Un día en la playa

beach

El emperador decidió tomarse un día de descanso. Estaba harto de la fascinación que provocaban sus vestidos entre sus súbditos. Y harto de tantos cortesanos alabando su buen gusto en la elección de su ropa. Sus sastres y modistos de cabecera, sosteniendo en sus manos carísimas telas -que el emperador no era capaz ni siquiera de ver-, sonreían cuando le veían salir de palacio tan ufano. Estaba harto y cansado de todo esto.

Así que, cuando decidió tomarse un día de descanso, se marchó a la playa. Y eligió una playa nudista. Una vez allí, se despojó de su vestimenta. Por fin estaba –realmente– desnudo. O al menos eso pensaba él. Porque al poco rato, los nudistas que había en la playa, arremolinados, le increparon hasta echarle de allí de mala manera. Todos pensaban que iba vestido.

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