La sangre obliga

esquiloDe cabeza excesiva -de piedra además- y generosas barbas -de piedra también-, los viejos dramaturgos de la vieja Grecia llevan siglos observándolo todo con sus ojos vacíos.

Esa representación tan adusta siempre me ha echado para atrás a la hora de hincarle el diente a sus obras. Uno no es más que un manojo de prejuicios y falsas ideas preconcebidas.

Este verano, en un mercadillo de cosas y cachivaches viejos, encontré una pequeña colección de libritos de autores clásicos. Su manejabilidad y su precio -a un eypo el ejemplar- me ayudaron a dejar de lado esos prejuicios, y comprarlos. Luego, supongo, que les hincaría convenientemente el diente. Desde las portadas me seguían mirando con sus ojos vacíos esas nobles y excesivas cabezas de piedra de los viejos dramaturgos de la vieja Grecia.

Pero no hay nada de piedra en estas obras. Todo está construido, como la vida, con sangre y entrañas, aquí se muestra por primera vez la lucha entre el corazón y la razón, entre la venganza y la justicia.

Elegí primero Las Coéforas de Esquilo, tal vez, no sé, por el título. No sabía lo que era. Resulta que son una especie de camareras, exactamente “portadoras de libaciones”. Así que no iba descaminado. Parecía sugerente. Pero me equivoqué. Resulta que es la segunda entrega de una trilogía. Aún así, inicié su lectura. Los editores dicen que se pueden leer por separado sin que pierdan interés o lógica narrativa. Eso dicen siempre.

Las Coéforas es la segunda obra de la Orestiada (458 a.C.), la única trilogía de Esquilo que se conserva en su totalidad -aunque yo no la tenga completa. No es más que la historia de una venganza. Agamenón ha sido asesinado por su esposa, Clitemnestra, y el amante de ésta, Egisto. El hijo, Orestes, regresa del exilio y, junto a su hermana Electra, trama la muerte de la asesina de su padre, esto es, de su propia madre. De paso, también se cargará a Egisto. La sangre exige, inevitablemente, nueva sangre. Aunque sea la de la propia madre.

La tragedia aparece trufada de sueños, visiones y profecías. Es también un espectáculo musical y poético, en el que la lírica coral lo tiñe todo de tonos arcaicos y casi religiosos, trágicos y fúnebres. Porque el coro, como en todo el teatro de Esquilo, tiene un protagonismo preponderante y lleva el hilo conductor no solo del argumento, sino de los sentimientos de los personajes. Sus recitados, deliciosamente arcaicos, ocupan casi tanto espacio como la acción.

La venganza, la violencia, el destino, no generan más que sufrimiento, pero ese sufrimiento nos lleva  al conocimiento, al reconocimiento de la herencia de la sangre, a la inevitabilidad de esa herencia que nos hace cargar con las culpas de nuestros antepasados. Todos somos víctimas indirectas.

las-coeforas

Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, contempla la procesión fúnebre en honor de su padre. Electra, la hija, pide castigo y no clemencia. Orestes descubre que la procesión ha sido enviada por Clitemnestra, la asesina de su padre, que ha sufrido una pesadilla en la que paría una serpiente. Ya en palacio, Egisto, el amante de Clitemnestra y cómplice en el asesinato, cae en la emboscada y Clitemnestra sale al oír los gritos. Orestes, entonces, la empuja fuera de la escena para darle muerte. La serpiente debe ser él.

Sígueme. Quiero degollarte al lado de ése que, cuando vivía, preferiste a mi padre. ¡Duerme con él, cuando hayas muerto, ya que amas a ese hombre y odias al que debías amar!

Canta el coro:

¿Por qué oculto en mi corazón
lo que, divino, vuela a pesar de todo?

Delante de la proa del corazón
sopla el resentimiento lleno de ira.

Orestes se jacta de su hazaña, cumplida ya su venganza, pero le aterra la visión de las Furias, que exigen, a su vez, su sangre. Marcha a Delfos para purificarse, y el coro se pregunta cómo acabará la cadena de muertes.

Ningún mortal puede atravesar una vida libre de daño sin que lo pague. ¡Ay, dolor! ¡Tan pronto ha pasado una pena, otra viene!

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