Bebía

No bebía para emborracharse, aunque cuando bebía se emborrachaba. Sabía que no debía e intentaba no hacerlo, pero siempre terminaba bebiendo más de lo que debía. Eran tantas las razones que había -y que tenía- para no beber -o al menos, para no beber tanto-, que no sabía por cuál de ellas decidirse y, al final, cuando ya había empezado a beber, las consideraba nimias unas o aplazables otras.

Todos creían que bebía para olvidar, pero cuando bebía no olvidaba nada, simplemente aquello que recordaba -o aquello que tenía pendiente- le resultaba soportable. Ya sabía demasiado bien que beber no era la solución, que no era más que un callejón sin salida, pero ya hacía tiempo que había renunciado a encontrar soluciones o salidas. Simplemente bebía porque al hacerlo sentía que había encontrado un rincón acogedor y suyo, aunque estuviera al fondo de ese inhóspito y solitario callejón.

Bebía porque los días eran demasiado largos. A última hora de la noche estaba definitivamente borracha, pero sentía que había sobrevivido, una vez más, al día.

Siempre había algún pelmazo que la invitaba, pero el juego ya no era divertido. Era como jugar con las cartas marcadas. Si se empeñaba en acompañarla a casa sentía hastío, ni siquiera pena por el pelmazo. Prefería tomar la última. Las luces de los bares debían tener algo hipnótico. Iluminaban realmente aquellos lugares que consideraba ya su casa. Al salir se sentía perdida.

Nadie entendía que bebiera para emborracharse, cuando ella, en realidad, no bebía para emborracharse, solo pretendía beber sin más, estar en otro lugar siempre y, a ser posible, fuera del tiempo, aunque acabara la mayor parte de las noches borracha. Ella bebía para otras cosas. La bebida -como las otras drogas ocasionales- era una vía de conocimiento. Ya sabía que nada podían solucionar, antes, al contrario, terminaban siempre por estropearlo todo. Pero no buscaba soluciones, buscaba otra cosa.

En esa búsqueda terminaba exhausta al día siguiente y con una fenomenal resaca. Pero su espíritu explorador le volvería a llevar a la búsqueda -con una copa, o lo que fuera, en la mano- de aquello que le faltaba. Porque es angustioso vivir sin aquello que uno necesita, aunque no sepa de qué se trata.

Acaso no fueran más que justificaciones, excusas para no reconocer sus problemas con la bebida. Una noche coincidió con un tipo conocido también en el barrio por su afición a los bares. Estuvieron hablando de esto y de lo otro, cada vez más torpe y deshilachadamente. En una de sus confesiones sin importancia, él le dijo: “Yo bebo porque me gusta”. Ella soltó una corta carcajada. Se pidieron otra copa.

Al día siguiente no se acordaba de nada. Tenía la ropa de la cama tendida desde hacía varios días y amenazaba lluvia. Así que decidió recogerla. Las sábanas eran demasiado grandes y tenía dificultades para doblarlas como era debido. Cuando lo intentó con la bajera, que era de esas fruncidas en cuatro puntos de ajuste, fue incapaz de hacerlo siquiera de una manera aproximada, quedaba hecha en burruño. Lo volvió a intentar de nuevo. Le dolían los brazos. Cuando comprobó que era incapaz de doblar la sábana, se sentó abatida al borde de la cama y lloró desconsoladamente.

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