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Archive for 30 octubre 2016

Buenos días

Desear -o simplemente decir- buenos días es algo tan trivial como necesario. Un simple gesto de educación y buena voluntad. Un saludo -aunque sea una mera formalidad y sea pronunciado de manera mecánica- que sirve para iniciar una aproximación o un contacto, por habitual o forzado que sea. Todo -con decir buenos días– empieza. Como una especie de jaculatoria preliminar.

I. Habitualmente no es más que una descripción -a menudo, una descripción bienintencionada- que sirve para evidenciar -o recordar, o hacer ver- que hace un buen día, que ha salido el sol, y todo está, dentro de lo que cabe, bien. Decirlo, al encontrarse con alguien, en voz alta, parece reforzar esa evidencia.

El que ha sido así saludado, repara, por si no se había dado cuenta, en que, efectivamente, es un buen día, y, aunque de manera un tanto automática, responde diciendo lo mismo, al verbalizarlo tiene que reconocer, si antes no había caído en ello, que éste es un buen día. Que son éstos buenos días.

II. En otras ocasiones decir buenos días nada tiene de descriptivo, ya que salta a la vista que no lo son. Pero, como si fuera una exhortación o un deseo, se pronuncia entonces el saludo, la consabida fórmula del buenos días.

En estos casos, aunque nada tiene que ver con la realidad -es un día climatológicamente adverso o nos asaltan los numerosos problemas habituales de su rutinario devenir-, es percibido ese saludo casi como el inicio de una plegaria que se completa con su idéntica respuesta por parte de aludido. Buenos días.

Y es entonces cuando todo, simplemente con decirlo, nada más que con desearlo al pronunciarlo, mejora. Ese deseo -por formulario y mecánico que sea- termina por hacernos ver que, a pesar de todo, a pesar de la empecinada realidad de los hechos, éstos también son, o pueden llegar a serlo, buenos días.

III. Aunque hay días en que, cuando nos vemos obligados a saludar, a decir el manido e inevitable, el hueco y vacío buenos días, nos dan ganas de decirlo tan en voz baja que apenas resulte ser audible, o lo que es peor, cuando nos vemos sometidos a la tortura de tener que escucharlo –buenos días-, con su insoportable tono cantarín y siempre tan bien predispuesto, no podemos evitar lanzar una mirada de odio al que ha perpetrado tal saludo -ya sea meramente descriptivo, ya sea anhelantemente desiderativo-, porque no lo son, no son buenos días, ni tienen pinta de que vayan a serlo.

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En blanco

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Definitivamente sin armas, no le quedó más remedio que darse por vencido.

Sin ideas, sin recursos, sin palabras, sin objetivos, sin saber por dónde empezar, reconociendo la falta de sentido a su inicial impulso, tuvo que, después de un largo lapso de tiempo, tan vacío como angustioso, levantarse y reconocer que, una vez más, el blanco del papel le había terminado por hipnotizar, por paralizar y por anular.

La cabeza le bullía y, sin embargo, tenía la sensación de tenerla vacía, o más bien, de tenerla ocupada por cosas, por ideas, sin sentido, tan inconexas como absurdas, tan banales como innecesarias. Esa primera intención de ponerse a escribir había terminado por chocar, por estamparse más bien, contra un muro, sólido, extraordinariamente resistente, de color blanco. Aunque era sólo de papel. Y la cabeza le seguía dando vueltas para nada.

Añoraba los momentos que pasó, hace tiempo ya, escribiendo sin mayores preocupaciones que la de hacerlo bien, o al menos, correctamente, contando algo de un mínimo interés, ordenando el mundo -lo que le pasaba al mundo- con palabras. Ajeno a ese mismo mundo.

Se levantó despacio pero furioso, sin saber dirigir esa furia contra nada o contra nadie en concreto, a no ser que fuera contra sí mismo. Sabía -seguía sabiendo, no dejaba de saber- que el papel continuaba absolutamente blanco. Fue a la cocina a tomar algo aunque no le apetecía nada. Ya con el vaso en la mano, y después de mirar un rato por la ventana sin ver nada, simplemente mirando con la mirada perdida a la nada, regresó a la habitación. Resuelto a hacerlo de la manera que fuera, comenzó a escribir.

