De regreso

Emprendió el viaje de regreso cuando, en realidad, no había ido a ningún sitio, no había llegado a ningún lado. Habían pasado unos cuantos años, los suficientes para vivir varias vidas, y los suficientes, también, para estropearlas, hasta que, cansado, sin tener ya un motivo claro por el que seguir por esos mundos de dios, tomó la decisión de regresar, de volver a aquel lugar al que, de alguna manera, aunque fuera aproximadamente, podía llamar su casa.

Sentía el paso del tiempo y el peso de los años y de las cosas vividas, sobre todo, el de las cosas vividas. No le importaba reconocer que había fracasado. Estaba regresando, estaba de vuelta, cuando, en realidad, no había ido -no había ido realmente- a ningún sitio. Todo fueron, después de tantos años, rodeos. Estaba de vuelta sin haber ido.

Llega una tarde, un buen día, en el que uno se sienta y siente que el tiempo ha pasado, se ha ido. Queda difuminado, cuando no definitivamente perdido del todo, en la memoria. Un álbum de fotos o una carpeta en el ordenador que nos dará pereza -¿miedo?, ¿tristeza?- volver a abrir, que preferiremos no volver a abrir. Porque todo queda ya muy lejos.

Faltaban un par de horas para volver a ver, oculto tras la última curva, el lugar de donde salió y al que no volvió más que para algún entierro. Ahora había decidido regresar para quedarse, abrir la casa familiar y rehabilitarla. Más que empezar una nueva vida -algo que le producía una pereza infinita-, quería romper definitivamente con lo poco que dejaba atrás, apenas una aburrida colección de fracasos. Con un poco de suerte llegaría antes de que se pusiera el sol.

No había anunciado nada a ningún miembro de la familia. Sus relaciones eran frías y correctas. No pretendía causar molestias. Y esperaba que no se las causaran a él. No contaría qué había hecho todos estos años y cómo le había ido. Tampoco le importaba que hicieran cábalas acerca de ello. Intentaría pasar inadvertido y vivir al margen. Como si eso, en un lugar tan pequeño y apartado, fuera posible. Tampoco le iba a importar que le consideraran un tipo huraño. Simplemente había decido regresar.

Las luces se iban amortiguando y, mientras conducía, se iba fijando en los árboles, en las colinas, en las casas de campo, en los cultivos, en los campos, como si los estuviera fotografiando con la mirada y fueran un escenario fuera del tiempo al que él, más que nada en el mundo, quería acceder, ser parte de esa tranquila naturaleza. Algún fuego humeaba a lo lejos y los pájaros volaban hacia el crepúsculo.

Llevaba horas conduciendo mientras hacía esfuerzos para no pensar. Otros, en su lugar, se verían abocados a hacer balance o a trazar planes. Y de lo que se trataba -lo que pretendía- era no hacer ninguna de las dos cosas. Dejar que el pasado se condenara por sí mismo e ignorar el futuro.

Al pasar la última curva se vieron las luces de las casas y de las calles recién encendidas. No sintió nada en especial. Simplemente se sintió bien porque parecía, por primera vez, que estuviese fuera del tiempo. Aminoró la marcha y detuvo el coche en el bar de carretera que hay justo antes de las primeras casas. Al entrar sintió cómo le miraban los tres o cuatro parroquianos que había apoyados en la barra. Debieron pensar que era uno que había parado a tomar un café o a mear para en seguida seguir el viaje. Él pidió una cerveza y cuando se giró a mirar por el gran ventanal comprobó que el sol ya se había puesto.

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