En blanco

folio

Definitivamente sin armas, no le quedó más remedio que darse por vencido.

Sin ideas, sin recursos, sin palabras, sin objetivos, sin saber por dónde empezar, reconociendo la falta de sentido a su inicial impulso, tuvo que, después de un largo lapso de tiempo, tan vacío como angustioso, levantarse y reconocer que, una vez más, el blanco del papel le había terminado por hipnotizar, por paralizar y por anular.

La cabeza le bullía y, sin embargo, tenía la sensación de tenerla vacía, o más bien, de tenerla ocupada por cosas, por ideas, sin sentido, tan inconexas como absurdas, tan banales como innecesarias. Esa primera intención de ponerse a escribir había terminado por chocar, por estamparse más bien, contra un muro, sólido, extraordinariamente resistente, de color blanco. Aunque era sólo de papel. Y la cabeza le seguía dando vueltas para nada.

Añoraba los momentos que pasó, hace tiempo ya, escribiendo sin mayores preocupaciones que la de hacerlo bien, o al menos, correctamente, contando algo de un mínimo interés, ordenando el mundo -lo que le pasaba al mundo- con palabras. Ajeno a ese mismo mundo.

Se levantó despacio pero furioso, sin saber dirigir esa furia contra nada o contra nadie en concreto, a no ser que fuera contra sí mismo. Sabía -seguía sabiendo, no dejaba de saber- que el papel continuaba absolutamente blanco. Fue a la cocina a tomar algo aunque no le apetecía nada. Ya con el vaso en la mano, y después de mirar un rato por la ventana sin ver nada, simplemente mirando con la mirada perdida a la nada, regresó a la habitación. Resuelto a hacerlo de la manera que fuera, comenzó a escribir.

Diez, quince, veinte minutos le bastaron para comprobar que aquello que estaba escribiendo no tenía sentido, no valía para nada, era una mierda. No se puede escribir por escribir. Esto le puso aún más furioso. Leyó aquello y le faltó tiempo para eliminarlo, borrarlo, hacerlo desaparecer para siempre.

Volvía, de nuevo, inquietantemente tranquilizadora, la impotencia más absoluta, la falta de la más trivial idea o el más inane objetivo que le empujara a escribir algunas frases que hicieran desaparecer ese blanco tan impoluto. Sería mejor dejarlo por hoy, como llevaba haciendo ya demasiados días, demasiado tiempo.

 

Sin embargo, los lectores -la historia de la literatura incluso- tenían motivos para estar contentos y aliviados. Le deben tanto a los bloqueos creativos de ciertos escritores…

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