El árbitro perplejo

tarjeta-amarilla

Salimos en tromba, acelerados, pletóricos de ilusión, convencidos de que el partido -no podía ser de otra manera- sería nuestro. Aunque el rival era experimentado y difícil, nuestro empuje y nuestra fe nos llevarían en volandas hacia la victoria. Pero pasaban los minutos y a pesar de nuestras múltiples aproximaciones al área rival, varios remates a bocajarro e incluso algún balón al larguero, el gol no llegaba. No queríamos reconocer que la desesperación y la ansiedad empezaban a hacer mella en nuestro ánimo. Ellos, por el contrario, empezaban a manejar las claves del juego. Estaba a punto de acabar la primera parte. Todo había transcurrido a gran velocidad y ya habíamos malgastado, no solo las fuerzas y las ilusiones, sino la mitad del tiempo, nos hallábamos in mezzo del cammin di nostra vita. El desagradable y horrísono estruendo del silbato del árbitro nos mandó a los vestuarios.

Pero quedaba todo un mundo por delante. Nuestro arranque en esta segunda mitad fue vertiginoso y el equipo contrario pasó verdaderos apuros. Un acrobático e inverosímil remate volvió a ser repelido por uno de sus postes. Con el equipo volcado en un corner ocurrió lo que ocurre siempre en estos casos, y el equipo contrario, que apenas se había acercado a nuestra portería, en un chapucero contraataque, y con la suerte de los rechaces de su parte, consiguió batir a nuestro desesperado y solitario portero. A partir de entonces, apremiados por el cronómetro, corrimos hasta la extenuación en busca de equilibrar el marcador. Y eso nos hacía cada vez más vulnerables. Quedaba poco tiempo y poco a poco nos iban abandonado las fuerzas, y lo que es peor aún, la fe. Aunque era posible no solo empatar, sino incluso darle la vuelta al marcador -cosas más difíciles e improbables se habían visto-, se fue apoderando de nosotros un sentimiento definitivo de impotencia y fracaso. No había manera, ansiosos e imprecisos, hiciéramos lo que hiciéramos, todo salía mal. La desesperación lo iba estropeando todo cada vez más. Incluso llegaba a parecer que lo que queríamos era que acabase el partido.

Íbamos perdiendo y, sin embargo, nos dedicábamos en algunas ocasiones -fingiendo lesiones, enviando el balón lejos cuando estaba el juego parado, demorándonos más de lo debido en los saques de banda o de falta- a perder el tiempo. Aunque están debidamente estipuladas en el reglamento como infracciones merecedoras de amonestación las pérdidas deliberadas de tiempo, artimañas que impiden el normal desarrollo del juego y que suelen utilizar quienes pretenden conservar el resultado, el árbitro, perplejo, no sabía si sacarnos la tarjeta amarilla. Éramos nosotros quienes íbamos perdiendo.

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