Escrituras

Ella escribía y, al hacerlo, se mostraba tal como era. Allí, en lo que escribía, se iban amontonando sus incertidumbres y sus deseos, sus miedos y sus fracasos, sus preguntas y sus entregas. Escribir, para ella, era una herramienta para intentar conocer el mundo y para intentar conocerse a sí misma. Aunque era imposible que todo aquello que escribiera tuviera un final feliz, ella se empeñaba en hacerlo siempre con un afán puro. Ella, al escribir, se escribía. Era como si se abriera en canal.

Él también escribía. Escribía mucho, constantemente, y lo hacía de las más diversas maneras, acerca de los más diversos temas. En lugar de vivir parecía que escribiera tan solo. Respiraba a la vez que escribía. Pero nadie nunca pudo averiguar a través de la lectura de lo que escribía cómo era realmente. Había levantado un parapeto de palabras entre él y el resto de la humanidad. Daba la impresión de que escribía acerca de todo, acerca de cualquier cosa, menos de lo que pensaba y sentía. La escritura no era ninguna herramienta de conocimiento, sino de ocultación. Una impenetrable costra lingüística lo separaba del mundo. Jugaba con las palabras en una interminable y eficaz maniobra de distracción. Nunca confesaría nada.

Ella leía compulsivamente. El mundo estaba hecho de palabras y de frases que merecían ser leídas sin descanso. Era su forma de estar y de intentar comprender. Era un viaje interminable que le transportaba a otros lugares, a otras épocas, a otras vidas. Por eso le gustaba tanto lo que él escribía. Aunque nada trasluciera en lo que leía, se afanaba por buscar en su escritura algún reflejo, algún resto, alguna intuición. Algo terminaba por intuir, pero le parecía que siempre terminaba por escaparse. Y volvía una y otra vez, a pesar de la sensación final de fracaso, a intentarlo. Le fascinaba no encontrar lo que buscaba.

Él leía a ráfagas. Un vistazo, unos párrafos sueltos, le bastaban para sentirse harto. Abominaba a la vez que amaba lo que leía. Cuando leía lo que ella escribía sentía que algo se le removía por dentro, sin saber si era bueno o no. Era incapaz de evitar una semisonrisa sarcástica. No le gustaba realmente lo que leía pero no podía dejar de hacerlo. Le costaba trabajo, le encontraba defectos, procuraba evitarlo, pero no podía dejar de hacerlo. Prefería escribir y ocultarse detrás de las palabras y no descubrir cosas -pensamientos, sentimientos- a través de ellas. Le daba miedo el que, al leer, pudiera llegar a descubrir algo nuevo, algo de verdad.

Cuando ella murió dejó redactado un testamento que parecía escrito con los últimos latidos de su corazón. Destilaba verdad y ternura. Todo estaba debidamente explicado… pero ninguno de sus herederos pudo entender lo que pretendía, ni siquiera el notario pudo discernir su última voluntad. Los pleitos que se derivaron a la hora del reparto de su herencia se alargaron durante años y cuando finalmente, de una manera un tanto arbitraria, se resolvió todo, los propios herederos mantuvieron, de por vida, su disconformidad y su discrepancia acerca de lo que ella, en su testamento redactado con el corazón, lleno de verdad y de ternura, quiso realmente decir.

Cuando él murió dejó redactado un testamento lleno de una retórica fría y retorcida. Ajeno a cualquier tipo de sentimiento, alejado de cualquier atisbo de sensibilidad, especificó, de forma prolija y escrupulosa, cómo debía ser repartido todo. Sus herederos, perplejos, le maldijeron en silencio. El notario actuó con diligencia. Todos entendieron cuál fue su última voluntad, aunque nunca sabrían por qué lo hizo así. Tampoco hacía falta.

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