Diez, quince, veinte minutos le bastaron para comprobar que aquello que estaba escribiendo no tenía sentido, no valía para nada, era una mierda. No se puede escribir por escribir. Esto le puso aún más furioso. Leyó aquello y le faltó tiempo para eliminarlo, borrarlo, hacerlo desaparecer para siempre.

Volvía, de nuevo, inquietantemente tranquilizadora, la impotencia más absoluta, la falta de la más trivial idea o el más inane objetivo que le empujara a escribir algunas frases que hicieran desaparecer ese blanco tan impoluto. Sería mejor dejarlo por hoy, como llevaba haciendo ya demasiados días, demasiado tiempo.

 

Sin embargo, los lectores -la historia de la literatura incluso- tenían motivos para estar contentos y aliviados. Le deben tanto a los bloqueos creativos de ciertos escritores…

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La precisión del círculo

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Un agujero en el suelo, entre la maleza, llamó mi atención. Era un círculo perfecto, limpio, de dimensiones tan exactas que parecía estar trazado por un compás de alta precisión. Y sin embargo, al asomarme, descubrí una especie de ciempiés que, al verme, no se atrevía a salir.

No acababa de entender tal exactitud en el corte y en las dimensiones del diámetro. Imaginar al bicho avanzar por los túneles y galerías subterráneas, horadándolas a ciegas hasta decidir salir al exterior, no hace más que acrecentar, aún más, mi estupor ante tan exacta y precisa culminación de la obra.

No era necesario.

Empujar hasta romper la superficie de cualquier manera, hubiera sido suficiente. Salir -y poder volver a entrar- era lo importante, y para ello, cualquier boquete, improvisadamente abierto, valdría. Pero dejando de lado la cuestión meramente técnica de cómo son capaces de horadar tan perfecto círculo, me asaltaba otra pregunta: ¿para qué esa precisión de orfebre?

Una vez recortada la salida con una circunferencia exacta y equidistante, al empujar para salir, se desprende otro círculo de tierra que se retrae como una tapa. Entraría, entonces, la luz redonda del día y el ciempiés asomaría las antenas. Si empiezas a escarbar has de hacerlo bien. Si has de salir a la superficie, tienes que hacerlo con la precisión de un geómetra, aunque luego no sirva para nada.

– Ya sé que no era necesario -me comenta el ciempiés- hacerlo tan perfecto; ya sé que cualquier agujero, hecho de cualquier manera, hubiera valido; pero… es que no sé hacerlo de otra forma.

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Hierba

hierba

Las últimas lluvias empiezan a caer sobre mojado. Después de meses sin ver una gota de agua, la tierra reseca, hecha un pedernal, ha empezado a esponjarse. Se ven los primeros charcos, señal de que empieza el agua a rebosar. Pronto, los arroyos volverán a correr. Levemente verdea el campo. La hierba, frágil e imparable, crece por fin. La lluvia sigue cayendo mansa e insistentemente.

Todo, aunque con algo de retraso este año, parece que vuelve a la normalidad. La hierba seca se pudre, los pozos empiezan, lentamente, a recuperarse. El barro enlodaza los caminos. Los pájaros se sacuden el plumaje en las ramas empapadas. Los hombres ven llover. Verdea el campo y ya la tierra ha perdido su dureza.

Nuestros corazones de pedernal no han de perder la esperanza. Cae la lluvia.

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Con una historia de lo más simple, Benjamin Constant (Lausana, 1767 – París, 1830), novelista y ensayista político, urdió su obra más conocida, Adolphe, que, con el tiempo, ha llegado a dejar de ser una novelita romántica para ser tenida como un prodigio de psicologismo y precisión a la hora de analizar y describir el proceso amoroso.

