos. Pero bajo esa apariencia de informe militar, sin mentir nunca, sin escatimar detalles, se esconde una autojustificación personal y una exaltación propagandística del propio César. Que era, como todo buen escritor, un magnífico estratega. En este caso, oculto el autor al utilizar la tercera persona para referirse a sí mismo, ofrece, apuntalada por un estilo notarial, una apariencia de distancia y objetividad. Esto es historia, señores. Así fue y así se lo hemos contado.

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Estos comentarios, escritos con claridad y precisión, carecen de cualquier atisbo de ornato. Se anotan los hechos, las fechas, los lugares, los protagonistas, los hechos de armas, sin importar caer en repeticiones y sin miedo a excederse en farragosas cuestiones técnicas. El estilo es simple, monótono, conciso. (Además, mientras lo leía, hacía un calor excesivo, asfixiante).

Y bajo esa apariencia rigurosa, en la que solo vemos el puro relato objetivo de los hechos acaecidos, aparece, de manera sibilina e inevitable, la figura de César -esto es, del autor-, cargada siempre de razón, clemente con los enemigos, estratega genial en el campo de batalla y mesiánico recuperador del esplendor de Roma.

Desde siempre me han parecido los informes, puros panfletos, y los libros de historia, nada más que propaganda. Cuanto mayor sea su -apariencia de- objetividad y rigor, más peligrosos y perniciosos resultan.

Esta guerra civil, que viene a provocar el tránsito de la república -aunque aristocrática- al imperio -aunque no era más que una dictadura-, tiene su origen en algunos hechos y síntomas que no nos resultan, al cabo de los siglos, extraños:

Todos los amigos de los cónsules, los familiares de Pompeyo y todos cuantos tenían viejas enemistades con César se amontonan en el Senado y, con sus gritos y aglomeraciones, los menos decididos se amedrentan, los indecisos se sienten fortalecidos y a la mayoría se les priva de la posibilidad de libre decisión.

O esta otra, acerca de los tributos excesivos:

Entre tanto, el dinero exigido a toda la provincia era cobrado de una manera cruel. Además se ideaban muchas cosas para satisfacer la avaricia; según categorías, se imponía un tributo por cada esclavo o persona libre. Se cobraban impuestos por las columnas, por las puertas, por las cosechas, los remeros, las armas, las máquinas de guerra, la navegación. Cualquier cosa a la que pudiera encontrarse un nombre, era causa suficiente para imponer un tributo.

Pero todo esto, al final, me importa más bien poco. Prefiero detenerme y disfrutar de la pureza de la lengua y la precisión del vocabulario. Escribía César con la misma intención -y con los mismos materiales, se diría- que se erigía una obra de ingeniería civil, sólida, elegante y funcional. Como ejemplo podría valer cualquier párrafo de los Comentarios:

Las lluvias persistieron durante muchos días. César intentó reparar los puentes, pero ni el caudal del río lo permitía ni las cohortes enemigas apostadas en la orilla toleraban que lo hiciese; cosa que les era fácil impedir, tanto por la naturaleza del río y su caudal, como porque desde la otra orilla podían lanzar las flechas sobre un punto concreto y además estrecho; y resultaba difícil, por la corriente del río, trabajar en las obras y al mismo tiempo evitar los dardos.

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2 comentarios sobre “Trabajar en las obras y al mismo tiempo evitar los dardos

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