A las puertas del cielo

puerta

Estuvo llamando a las puertas del cielo durante un buen rato, pero no le abrieron. No se oía nada. No parecía que hubiera nadie. Habrán salido, pensó. Daré una vuelta y, dentro de un rato, volveré a intentarlo. Hacía buena tarde y solo unas nubes blancas vagaban desganadamente en lo más alto.

En un bar de la esquina, en el que entró a tomarse algo y hacer tiempo, le dijeron que allí, en el cielo, ya no había nadie, que se habían mudado hacía algún tiempo. Pero no sabía a dónde. Salió un tanto preocupado, aunque el dueño de aquel antro no parecía muy fiable. Así que decidió volver a intentarlo un poco más tarde. Era esa la dirección que le habían dado.

Pero como todavía era pronto se sentó un rato en un parquecillo cercano. Las nubes blancas seguían jugando con un sol tibio. Un señor mayor le pidió permiso para sentarse en el mismo banco, al otro extremo. Como parecía del barrio, se atrevió a preguntarle por el cielo, que cuando abrían, que por qué estaba cerrado. El hombre le dijo que llevaba cerrado desde hacía tiempo, que se comentaba, incluso, que había cerrado definitivamente, por cese de negocio, le puntualizó. Aunque parecía más de fiar que el tabernero, decidió no darse por vencido, seguir averiguando por qué estaba cerrado, por qué nadie le respondía cuando llamaba. Dentro de poco empezaría a oscurecer.

Caminaba despacio y con las ideas confusas. Un crepúsculo demasiado espectacular lo hacía todo más inquietante. A pesar del buen tiempo, apenas había nadie en las calles. Al acercarse de nuevo a las puertas del cielo respiró hondo. Y volvió a llamar. Esperó. Creyó escuchar un eco, como si, efectivamente, el cielo estuviera vacío y no quedara allí nada ni nadie. No sabía muy bien qué hacer. Y se sentó en el umbral. Debería pensar en hacer algo, pero solo se le ocurrían ideas absurdas. También era probable que hubieran cambiado de horario, que estuvieran de vacaciones, o de reforma. O simplemente, que no le quisieran abrir.

Ya de noche, y sin ninguna esperanza de ser atendido, de repente, le sorprendió estar allí sentado sin hacer nada, malgastando el tiempo sentado a las puertas de un lugar cerrado. Entonces se levantó y, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía ni importarle gran cosa, se fue como alma que lleva el diablo.

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