Su trasfondo autobiográfico—el atormentado amor del autor con Mme. de Staël—, aunque evidente, no es más que la excusa que da pie a la elaboración de tan singular joyita. Incluso aprovecha su diario para trasvasar a la novela párrafos enteros. Pero siempre defendió el carácter ficcional de su obra, arremetiendo contra sus contemporáneos, a los que encantaba leer la obra colocando personas reales y conocidas en el lugar de los personajes de ficción.

Pero todo esto no importa. O importa más bien poco. El caso es que acabo de leer una novelita deliciosa e inteligentísima, de una extraordinaria -y modernísima- precisión psicológica. Empecé con la natural prevención que tengo ante todas estas obras cumbres del romanticismo, pero en este caso, me he equivocado. Aún hoy se puede disfrutar de su lectura sin sentir vergüenza ajena o hilaridad, como ocurre demasiado a menudo con otras obras consagradas -cumbres- de estos años.

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Pobre Ellénore. El joven Adolphe desea amar a una mujer, demostrar a los demás, a sí mismo y a ella, su valía. Tras el inevitable juego de seducción, Ellénore, que terminará dejando marido e hijos, siendo vilipendiada -y apartada- por la buena sociedad a la que pertenece, perdiéndolo todo, se entrega, finalmente, al joven Adolphe.

Que, claro, al poco tiempo, lo único que pretenderá será escapar de ella, de ese amor tan asfixiante. Ya no puede quitársela de encima. Pero no puede escapar, no se atreve a romper con ella, porque el dolor que le causaría sería, para ella, se entiende, mortal.

Así que prefiere engañarse a sí mismo, fingir sus sentimientos y su amor con tanta intensidad que, incluso, acaba creyendo en ellos. Aunque ya no es amor lo que siente por Ellénore, es miedo a hacerle daño, compasión. Pero él también sufre, sufre por su libertad perdida. Pobre Adolphe. Pobre pequeño cabrón.

Pero Ellénore no es ni mucho menos una ingenua, simplemente está enamorada y cree, sobre todas las cosas, en el amor. Y se da cuenta de que Adolphe finge, que aunque quiere amar, nunca se atreverá a hacerlo de verdad. Su amor necesita ser correspondido a todas horas y con la misma intensidad.

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Estamos en los primeros años del siglo XIX –Adolphe se editó en 1816- y Benjamin Constant define y arremete contra la sociedad de su época, que sabe que va a cuestionar su obra, aunque tuvo un gran éxito. Dice en el prefacio:

…por la aprobación de una sociedad hipócrita que sustituye los principios por reglas y las emociones por convenciones, y que abomina del escándalo por inoportuno o molesto, no por inmoral, ya que esa misma sociedad acepta con toda tranquilidad el vicio cuando no va acompañado del escándalo.

Consciente del más que probable escándalo que se suscitaría, finaliza la obra con una Carta al Editor, en la que dice:

Los indiferentes tienen una extraordinaria tendencia a jugar sucio en nombre de la moral, y movidos por su celo por la virtud son capaces de causar el mayor de los perjuicios; se diría que la comprobación de que el amor existe les importuna, porque ellos son incapaces de sentirlo.

Pero vayamos, como hacemos habitualmente, para castigar al desprevenido o incauto lector, con algunos de sus párrafos.

Ya el propio Adolphe, que cuenta en primera persona los hechos que acaecen a lo largo de la novela, lo explica. Ni se esconde ni se justifica. Una vez conseguido, tras largos y complicados escarceos,  la realización de su amor, explica lo que siente de manera sucinta:

Ellénore aportaba sin lugar a dudas una extraordinaria felicidad a mi existencia, pero ya no constituía un objetivo: se había convertido en algo que me ataba.

Pronto, era inevitable, empiezan los problemas. Adolphe los describe con precisión:

Nos precipitamos el uno en brazos del otro; pero nos habíamos causado la primera herida, habíamos saltado la primera barrera. Ambos habíamos pronunciado palabras irreversibles; podíamos no hablar de ello, pero no olvidarlo. Hay cosas que tardamos mucho en decirnos, pero, una vez dichas, no cesamos ya nunca de repetirlas.

