Buenos días

Desear -o simplemente decir- buenos días es algo tan trivial como necesario. Un simple gesto de educación y buena voluntad. Un saludo -aunque sea una mera formalidad y sea pronunciado de manera mecánica- que sirve para iniciar una aproximación o un contacto, por habitual o forzado que sea. Todo -con decir buenos días– empieza. Como una especie de jaculatoria preliminar.

I. Habitualmente no es más que una descripción -a menudo, una descripción bienintencionada- que sirve para evidenciar -o recordar, o hacer ver- que hace un buen día, que ha salido el sol, y todo está, dentro de lo que cabe, bien. Decirlo, al encontrarse con alguien, en voz alta, parece reforzar esa evidencia.

El que ha sido así saludado, repara, por si no se había dado cuenta, en que, efectivamente, es un buen día, y, aunque de manera un tanto automática, responde diciendo lo mismo, al verbalizarlo tiene que reconocer, si antes no había caído en ello, que éste es un buen día. Que son éstos buenos días.

II. En otras ocasiones decir buenos días nada tiene de descriptivo, ya que salta a la vista que no lo son. Pero, como si fuera una exhortación o un deseo, se pronuncia entonces el saludo, la consabida fórmula del buenos días.

En estos casos, aunque nada tiene que ver con la realidad -es un día climatológicamente adverso o nos asaltan los numerosos problemas habituales de su rutinario devenir-, es percibido ese saludo casi como el inicio de una plegaria que se completa con su idéntica respuesta por parte de aludido. Buenos días.

Y es entonces cuando todo, simplemente con decirlo, nada más que con desearlo al pronunciarlo, mejora. Ese deseo -por formulario y mecánico que sea- termina por hacernos ver que, a pesar de todo, a pesar de la empecinada realidad de los hechos, éstos también son, o pueden llegar a serlo, buenos días.

III. Aunque hay días en que, cuando nos vemos obligados a saludar, a decir el manido e inevitable, el hueco y vacío buenos días, nos dan ganas de decirlo tan en voz baja que apenas resulte ser audible, o lo que es peor, cuando nos vemos sometidos a la tortura de tener que escucharlo –buenos días-, con su insoportable tono cantarín y siempre tan bien predispuesto, no podemos evitar lanzar una mirada de odio al que ha perpetrado tal saludo -ya sea meramente descriptivo, ya sea anhelantemente desiderativo-, porque no lo son, no son buenos días, ni tienen pinta de que vayan a serlo.

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