Y después, la reconciliación, o sea, una falsa reconciliación:

Así permanecimos callados sin decir una palabra de lo único que realmente nos importaba. A cambio, nos mostrábamos extraordinariamente cariñosos el uno con el otro, hablábamos de amor; pero hablábamos de amor por miedo a hacerlo de otra cosa.

Y reconoce -para sí- Adolphe algo que suena bastante grandilocuente -y más bien impostado-, pero con eso, sigue engañándose:

Es una terrible desdicha amar y no ser correspondido; pero es mil veces peor ser amado apasionadamente cuando ya no se puede seguir correspondiendo a ese amor.

Eso no se lo cree no él. Pobre Ellénore.

Con su habitual cinismo -¿o es cobardía?- continúa:

…y el carácter de nuestro miserable corazón es tan imprevisible que se ve invadido por una desgarradora tristeza cuando nos separamos de aquel ser junto a quien llevamos una existencia llena de insatisfacción.

Ya no siente amor, sino compasión por ella, procura no hacerle daño:

…tenía que evitar por todos los medios que fuera desgraciada, sobre todo por mi culpa. Conseguí ocultar mis verdaderos sentimientos; me guardé en lo más profundo de mi corazón los más mínimos indicios de descontento y empleé todos los recursos de mi ingenio para fabricarme una especie de alegría ficticia que ocultara mi profunda tristeza. El esfuerzo que esto suponía tuvo sobre mí un efecto inesperado. Somos seres tan contradictorios que acabamos por sentir de verdad los sentimientos que fingimos.

Pero la situación es cada vez más insostenible:

Así pues, nos heríamos alternativamente por medio de indirectas, inmediatamente nos desdecíamos con desmentidos vagos, con pobres justificaciones; finalmente, volvíamos a guardar silencio. Sabíamos tan bien lo que íbamos a decirnos que preferíamos callar para no oírlo.

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En otro lugar

sol

El sol no se pone:
no hace más que nacer,
aunque sea en otro lugar.

El sol no nace:
no hace más que morir,
aunque sea en otro lugar.

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Gnomos

gnomo

Gnomos llenos de tierra, sucios, se suben a los árboles para verlo todo mejor. Retrepados en una rama se dedican a lo que mejor saben hacer, a no hacer nada y a enredarlo todo, a hacer que todo vaya unas veces bien y otras, mal. Son ellos, con su aspecto desconcertante, edad incierta e inclinaciones rijosas, los que van moviendo los hilos de nuestros comportamientos, provocando nuestras pequeñas alegrías y, también, para su secreto regocijo, nuestros más estrepitosos fracasos.

No creemos en ellos y preferimos pensar que lo que nos ocurre, la línea que va trazando nuestra vida, es obra o producto de otras cuestiones más abstractas e irreales, como puedan serlo el destino, la suerte, Dios o nuestro esfuerzo y tenacidad. Pero nos equivocamos. Son ellos los que, desde lo alto de los árboles de los parques, de las aceras, de las cunetas o de los bosques, tiran -o sueltan, según les dé- de los hilos que hacen que nos movamos, y así vamos construyendo nuestros días, apuntalando nuestra vida, pensando -ilusos- que somos dueños de ellos y de ella.

Yo los he llegado a ver. Son simpáticos pero inescrutables, risueños pero caprichosos, insignificantes pero inquietantemente poderosos. Parece difícil de creer, pero rigen -de la misma manera que pueda hacerlo la fortuna, Dios o nuestro empeño- nuestro destino.

Por eso, cuando nos sentamos en un parque, o en el campo, a la sombra de un gran árbol, si tenemos la paciencia suficiente, terminamos por oírlos, por escuchar su incansable trajín, bien en el suelo, entre las hojas caídas o la hierba crecida, bien en lo alto, sentados en una rama, con sus cortas y repugnantes piernecitas colgando.

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